Llamar al sosiego.

“La justicia, previo al reconocimiento de la realidad, ha de ser reparadora y, a la vez, reeducadora de valores como la tolerancia, la consideración por los demás y el sometimiento, por parte de todos, a la diversidad” Manolo

Luis Rojas Marcos en su ensayo Las semillas de la violencia (premio Espasa Ensayo 1995) , resume así lo que él en su estudio considera como ,los fondos universales del comportamiento violento: “Las raíces del crimen violento se plantan en los primeros años de la vida en el seno del hgar, se cultivan en un medio social impregnado de desigualdades y frustraciones, y crecen avivadas por valores culturales que glorifican las soluciones agresivas de los conflictos entre las personas”.

Tres etapas se plantan, se cultivan, crecen. El hogar es, paradójicamente, la primera fuente de violencia. Definitivamente quienes hemos tenido la suerte de ser creados en hogares amantes, unidos, cariñosos, no imaginamos  fácilmente cómo de todos los bienes puede transformarnos en el centro de todos los males. Quien ha sido v{ictim temprana, aunque sólo sea en ver4 y oír y sentir de violencia familiar en su tiernos años, crcen predispuestos a transmitir esa violencia desgraciadamente a otros cuando la fuerza legue a sus brazos y la amargura a su corazón.

Vivimos tiempos repelentes, donde nadie escucha al corazón y el corazón es nuestra gnosis. Un verdadero tesoro que aniquilamos. Los efectos de esta frialdad son bien palpables. El mundo se mundializa, pero no se armoniza. La interdependencia de los caminantes se extiende a todos los campos, pero cada día queremos levantar nuevos muros. En lugar de auxiliarnos, nos endiosamos, y los frutos ya están ahí. Lo acaba de advertir un grupo de expertos en derechos humanos de la ONU, tras las manifestaciones de extrema derecha y la violencia registrada e Charlottesville, Virginia o terrorismo en Barcelona: “El racismo, .la xenofobia  y el fanatismo religioso están en aumento en Estados Unidos y Europa”. Sin duda, hay que controlar los actos y parar los discursos de odio, donde quiera que se produzcan. A mi juicio, urge en casi la totalidad del planeta, abordar el problema de las manifestaciones de incitación a la violencia racial, con otras políticas más de hermanamiento y consenso. Personalmente, confieso que me había ilusionado con el Decenio Internacional para los Afrodescendientes (2015-2024), pues el lema de “reconocimiento, justicia y desarrollo”, todo hacía presagiar la erradicación de las injusticias sociales heredadas de la historia, pero está visto que los prejuicios y la discriminación racial continua enraizándose en la especie humana. Bajo este marco de intolerancia, lo primordial como ya señalé en algunos artículos anteriores, es cambiar el ánimo humano, retornarlo a lo poético, purificarlo de esos aires de dominio corrupto. De ahí, la importancia de ese factor espiritual, de esas constantes llamadas a la conversión personal de muchas creencias.

Sea como fuere, no debemos formar parte de un mercado que nos monopoliza a su antojo, que nos insta a utilizarnos como mercancía, que nos reclama para la lucha permanente. Olvidamos, con demasiada frecuencia, que  somos un linaje que ha de cohabitar unido en esa búsqueda de la verdad, dignificándonos unos a otros, para reconstruir esa alianza entre pueblos y poder salvaguardar esa belleza que nos vierte la creación
Ojalá, a pesar de los muchos tormentos, seamos capaces de promover esa cultura de diálogo, que impulsa lo equitativo y sostiene la libertad. También la justicia, previo al reconocimiento de la realidad, ha de ser reparadora y, a la vez, reeducadora de valores como la tolerancia, la consideración por los demás y el sometimiento, por parte de todos, a la diversidad.  

Por tanto, pienso, que la educación en los derechos humanos debe ser una dimensión fundamental en todos los programas educativos del mundo. Siempre hay que volver a las raíces del alma, para que surja el amor más níveo, y se empequeñezca el odio

Ya basta de tanta conducta racista, fundamentalista y xenófoba, que rechaza al más débil, ya sea extranjero, inválido o pobre o de diferente credo.
Nos falta esa mano tendida, esa conciencia por lo humano, para salir del completo fracaso moral de los prejuicios raciales y de las rivalidades étnicas. Sin embargo, nos sobran comportamientos altaneros, que es lo que nos está impidiendo convivir. Hay que salir de la mundanidad del choque y del cheque, y reorientarnos hacia otra sabiduría más desprendida, ergo, llamar al sosiego.,
Jugadas de la vida.

La Fundación Bill y Melinda GATES desde 1994 a la fecha han donado para obras de caridad 36 mil millones de dólares.
Twitter:@ldojuanmanuel