Cuando la esperanza era negra

Hoy el desafío no es conquistar la libertad en grandes marchas como Mandela, sino poder inocular ese ébola moral de la representación pública que significa llevarse el dinero de todos para hacer propiedades privadas

Siempre me he preguntado si ahora el mundo es mejor o peor que antes.

En este momento un mundo con Internet y un mundo sin Internet, es algo equivalente a un mundo con imprenta y a un mundo sin imprenta.

Y es que, tanto la imprenta como el Internet ponen al alcance de todos el conocimiento, nos hacen partícipes y co-gobernantes del destino de nuestras vidas.

El mundo necesita símbolos. El mundo necesita triunfos sobre la base de lo que está bien hecho y no sobre la crueldad extrema.

En 1992 España aparecía como el país que había consolidado una transición política milagrosa y un desarrollo económico único. Era un momento histórico en el que además se celebraban las olimpiadas en Barcelona.

Ahí conocí a Nelson Mandela. Juan Antonio Samaranch, presidente del Comité Olímpico Internacional y viejo amigo mío, me lo presentó en una gira internacional que estaba haciendo tras su liberación después de 27 años de prisión.

El entonces presidente sudafricano Frederik de Klerk lo liberó sabiendo que el futuro de su país dependía de que Mandela hablara con los principales líderes mundiales y masticar la libertad que tanto le conquistó.

El mundo aprendió la lección y quiero creer que Mandela también.

Dos años más tarde Madiba, que así se le conocía popularmente, era el presidente de Sudáfrica y en 1995 también tuve la oportunidad de verlo en su país observando cómo gobernaba una nación que corría el riesgo, tras décadas de Apartheid y Coloured, de estallar en una ceremonia sangrienta que acabara con la historia del país y con las esperanzas del futuro.

Mandela logró llevar el barco de la transición a buen puerto. Tuvo además la inteligencia política de crear la Comisión de la Verdad y la Reconciliación.

Ahora 22 años después del último instante en el que lo vi, vuelvo a estar en Sudáfrica y he de confesar que me sorprende.

Sigue siendo un país construido sobre influencias tan fuertes como la holandesa, los afrikáners y el imperio británico. Pero también es verdad que si bien el Apartheid era un régimen inmoral y corrupto, no existía corrupción individual y nadie se llevaba el dinero público para su bolsillo.

Hoy después de tantos años con un Mandela más vivo que nunca en la memoria sudafricana, Jacob Zuma, el actual presidente, miembro del mismo partido de Madiba -Congreso Nacional Africano-, acaba de superar una crisis de confianza y una votación en el Parlamento en su contra por motivos de corrupción.

¿El mundo es mejor 25 años después? No lo sé, pero lo que sí sé es que hoy el desafío no es conquistar la libertad en grandes marchas como Mandela, sino poder inocular ese ébola moral de la representación pública que significa llevarse el dinero de todos para hacer propiedades privadas.