Todos los días de mi infancia desde mi hamaca de colores, oía el monótono silbido del ferrocarril que partía hacía Coatzacoalcos. El tren llevaba sobre las espaldas metálicas contenedores, barita, carbón azufre, de un océano a otro. Ante lo inviable de construir el Canal de Tehuantepec que partiera al continente en dos, el tren transportaba por tierra las mercancías de otros países. Los primeros dos vagones eran de pasajeros. En uno de aquellos trenes pensaba viajar a Coatza a visitar a parientes dispersos pero pronto renuncié al sueño infantil porque Ella, una noche de julio frente a la mesa del Santo, me comunicó en voz baja que mi padre estaba muy enfermo y que era necesario conseguir dinero.
Al día siguiente abordé el tren que me llevó a Ixtepec y de ahí tomé una “pasajera” a un pueblito por el rumbo de Guienagati. En la mochila guardé “El extranjero” de Albert Camus del préstamo a domicilio de la biblioteca de mi pueblo.
En el verano del 83 Salina Cruz conservaba vestigios de su extinguido esplendor. La estación de ferrocarril era un edificio evocador de la presencia inglesa en ese perdido rincón de la patria. Estábamos fuera del mundo pero no aislados, el tren era uno de los cordones umbilicales con la civilización, el otro, la carretera Panamericana.
La primera enseñanza que obtuve aquel verano estuvo relacionado con la economía, específicamente, con la ley de la oferta y la demanda. La segunda tenía que ver con las costumbres de un pueblo olvidado pero mi memoria infantil no la registró.
Semidesnudo, sin rostro, con un sombrero de paja, mimetizado, recostado a campo abierto después de haber contado las constelaciones y algunas estrellas egocéntricas traducía los sonidos profundos de la noche vigilaba el crepitar de un horno gigantesco de carbón vegetal.
Cansado, comía con furia y bebía el agua morena en ollas de barro porosas. El calor de agosto dejaba hileritas por donde se apreciaba el verdadero color de mi piel. En aquel lugar, en la parte más alta del Istmo pasé 22 días incomunicado, trabajando y peleando contra una espesa nube de zancudos no ahuyentados por el humo del madrecacao.
Para fines de agosto, la lluvia no cedía pero había llegado el tiempo de volver. Antes de partir pasé tres horas en el río para recuperar mi color habitual. Hablé con mi querido patrón-padrino. Me pagó justamente lo que había trabajado. En el tren de regreso tumbado boca arriba sobre dos asientos, con la cabeza apoyada en la mochila, con la última luz del sol que era devorado por el Giati, abrí “El extranjero” de Albert Camus. Las dos primeras líneas me helaron: “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé. Recibí un telegrama…” Recibí un mensaje parecido quince años después mientras elaboraba oficios en una oficina de gobierno.
Cuando volví a casa era media noche. Entregué el dinero. Estaba recostado con un suero Hartman. Hablamos toda la madrugada. Estábamos todos los que éramos. El futuro se avizoraba negro pero ahí, sobre la hamaca y cubierto con retazos de trapos, me sentí como nunca amado, protegido.
Hoy ella y él duermen bajo el cielo de almendras mojados por la lluvia de agosto arrullados por el rumor del mar. A veces cuando todo se llena de brumas levanto la vista hacía la Cruz del Sur y me parece avistar sus miradas entre las millones de estrellas de la Vía Láctea. Seguimos.”