Católico instruido, no será confundido

“Cuando nace la Aurora es porque ya viene el Sol”

El 8 de septiembre celebramos la Natividad de María Santísima, justo nueve meses después de la Solemnidad de su Inmaculada Concepción (8 de diciembre). La Fiesta de la Natividad de la Madre de Dios surgió en Oriente desde el siglo VI, según consta en los himnos compuestos en su honor por personajes como San Romano, el gran lírico eclesiástico de la Iglesia Griega, quien le compuso un himno que resulta ser un hermoso bosquejo poético del evangelio apócrifo de Santiago (de donde provienen los mayores datos acerca del nacimiento de la Virgen). Esta celebración fue fijada para el ocho de septiembre, marcando el inicio del Año Litúrgico Bizantino, el cual se cierra en agosto con la Dormición de María (cuando fue llevada al Cielo en cuerpo y alma). Pero en Occidente fue instituida en el siglo VII, por el Papa Sergio I, y se celebraba con una procesión en la que se recitaban letanías a María y concluía en la Basílica de Santa María la Mayor. El Papa Pío X le concedió la categoría de Fiesta.

El Nuevo Testamento no habla mucho sobre la vida de la Virgen María, pero la Tradición sí; por ella sabemos que su nacimiento ocurrió muy probablemente en Jerusalén, en donde se sabe que su padre, San Joaquín, era propietario de rebaños de ovejas que servían para los sacrificios del templo; por eso, entre los siglos V y VI, se edificó un templo en donde se tenía conocimiento de que había estado ubicada la casa que vio nacer a la Virgen María; y ese templo, con el paso de los siglos se convirtió en el Templo de Santa Ana, su madre.  

Además de la Tradición, existe un rico Magisterio sobre la Santísima Virgen María. San Juan Damasceno decía: “Tenemos razones muy válidas para honrar el nacimiento de la Madre de Dios, por medio de la cual todo el género humano ha sido restaurado y la tristeza de la primera madre, Eva, se ha transformado en gozo… De Ella y por medio de Ella, Dios, que está por encima de todo cuanto existe, se hace presente en el mundo corporalmente”. San Juan Pablo II nos decía que “Nadie puede referirse al origen de Jesús, sin reconocer el papel de la Mujer que lo engendró en el Espíritu, según la naturaleza humana; su función materna afecta también al nacimiento y al desarrollo de la Iglesia”.

El Papa Francisco nos recuerda que Jesús es el Sol y María la Aurora que anuncia su Nacimiento; toda la existencia de María, asegura, es un himno a la vida, un himno de amor a la vida: ha generado a Jesús en la carne y ha acompañado el nacimiento de la Iglesia en el Calvario y en el Cenáculo; es la Mamá que nos dona la salud en el crecimiento, para afrontar y superar los problemas, la salud que nos hace libres para las opciones definitivas; sólo Ella puede donarnos la salud para ser siempre signos e instrumentos de vida.

La Virgen María es “bendita entre las mujeres” (Lc 1,42) y entre todas las demás creaturas; pues ha merecido llevar en su vientre virginal a Jesús, y por eso “todas las generaciones la llamaremos Bienaventurada” (Lc 1, 48); y celebramos con júbilo su nacimiento, porque constituye la “Aurora” de nuestra Salvación en Cristo Jesús, como nos lo dice un himno de esta fiesta: Hoy nace una clara Estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo Sol nace de Ella. Con cuánta razón Lope de Vega le escribió un poema diciendo: “Vete sembrando, Señora, de paz nuestro corazón; y ensayemos, desde ahora, para cuando nazca Dios”. ¡Que así sea!

LUBIA ESPERANZA AMADOR.
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