El golf suele ser un deporte muy efectivo para cultivar las relaciones públicas.

En esos campos, en el trayecto entre un hoyo y otro, los jugadores platican, arreglan el mundo y se cierran negocios. Privados y públicos.

En muchos de esos campos existe un hoyo en donde se renuncia a los palos de golf y se alzan las copas, para reseñar la sobremesa tras los 18 hoyos de juego. Es un bar llamado El Hoyo 19.

Y para los empresarios, políticos y ejecutivos que practican golf, el tiempo que pasan en el Hoyo 19 es el que rinde dividendos.

Sobre todo porque es ahí, con un whisky o un tequila, el intercambio de opiniones florece y los rostros acartonados se relajan.

Es entonces cuando se discuten los temas de fondo. Sean de negocios privados o públicos. Sean políticos o sociales.

Y es en esas conversaciones en donde se va forjando, juego tras juego, toda una corriente de pensamiento entre los que practican golf.

El Hoyo 19 se convierte así en el abrevadero del pensamiento coloquial de una clase que lo tiene todo, hasta el tiempo para jugar dos y tres veces por semana, sin que se afecten sus ingresos.

Los filósofos del Hoyo 19 suelen ser una élite que habla mucho y profundiza poco. Que escuchan al líder de la manada y adoptan sus frases cliché como dogmas de fe para repetirlas en las juntas de consejo, en las reuniones sociales.

Hasta que a fuerza de ser repetidas esas frases se vuelven un mantra social, un evangelio al que no se le debe transgredir ni con el pétalo de un cuestionamiento.

Ese evangelio superficial, validado por quienes pautan publicidad en los medios tradicionales de comunicación, acaba por permearse como la Biblia en diarios y revistas, frecuencias de radio o de televisión.

Y es ahí donde se da el destemplamiento social. Cuando visiones poco profundas, de opiniones a bote pronto de unos cuantos, chocan con las visiones que viven las mayorías que luchan por la sobrevivencia.

En Estados Unidos, para los filósofos del Hoyo 19, Hillary Clinton sería la sucesora de Barack Obama. A Donald Trump no lo hacían ni en las boletas. Se equivocaron.

Los filósofos del Hoyo 19 de Nuevo León despreciaron en 2015 la lectura política de un independiente que acabó pulverizando sus pronósticos sobre quién sería el gobernador. Fallaron estrepitosamente.

Y como suele suceder frente a cada elección presidencial, y la del 2018 no será la excepción, los filósofos del Hoyo 19 reincidirán en profetizar un México a la medida de sus pensamientos. Pero eso será falaz.

Con la diferencia de que hoy sus opiniones, inoculadas a través de medios que cada día pesan menos, se toparán con un juego más popular que el golf: el del campo de las poderosas redes sociales.

Será entonces que la opinión que contará será la que se vote al instante, a través de un “like”, del “retweet”, WhatsApp o Facebook. Ya no mas la que se dé con el whisky o el tequila en la mano, filosofando entre el verdor, desde el Hoyo 19.