Las voces de la tragedia son incontables, los testimonios son innumerables; la incertidumbre, la tristeza, el miedo, la frustración y la solidaridad son parte del paisaje de mi ciudad y transforman un acontecimiento en historia. El 19 de septiembre de 2017, ha marcado una huella profunda en el alma y el espíritu de quienes vimos nuestra vida detenerse por unos instantes.
Muchas personas revivieron la tragedia de hace treinta y dos años; otros la experimentamos por primera vez. El pánico no se hizo esperar, hubo gritos y llanto, desalojar los edificios fue una faena cuyo éxito solo se explica a través de la cultura de protección civil que poseen los habitantes de la Ciudad. Cuando nos dimos cuenta ya estábamos en Reforma, huíamos de las fugas de gas, teníamos miedo. En ese momento pocos dimensionamos el tamaño de la tragedia, pero las redes sociales hicieron su trabajo y de pronto las pantallas de los celulares eran la ventana a una realidad que erizaba la piel. De repente ya no éramos los asustados que llegaron a Reforma, eran los de Narvarte, Roma, Condesa, Del Valle, Xochimilco, Coapa. Eran los niños, las niñas, las mujeres, los ancianos, los hombres que habían quedado atrapados bajo los escombros.
La ayuda llegó de la mano de los vecinos, de los jóvenes y los cientos de personas que llamadas por la tragedia se acercaron a ofrecer apoyo, se arrojaron sin pensarlo y con las manos comenzaron a buscar entre ruinas a quienes habían quedado atrapados. Con la ayuda fueron llegando palas, picos, botes, cada quien llevó lo que tenía a la mano. Se actuó en el momento y desde entonces y hasta ahora hemos sido capaces de demostrar que aquella idea de que somos egoístas por naturaleza, no es más que un invento para justificar la ambición de unos cuantos.
Muchos tuvieron que desalojar sus hogares, otros más lo perdieron todo. La ciudad no durmió, urgía rescatar a las víctimas, mientras unos hurgaban entre los escombros, otros buscaban refugio, un techo bajo el cual resguardarse ante las amenazas de derrumbe, algunos más pasaron la noche en sus casas sin energía eléctrica, esperando a que CFE pudiera reactivar el servicio en toda la ciudad.
Fueron días que pasaron como un suspiro, momentos que nos recordaron la fragilidad de nuestra existencia. De repente nadie era distinto, éramos todos, cooperando, buscando formas de ayudar, éramos los mismos vecinos de siempre pero que ahora se veían las caras, éramos comunidad. No había espacio para las dudas, nos necesitábamos los unos a los otros y solo nos teníamos los unos a los otros… no hacía falta más.
Los de siempre, los políticos de foto, los que solo aparecen cuando son tiempos electorales y necesitan votos, no contaban, no había espacio para ellos, la información que circuló durante los días posteriores a la tragedia hablaba de la solidaridad y la fraternidad de los mexicanos, de la ayuda de las naciones vecinas. A nadie le importaba Mancera o Peña. Solo nos detuvimos para exigir a los partidos que nos devolvieran NUESTRO dinero. No hay mucho que decir sobre los políticos y su actuar, poco o nada esperábamos de ellos. Tampoco importó tanto.
Al final, solo la comunidad, la certeza de que podremos mirarnos a los ojos y ser empáticos. Pero por si acaso, recuerde esto en la próxima elección, no olvide que hubo quienes se olvidaron de la tragedia, quienes lucraron y quienes solo se tomaron fotografías, no olvide la corrupción, el robo o la respuesta tardía, pasaron dos sismos, una petición en change.org y cientos de notas de hablaban de la indignación y la molestia de las personas, para que los partidos decidieran “hacer donaciones”.