Hace 32 años colaboraba en La Jornada. Me acuerdo como si hubiera sido ayer. Ese día celebrábamos el primer aniversario del primer diario de oposición, de allí que se hubiera previsto una junta con los colaboradores. Entonces vivía en las Lomas, en donde prácticamente no se sintió el temblor. A tal grado que el papá de mis hijos pasó a buscarlos para llevarlos al Liceo. No fue sino hasta que prendí la tele, que me percaté de la magnitud del terremoto. Reforma estaba acordonado, no había taxis, decidí entonces caminar hasta el Centro Histórico. “Ya trae lo de los muertos”, “Tragedia”, decían los titulares de los diarios que vendían los voceadores. Esa era precisamente la palabra que se leía en la cara de los que caminábamos sin rumbo fijo. Todos lo hacíamos en silencio, como huyendo, como escapándonos de una terrible fatalidad. De pronto, frente a la fachada de un edificio totalmente desplomado, descubrí una máquina de escribir al borde de la ventana que parecía esperar a la secretaria. El ulular de las sirenas de las ambulancias y patrullas contrastaba con un silencio parecido al que se respira en un velorio. En lugar de coches había tráfico de gente, motocicletas, y muchos policías que soplaban y soplaban en sus silbatos. La escarcha tricolor sobre Reforma insistía en brillar. Finalmente llegué a Balderas 68. Todos mis compañeros me recibieron con excesiva emoción. Quién sabe qué se imaginaron porque incluso no faltó el que me abrazó y me dijo muy quedito al oído: “¡qué bueno que estás viva!”.

Hace 32 años y sin embargo todavía me acuerdo que a partir de ese 19 de septiembre de 1985 no paré. Iba y venía por toda la ciudad quebrada, con mi Volkswagen verde, llevando agua y tortas por todas las calles del Centro Histórico. Trabajé en Radio Educación en un programa hablado en francés para localizar a estudiantes y a turistas galos. Reuní miles de cajas de manzanas, gracias a un señor muy generoso, las cuales había que ir a buscar hasta el quinto demonio. Me ocupé y fui traductora del grupo de bomberos franceses. Entrevistaba a muchos rescatistas voluntarios de la Ibero, acompañaba a mi hijo mayor a la Cruz Roja para clasificar medicinas. Llevaba ropa y comida al centro de acopio de la Universidad Anáhuac. Hacía las tareas con mis hijos. Organizaba a mis amigas para que llevaran cosas a los albergues del Centro Histórico. Corría al súper de Barrilaco a comprar más víveres a pesar de los precios tan elevados. Escribía mi crónica de los sábados, la cual iba a dejar a La Jornada hasta en metro o en taxi.

Respecto al terremoto del 19 de septiembre de 2017, todo es igual, pero a la vez muy distinto a 1985. Hace 32 años no había internet, ni celulares, no había más que televisión abierta, no había sociedad civil, no había libertad de expresión y un solo partido había gobernado al país por casi 60 años. Tampoco se veían muchas mujeres trabajando en las labores de rescate o recolectando alimentos o medicinas. Tampoco eran tan famosas las mascotas, como son ahora. Tampoco existía, desafortunadamente, Frida, la perra labrador más valiente del mundo, conocida por sus gafas, botas hechas a la medida para proteger sus patas y su chaleco que la identifica como parte de la Marina. Con este temblor del 2017, me doy cuenta que ya no soy la misma. Ahora ya no tomo mi coche para ir corriendo a los centros de acopio, ya no hago tortas, ni hiervo agua, ya no me ofrecí como intérprete de la brigada francesa, ni voy a la Cruz Roja para clasificar medicinas, ni entrevisto damnificados, ni hago tareas. Ni tampoco formo cadenas junto con los millennials, ni los vecinos de la Roma y Condesa, para llenar cubetas de piedras.

Ahora desde mi sillón y el celular organizo, entre mis amigas más ricas, centros de acopio para Juchitán y Chiapas. En la primera partida se fueron decenas de cajas a Oaxaca. Por mi parte, gracias a una app maravillosa, compro todos los víveres y medicinas. Para ayudar a la comunidad estoy en tres chats, “Grupo Apoyo”, “Terremoto” y “Centro de Acopio”, para poder mandar mensajes, pidiendo ayuda, por las redes. No me pierdo ni un solo noticiario y todo el día leo los periódicos.

Hélas!, no puedo hacer más. Tengo una ciática terrible y treinta y dos años más…

gloaezatovar@yahoo.com