El intento de independizar a Cataluña de España no debe sorprendernos. Es una consecuencia de la ola de fundamentalismos y cambios radicales que están redefiniendo la geopolítica en el planeta.

Lo vimos con el  Brexit, la salida del Reino Unido que lucía imposible antes de su votación, pero que acabó fallando a favor de segregarse de la Unión Europea.

Y ese separatismo también se olfatea entre la sociedad alemana, cansada de subsidiar al Euro, para sostener un desigual mercado común europeo.

En el continente americano ya son distintas las intentonas de fundamentalistas por convertir a California en una nación independiente de los Estados Unidos.

En México, el desequilibrado trato fiscal que la federación le otorga Nuevo León, pone sobre la mesa el lamento de un trato tributario injusto que termina por subsidiar las economías del sur.

Las sociedades, más despiertas, más comunicadas, expresan así su malestar y se recargan en la  frase de “mejor solos que vivir eternamente maltratados”.

Cataluña, California o Nuevo León, verían mejores días si sus tributos se aplicaran a apuntalar sus pujantes economías.

Cataluña, tiene el 6 por ciento del territorio ibérico, menos del 14 por ciento de la población española y genera poco más del 20 por ciento del PIB de la Madre Patria.

La mayoría de los catalanes no se sienten españoles. Y eso quedó reflejado en el referéndum que ganó el voto por la independencia, por encima de la diplomacia del presidente Mariano Rajoy.

La crisis política por el espíritu independentista catalán obligó la Felipe VI, rey de España, a plantar cara en un mensaje de unidad intentando frenar la escisión.

Es imposible prefigurar el desenlace final sobre Cataluña. Pero no será ni la primera ni la última intentona independentista de una región que se siente explotada.

Lo que suceda con Cataluña no será un asunto que se quede en España. Si la independencia catalana sale victoriosa, el ejemplo cundirá en otras latitudes.

Los modelos políticos y económicos serán sometidos a una revisión para impedir que los intentos separatistas se viralicen por el planeta. Cataluña es una de las primeras muestras del “sí se puede” o “no se puede”.

Sucedió también en España con la emergencia del partido Podemos, con el Brexit en el Reino Unido, con el referéndum para la paz en Colombia o la victoria de Donald Trump en los Estados Unidos.

La contracorriente desafía a los sistemas establecidos, al llamado establishment, que no acierta a crear un nuevo modelo político, económico y social que releve al que se forjó después de la Segunda Guerra Mundial y de los tratados de Breton Woods.

Y mientras exista la sensación de que los del norte subvencionan a los del sur, que los que más producen son a quienes más se les explota, el virus del separatismo se estará incubando hasta despertar.

No valdrán ni discursos como los de Rajoy o apariciones como las del rey Felipe VI. Nadie quiere sentirse ni súbdito ni esclavo.