El característico silencio que siempre va a un lado de Lionel Messi ahora debe estar cargado de espanto.

El mejor futbolista del mundo y el resto de la selección argentina se balancean en la orilla de no clasificar al Mundial de Rusia 2018, hecho que, de consumarse el martes, se convertirá en la más profunda cicatriz para un jugador cuya clase y logros elevan el tono del debate al discutirse sobre el sitio que debe ocupar entre los mejores de la historia. Para el gigante económico llamado FIFA —que también regula y media el tema del fútbol a escala global— será un doloroso revés comercial rumbo a la justa en la que se espera que Messi sea uno de sus más grandes atractivos.

La albiceleste ahora es el centro de las miradas cuando el desenlace se aproxima. Necesita un triunfo en Quito para amarrar —por lo menos— el repechaje contra Nueva Zelanda y mantener vivas sus esperanzas mundialistas. Pero su afición los vio ganar ahí por última ocasión hace 16 años (2-0); después de esa victoria se vinieron dos derrotas y un empate en los siguientes procesos mundialistas. El empate o la derrota en la última fecha de la eliminatoria dejaría el destino de Messi y sus compañeros en manos de otros equipos con su potencial eliminación colgando del cuello. Triste devenir para el combinado que en la justa de Brasil 2014 se quedó al ras de ser campeón al perder en tiempo extra ante Alemania en la final.

Fuertes escalofríos deben recorrer los cuerpos de los seleccionados argentinos, sus aficionados, directivos, y el amplio ramillete de patrocinadores que hacen del astro del FC Barcelona uno de los deportistas mejor pagados del orbe. El espanto llega hasta Rusia, donde las autoridades no se imaginan un Mundial sin Messi entre los invitados que engalanen el torneo. Pero la realidad argentina es más cruda que todas las ilusiones que han albergado desde que La Pulga emergió como una potencial estrella con el Barca hace más de una década.

Los esfuerzos de Messi por ganar son ensombrecidos por la limitada eficacia del reparto que lo acompaña.
Messi sufrió una de las noches más decepcionantes de su trayectoria el 26 de junio de 2016. Chile volvió a vencerlo, junto a la albiceleste, en la final de la Copa América Centenario con una tanda de penales en la que él ejecutó su disparo, el primero de su equipo, como un jugador amateur. Voló su tiro, así como con los anhelos de acabar con la maldición de no poder conducir a su combinado nacional a un título a nivel élite. Después de echar lágrimas en el campo ante el festejo de los chilenos tomó los micrófonos para hablar claro —lo más que jamás antes y después ha hecho al ser un hombre de muy pocas palabras— para decir que se había acabado su historia con la selección.

En temas de fútbol, Argentina vive de Messi. Sobre sus hombros descansan las expectativas de una afición que lo ungió como el legítimo heredero de Diego Armando Maradona y el guía que los volvería a hacer monarcas del orbe, como hizo Pelusa en México 1986. Pero la verdad se pinta de drama cada vez que Messi debe vestirse con la casaca albiceleste. Nada es igual, a diferencia de cuando porta la blaugrana del FC Barcelona, donde con un reparto de jugadores históricos españoles como Xavi Hernández, Andrés Iniesta, Sergio Busquets, Carles Pujols y David Villa, entre otros a lo largo de varias épocas desde 2004, se encumbró como el mejor futbolista del mundo. En su equipo nacional es él y 10 más, y él cada vez luce más terrenal de azul y blanco.

Su retiro de la selección duró muy poco y con su vuelta también regresó su silencio, ese del que dispone tiránicamente cuando la presión lo sofoca su alrededor. Mucho silencio mientras la afición argentina soporta con angustia el desenlace de su selección: el de Messi ante los medios y el del resto de sus compañeros en el campo, incapaces de brillar y de brindar a las gradas por lo menos un grito de gol.

Los esfuerzos de Messi por ganar son ensombrecidos por la limitada eficacia del reparto que lo acompaña. Y que no hace menos pesada la carga que descansa sobre su humanidad de volver a darle a la albiceleste un título mundial… o ya de plano uno de un torneo de menor calibre como el de la Copa América, certamen que no ganan desde la edición de Ecuador 1993, y que en la era de Messi han sufrido tres derrotas en finales.

A los más de 2,850 metros de altura de Quito, el jugador con el 10 en los dorsales de la selección argentina tal vez esté afrontando sus minutos finales portando esa casaca. Quedar fuera del Mundial de Rusia puede ser el revés que acabe con sus ideales de hacer brillar a su combinado, como los sintió hace poco más de un año en el MetLife Stadium de Nueva York, donde su llanto hizo eco en todo el mundo. Porque, a fin de cuentas, ser etiquetado como el mejor futbolista del mundo es algo difícil de manejar cuando las victorias no te acompañan.

* The HuffPost México.