Oaxaca mosaico cultural (Treceava parte)

LA PINTURA

Para el México contemporáneo, el estado de Oaxaca, ha cobrado importancia debido a la proliferación de sus manifestaciones pictóricas, a partir de Rufino Tamayo (Oaxaca de Juárez 1899-1991), esta entidad del sur de la República empieza a ser un punto de efervescencia, acaparando en este fin de milenio la atención de todo el mundo.

Rasgada la cortina de Nopal, de la que habla José Luis Cuevas, Tamayo encarna el discurso plástico ajeno a los preceptos políticos que definieron la obra de Orozco, Rivera y Siqueiros, a partir de ahí los temas se vuelven  hacia otros rumbos, el obrero y la denuncia social dejan de ser la única vía de los planteamientos estéticos, la vista se vuelve hacia la tierra, al pasado prehispánico que pervive en el colorido de las manifestaciones populares.

Cuando el grupo de Siqueiros hizo sonar el grito: ¡El nuestro es el único camino!, otro grupo de intelectuales, entre los que estaba Octavio Paz, es un tono de serena heterodoxia, corrió: Todos los caminos son nuestros.

La irrupción de Tamayo en el contexto nacional no es gratuita, su obra, explícitamente, muestra las cualidades de quien es perfecto conocedor de las más diversas técnicas y tendencias universales, mismas que le sirvieron para delinear su temática personalísima de la que Raquel Tibol dice: Los mexicanismos, tan variados y evidentes de Tamayo, no son el resultado de un viaje mental a tierras vírgenes o exóticas, pictóricamente el habla en maya, zapoteco, teotihuacano, en tarasco, en Náhuatl, con la naturalidad de quien domina lenguas maternas al extremo de no necesitar articularlas en sus voces arcaicas sino en las que brotadas de aquellas se han transfigurado en lenguaje actual, contemporáneo.

Tamayo configura el basamento en el que descansa la riqueza pictórica oaxaqueña de nuestros días, su obra fue un acto de rebeldía a la rebeldía en boga en la primera mitad del siglo XX.

Rufino Tamayo vivió en Nueva York en 1926, en Europa lo hizo en 1950, año en que se instala la sala que llevó su nombre en la bienal de Venecia, en 1953, mereció el Gran Premio de pintura de la Bienal de San Paulo, ya en esa época lograba resolver su lenguaje plástico con independencia expresiva.

La labor de Tamayo, como la de otros pintores oaxaqueños que vinieron después, se concentró en la transportación de los colores de la tierra nativa, en la captación de la esencia mexicana cuya voz emana de las calles pueblerinas y citadinas, de los mercados y de los rostros que deambulan sobre la tierra y el pavimento, la tradición oral ha jugado un papel central en la temática de nuestros artistas contemporáneos, este rasgo es evidente en Toledo (Juchitán de Zaragoza, 1940), que afirma: antes que mi pintura, los animales que pinto han habitado la poesía y la tradición oral del Istmo, yo solo estaría machacando esos cuentos.

Las palabras de Francisco Toledo son solamente una expresión modesta, no hay elefantes en la poesía ni en la tradición oral del suelo Oaxaqueño, pero como ser sensible, recibe de todas partes, lo asimila y se  universaliza en su obra, es un exhaustivo buscador de formas, colores, técnicas y alternativas en materiales, pero además, se sale de sus cuadros, toma otros elementos que mezcla y rebasan el mundo mágico que lo formó, porque su inquietud crea mundos que se integran, que generan propuestas de realidades no imaginadas o de realidades que no se atreven a decir otros.

Su obra recuerda las tesis del manifiesto surrealista, cuando los suscriptores, inconformistas y revolucionarios, señalaban la necesidad de buscar nuevas vías en la comunicación y no quedarse en la descripción convencional.

Sus aves, comiendo chapulines, parecieran estar hechas con cientos de cristales integrados a uno mayor del que sale luz propia, un apasionado y urgente encuentro sexual sobre la mesa, como cosido con pedazos de tela y las costuras fuesen producto de manos torpes, en ambas obras hay técnicas y asuntos distintos, logrados extraordinariamente lo que revela apenas unas de las razones de su grandeza.  Prolífico, ha incursionado en la cerámica y ha utilizado elementos de la zoología para crear el arte bello, así  lo vemos con conchas de tortuga, manos de cangrejo y huevos de avestruz que, a su hermosa y delicada composición natural, se agrega la prodigiosa imaginación del artista.

Además de su quehacer artístico, se ha preocupado por fomentar el arte y la cultura, en su suelo, lo que lo mantiene arraigado a este, es patrocinador de la revista literaria Guchachi “Reza (en zapoteco, iguana rajada) así como de ediciones de poesía y ha donado obra suya a la casa de la cultura de Juchitán.

Luis Cardoza y Aragón dijo sobre Toledo, una obra de arte vale más que todos sus comentarios, un elemento común entre no pocos creadores plásticos oaxaqueños ha sido la polaridad éxodo-retorno, muchos de ellos radicaron por largos periodos en Europa, conocieron las nuevas tendencias que ahí se gestaban pero la nostalgia los trajo de vuelta.

Como hijos  de generaciones distintas, todos ellos se han visto inmersos en contextos históricos desiguales, pero, en su conjunto, conforman un movimiento vital y fecundo.

Un claro ejemplo de ello es Rodolfo Morales, cuya obra está indisolublemente ligada a las emociones, sensaciones y escenas que, en Ocotlán, nutrieron su espíritu, lugar donde se fraguo su obra de arte.

Aunque, cuando estudiaba en la esmeralda fue testigo del movimiento contra la Escuela Mexicana de Pintura, no se adhirió a ella, decidió ocuparse como docente por casi 20 años, durante los que hizo obra en privado, hasta que una amiga lo animó a exponer en Málaga, donde el gran éxito obtenido, le impulsó a dedicarse por entero a pintar.

Lo que más llama la atención de su obra son los colores, brillantes y luminosos, vehículos, a través de los cuales el espectador ingresa a lo onírico, o tal vez a realidades múltiples, como si hubiera una yuxtaposición de diferentes momentos de un mismo suceso, de alguna historia, una leyenda o recuerdos confusos, colocados al azar, no crea personajes, ni  los estiliza, tampoco los simbiotiza, como el recuerdo diáfano de un niño, están las novias pero no al pie de un altar, ni frente a una iglesia, y menos con sus futuros maridos, no se muestran, una frente a la otra, sosteniendo una bicicleta y un oscuro perro en un costado, cuatro banderitas, colocadas en los manubrios de las bicicletas, nos ubican en nuestro país.

En otro, un busto femenino, cuya cabeza tiene el pelo decorado con flores amarillas, sostiene en su hombro a una angelita sentada, abrazando un ramo de flores entre sus regazo, la mujer también sostiene una plaza de armas, con su catedral y edificios, enmarcados por una línea de suaves montañas, sobre la explanada de la plaza yacen cadáveres de hombres, mujeres, infantes y perros, o tal vez son las sombras de los que transitaron alguna vez por ahí, aunque también el tema podría ser una bendita madre con una angelita en actitud de protección al poblado y esto de las muertes son producto de mi afiebrada imaginación.

Esas cosas provoca Morales, fuertes y confusos sentimientos causado por un juego deliberado con el espectador.  Esto nos confirma que la pintura Oaxaqueña no puede reducirse a la trilogía Tamayo-Toledo-Morales (Ocotlán 1925), otros espíritus propositivos e igualmente complejos han ensanchado el universo cromático que aquí se ha gestado, entre ellos se encuentran los ya desaparecidos Rodolfo Nieto (1937-1985) y Erasto León Zurita (1947-1988).

Sobre Rodolfo Nieto, para sus trece años de estancia en Europa, empacó a Oaxaca, a México a su muy personal visión pictórica modernista y a ella la trabajó, la maduró hasta que se trajo una maleta de colores, luces, geometrías, desvanecimientos y con palabras de Cortázar, gritando en plena batalla, entre relámpagos que enlazan y destruyen y transforman, entre signos de oscuras mutaciones.

Como si fuera un pre determinismo, este es otro artista del color, de las transfiguraciones, de las síntesis y de los desarrollos, trabaja sus imágenes hasta hacerlas símbolos eternos, universales, llenos de sentimientos y de pasión, sin importar que sean parte de lo cotidiano, como el perro, el gato, el guajolote, las barcas de pescadores, todo lo que vemos sin detenernos, pero que con sus trazos los convierte en algo mágico y misterioso.

Sobre la invaluable aportación de Erasto León Zurita quiero dar mi opinión: En 1985, en el mes de febrero, la casa de la Cultura Oaxaqueña montó una muestra retrospectiva, a modo de homenaje, de la obra de este singular artista, en esta exposición pudimos apreciar el enorme vigor de su trabajo en el cual se trasluce la esencia de su tierra.

Zurita nació en Santa María Coyotepec, Oaxaca, según testimonio de sus familiares, desde pequeño se obsesionó por expresarse a través de la imagen, pronto sus mayores se dieron cuenta de que ese impulso no era solo un juego de niños, era más bien, la señal de una vocación que fue creciendo alimentada por toda la gama de manifestaciones en que se sustenta su población de origen.

Adolecente, enfiló hacia la ciudad de México, donde el acuarelista Alfredo Guati Rojo, quedó  impresionado por ese semi-niño de rostro zapoteca, de manos inusitadamente diestras de las que emanaban trabajos muy superiores a los de sus condiscípulos.

Continuará…………………..

Oaxaca, Oax., a 09 de Octubre de 2017.
Jorge Alberto Bueno Sánchez.
Cronista de la Ciudad de Oaxaca.
Miembro de la S.M.G.E.
Miembro del S.C.M

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