La difícil vuelta atrás

Y Carles Puigdemont declaró la independencia de Cataluña en el sentido de que tiene todo para hacerlo.

Sin embargo, a la hora de la verdad, mientras veía el éxodo masivo del dinero de los empresarios, mientras recordaba las calles de Barcelona y de Cataluña -suponiendo que las vio-  inundadas por todos los que siendo catalanes no quieren dejar de ser españoles; decidió hacer un discurso absolutamente testimonial y peligroso, porque aún está en la franja y porque además no se puede acusar de engaño a quien no engaña, ni de deslealtad a quien nunca quiso ser leal.

Puigdemont seguirá con el curso de la independencia, lo entiende como un mandato y en el fondo lo que está queriendo decir es que, en esta feria del ridículo, al siguiente error que cometa su par en Madrid llamado Mariano Rajoy, él volverá por sus fueros.

No hay ninguna solución. Y en ese sentido, me permito sugerir a la clase política mexicana que observe ese espectáculo tan lamentable a fin de tomar buena nota de esa situación. Porque nosotros aquí también tenemos algunos aventureros, que no precisamente buscan declarar la independencia de alguno de los estados que conforman la República, sino que sencillamente no saben dónde están los límites de la actuación política.

Esa situación no tiene más que una posible solución: echarlos a todos a la calle, a todos a la vez, mediante unas elecciones que sean españolas y catalanas, cambiar las caras, abrir las ventanas, no derribar las puertas, pero sí invitar a la gente a pasar y a entablar una conversación sosegada ante el cuerpo presente de la Transición y de la constitución del diálogo.

Ojalá las cosas no empeoren, porque ya se ha perdido bastante. Pero lo que me temo es que todo esto sólo sirve para demostrar que hoy los Estados son muy débiles, y que basta con que un loco demagogo alcance el poder para ser capaz de que todo tiemble y se estremezca.

Esto que estamos viviendo es una lección histórica. Es una lección que sirve para las coaliciones, para los frentes, para los partidos políticos y para los líderes.

Porque al final del día hay un pueblo que sueña y todos los pueblos tienen derecho a soñar tanto de forma individual como colectiva. Sin embargo, ante circunstancias como por las que está atravesando España, no es que el pueblo se levante en medio de una pesadilla, sino que simplemente el programa de gobierno que se les ofrece y donde los están instalando ahora, consiste en no abandonar la cama para no tener que ver la sucia realidad.

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