Días de Todos los Santos, tradición con mucha vida

Tenemos dos obsesiones: gusto por la muerte y por las flores: Carlos Pellicer

PASANDO LISTA DE PRESENTE en el aula de la vida para exclamar ¡Viva la fiesta de muertos!, una tradición viva, arraigada en el corazón de nuestros pueblos.

En este día, viene a mi mente los preparativos que se hacen para recibir a los que ya no están físicamente con nosotros. Recuerdo que en estas fechas era impostergable que acompañará a mi padre a dejar flores, prender una veladora al pie de la tumba de mis abuelos Esteban Maldonado Benítez, María del Refugio Mendoza Santiago y mi tío Esteban Maldonado Mendoza “Chavolon”, como le decía de cariño mi señor padre Raúl Maldonado Mendoza. Ellos son mis cuatro grandes ausentes.

Tenemos la creencia firme que en estos días 1 y 2 de noviembre, nuestros ausentes, nos vienen a visitar, por ello, se les pone su altar en el que se les ofrenda alimentos que más gustaban, tamales, pan de muertos, chocolate, fruta, dulces regionales, flor de cempasúchil, bebidas, incienso… ¡Ya estamos listos para recibirlos!

Es así como en México a decir del Poeta Carlos Pellicer tenemos dos obsesiones: gusto por la muerte y por las flores.

Celebración mexicana que describe Octavio Paz: “La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. (…) nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta porque la vida nos ha curado de espantos. Morir es natural y hasta deseable. (…) el desprecio a la muerte no está reñido con el culto que le profesamos. Ella está presente en nuestras fiestas, en nuestros juegos, en nuestros amores y en nuestros pensamientos (…) la muerte nos seduce. la fascinación que ejerce sobre nosotros quizá brote de nuestro hermetismo y de la furia con que la rompemos (…) calaveras de azúcar o de papel de china, esqueletos coloridos de fuegos de artificio, nuestras representaciones populares son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia. Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el día de los difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona”.

Comparto estimados lectores “La Caída de las hojas” de Fernando Celada, uno de los poemas favoritos de mi padre, he aquí un fragmento:

Cayó como una rosa en mar revuelto…
y desde entonces a llevar no he vuelto
a su sepulcro lágrimas ni amores.
Es que el ingrato corazón olvida,
cuando está en los deleites de la vida,
que los sepulcros necesitan flores.

*PREMIO ESTATAL DE LA JUVENTUD BICENTENARIO 2010, MAESTRÍA EN LITIGACIÓN EN JUICIOS ORALES.

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