Las tendencias para 2018 podrían parecer complejas. En la economía de acuerdo con Joseph Stiglitz  la desaceleración de la economía global  “global slowdown” podría continuar y si a ello agregamos el incremento en las tasas de interés a nivel global desde la reactividad de la Reserva Federal de los Estados Unidos, el nivel de ingresos y especialmente el nivel de consumo  agregado disminuirán, lo que significa que habrá un mayor número de deudores, menos dinero y los índices de pobreza y desempleo podrían incrementarse de la mano de la inflación. A ello, para México habría que agregar el cierre de las renegociaciones del Tratado de Libre Comercio con Canadá y la especulación y  redistribución del Gasto Público durante el proceso electoral. No habrá dinero que alcance. 

Sin embargo, tenemos que ver el mundo al revés. Donde hay crisis tenemos que ver oportunidad, donde hay especulación tenemos que ver certeza y donde hay pobreza tenemos que ver abundancia.  Paul Zane Pilzer un economista que desde la década de los 90´s rompió el paradigma tradicional de la Economía que se basa en la “escasez” y estableció una teoría basada en la abundancia bajo un argumento muy simple y parsimonioso que definía la riqueza en función de recursos inagotables y multiplicados exponencialmente por la tecnología. Los recursos inagotables se dan, dice, porque el ser humano siempre busca nuevos recursos y se encuentra en constante aprendizaje y desarrolla nuevos recursos para sobrevivir explica en su obra “Unlimited Wellness”

A partir de este argumento, de manera individual y a nivel agregado, la abundancia de recursos potencializada por la tecnología pueden ser solo el inicio de una ecuación de bienestar. Los mayores recursos que tenemos están en nuestra mente y en la manera de cómo enfrentemos los problemas de la escasez dependerá de las inagotables ideas, actitudes y acciones que emprendamos para reducirlos o incluso eliminarlos. Al final, la pobreza también es un estado mental, decía Ben Carson un prestigiado neurocirujano, al referirse a este tema de enfrentar con una visión correcta la adversidad.

Hace algún tiempo caminando por un mercado comunitario, que lo mismo podría ser Chichicastenango en Guatemala, Otavalo en Ecuador, Belén en Iquitos, Perú o Tlacolula en Oaxaca, México observé una pareja con cuatro hijos, tres niñas y un niño en lactancia de diferentes edades que vendían plátanos. Para la visión de los indicadores de medición de pobreza, seguramente corresponderían a los más altos índices de marginación de la región, sin escolaridad y analfabetas, hablantes de lengua indígena, un ingreso de menos de 25 dólares a la semana, alto grado de desnutrición confirmado por su comida en ese momento de tortilla con chile y un poco de agua, por supuesto no potable salida de la llave del mercado y expuesta a millones de bacterias y enfermedades gastrointestinales derivadas de ellas. Parecería una postal escasez y pobreza de nuestros pueblos en América Latina encarnada en una imagen.     

Al acercarme y observar con mayor detalle me encontré con una visión completamente distinta, los niños jugaban felices, los padres reían, un pedazo de tortilla con salsa lo degustaban tanto que hasta se antojaba como el mayor manjar del mejor restaurante del mundo, se sentía armonía, alegría y paz.  Tres variables que quizás no se determinen por el nivel de ingreso, asistencia escolar, esperanza de vida al nacer, tipo de vivienda, nutrición y demás indicadores que determinan la pobreza desde la escasez.

A partir de esta visión comprendí que la abundancia no se encuentra en el dinero y todo lo que ello pueda comprar, hospitales, acceso a educación, alimentación sana y balanceada, hospitales de primer nivel y eso explicaría un poco porque hay países ricos con personas muy pobres. Países desarrollados con los mejores indicadores pero con gente enferma, deprimida, preocupada constantemente por las deudas que adquirieron a 15 o 30 años y la movilidad en las tasas de interés, las recesiones y el comportamiento de los indicadores económicos.

Este argumento, que no es nuevo, fue comprendido por los países Europeos hace un par décadas y empezaron a concentrarse en los temas importantes para sus ciudadanos no en los urgentes. Por ejemplo, no se concentraron solo en la alimentación sino en los alimentos orgánicos que vienen desde la tierra sin fertilizantes, pesticidas o manipulación genética alguna. No se concentraron en el empleo sino en la calidad de vida de sus ciudadanos, que tuvieran menos horas de trabajo y que sus espacios fueran confortables, tuvieran más horas para pasar con su familia, pareja y amigos, más horas para hacer ejercicio, y pasar más tiempo en los parques y minimizar los índices de obesidad, diabetes e hipertensión. Estos países como Finlandia y Noruega no se concentraron en tener más escuelas, más horas de clase, o más dinero en la educación, sino en que los niños leyeran al menos de 10 a 15 libros por año, escuelas con ambientes adecuados de aprendizaje, maestros con vocación y bien pagados, la mayoría de ellos con nivel de Maestría y Doctorado, alimentos sanos, uso de tecnologías, cero tareas, menos horas clase, más arte y educación física y menos ortodoxia pedagógica del siglo pasado.

Al final, no es casual que los países más felices también tengan los mejores indicadores socioeconómicos contrastados con los Índices de Desarrollo Humano hoy en día países como Noruega, Dinamarca. Islandia, Suiza y en América Latina Costa Rica y Uruguay se encuentran como los países más avanzados de acuerdo con el “World Hapiness Report 2017 de ONU”, donde por cierto México se encuentra en el lugar 25. La lección que nos dejan estos países es profunda, la pobreza no se soluciona solo con mayores ingresos o el dinero como el origen y fin último para mover las políticas públicas y crecer, mayor dinero no significa mayor bienestar. Las palancas del desarrollo no están en la cantidad sino en la calidad, felicidad y bienestar de los ciudadanos y más aún no debemos partir de la escasez sino de la abundancia que nos da la Vida. 

 

* Politólogo del CIDE, Magister en Investigación Social y Desarrollo de la Universidad de Concepción en Chile y Maestro en Administración y Políticas Públicas de la Universidad de Columbia en Nueva York.