¿Qué es el Bautismo?

    Mañana celebramos la Fiesta del Bautismo de Nuestro Señor. No, no pensemos que es la clásica fiesta donde “echamos la casa por la ventana” y nos endeudamos para muchos años, con tal de que el Bautismo de nuestros hijos (mejor dicho, la fiesta social), sea igual o mejor que la de mis vecinos, ¡ni modos de quedarnos atrás! No, por favor; recordemos que el Sacramento se recibe, se celebra en el templo; lo que hacemos después es un mero protocolo social, cuya ausencia en nada disminuye la Gracia Bautismal que nuestros hijos han recibido.

    Bueno, retomando el tema de la fiesta litúrgica del Bautismo de Jesús; en ella se proclama el pasaje evangélico que narra que San Juan Bautista, en un acto de humildad y reconociéndose indigno ante Cristo, le presenta como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Muchas veces nos confundimos y pensamos que el bautismo que recibió Jesús de manos de su primo San Juan es igual al que nosotros hemos recibido, pero no es así; ciertamente existen algunas similitudes, pero tanto su origen como sus alcances son distintos.

    Las diferencias radican en que el bautismo que Jesús recibió en el Jordán, como lo dijo el propio san Juan el Bautista, sólo era un símbolo de arrepentimiento y conversión; en cambio el Bautismo instituido por Cristo y confiado a su Iglesia, es en el fuego del Espíritu Santo (Mt 3, 11); por eso no sólo es un símbolo, sino un Sacramento, es decir, un signo sensible (porque se ve, se siente, se oye) que de manera efectiva nos transfiere la Gracia de Dios, o sea, nos comparte su vida divina. Así, pues, el Sacramento del Bautismo nos hace hijos de Dios (Gál 3, 26-27; 1Jn 3,1), hermanos de Cristo (Juan 15,5), recibimos al Espíritu Santo (He 2,37 y 19, 3-5; 1Co 15, 45-47), nos borra el pecado original o cualquier otro pecado (Rom 5, 12-21 y 6, 1-5) y nos hace parte de la única Iglesia fundada por Cristo (1Cor 12, 13-27; He 2, 41-47). Claro que la principal diferencia es que Cristo, al ser verdadero Dios, no necesitaba ser bautizado, pues no tenía ningún pecado del cuál arrepentirse, porque aunque es verdadero Hombre, se distingue de nosotros en que Él jamás cometió ningún pecado (Hebreos 4,15); y sin embargo, le pidió a San Juan que lo bautizara para “cumplir todo lo que Dios quiere” (Mt 3, 15). Nosotros en cambio, sí necesitamos ser bautizados porque, como dijo el mismo Cristo a Nicodemo: “quien no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios, pues lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu (Juan 3, 5-6).

Las similitudes que existen entre el Bautismo que recibió Jesús y el nuestro, es que también para nosotros se “abrió el cielo” para entrar al Reino de Dios (Mc 16,16; Mt 28, 18-20; Jn 3, 3-5); de igual modo, el Espíritu Santo descendió sobre nosotros, aunque no en forma visible de paloma, pero sí sacramentalmente a través de la Unción con el Santo Crisma; y desde nuestro Bautismo el Padre Celestial también nos llama “hijos”, así que ya podemos rezarle el Padre Nuestro y llamarlo “Abbá” que significa “Papá” (Mc 14, 36). Ahora bien, de nosotros depende que, al igual que Jesús, nuestro Bautismo marque el inicio de toda una vida al servicio de Dios y del prójimo; como bien lo ha explicado el Papa Francisco “no se trata de un simple rito”, mucho menos es un compromiso social, como lo consideran algunos, es un Sacramento que nos hace renacer como hijos de Dios, vivamos, pues, con tal dignidad. ¡Que así sea!

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