El amor, el misterio y la imperfección según Guillermo del Toro

Guillermo del Toro es en la actualidad no solo uno de los cineastas más visualmente deslumbrantes sino uno de los pocos creadores de universos ficticios igualmente individuales en el cine. Las películas de del Toro son un género en sí mismo, un laberinto de monstruos fantásticos, peligrosos y a veces heróicos.

Ahora, con la multipremiada La forma del agua, del Toro logra su mejor película desde El laberinto del fauno. Nuevamente estamos frente a una fábula oscura, mítica… y romántica, que ya le valió el León de Oro en Venecia, el Golden Globe a Mejor Director y que seguramente le traerá su primera nominación al Oscar como Mejor Director (anteriormente solo había sido nominado como guionista por El laberinto del fauno).

La historia trata sobre Elisa Esposito (Sally Hawkins), una muchacha muda que trabaja haciendo la limpieza en una base militar secreta norteamericana en la década a principios de la década de los 60, en la cima de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Elisa es testigo de la llegada a la base de una extraña criatura acuática que fue capturada por el ejército y ahora es objeto de investigación y tortura. Esta criatura anfibia tiene bastantes características humanas y pronto entabla una relación de empatía y amistad con Elisa, tipo La Bella y la Bestia. Esta amistad está contra el tiempo, ya que los poderes militares quieren diseccionar a la criatura para estudiarla, mientras que los espías rusos quieren apoderarse de ella. Salvar al “monstruo” depende de Elisa.

El director mexicano va un paso más allá cuando lleva la historia de Bella y Bestia a sus últimas consecuencias.
Este tipo de historia no es nueva, pero sí es nueva la delirante y seductora imaginación visual con el que Guillermo del Toro la cuenta, revelando una oscuridad llena de una belleza misteriosa y sensual. Asimismo, a nivel temático, el director mexicano va un paso más allá cuando lleva la historia de Bella y Bestia a sus últimas consecuencias, en una evolución tan natural que parece inevitable. En sus mejores películas, los mundos fantásticos de del Toro adquieren fuerza por las irrupciones de realidad que amenazan (o cautivan, también en este caso) a sus personajes.

Al mismo tiempo, la película también es una carta de amor de su director al cine. Más que ninguna de sus películas anteriores, La forma del agua homenajea no solo a las películas de terror que tanto fascinan al director (la criatura es muy similar al Monstruo de la laguna negra), sino al gran cine hollywoodense de los 30 a los 50, con todo su espectáculo y el extravagante romanticismo de sus musicales (y hasta Shirley Temple). De hecho, la protagonista vive arriba de un cine, y por momentos recuerda a Mia Farrow en La rosa púrpura del Cairo, aunque más asertiva. Mientras que la protagonista de la película de Woody Allen se refugiaba en la fantasía, la protagonista de del Toro defiende y salva a la fantasía.

Y en ese sentido, más allá de todas estas obsesiones y homenajes, La forma del agua cumple también perfectamente como una película de ciencia ficción y aventura, géneros que el también director de Hellboy y Pacific Rim maneja con perfecta habilidad. El suspenso se mantiene de principio a fin, ayudado de un elenco de primera, encabezado por Michael Shannon como el villano, Octavia Spencer como la amiga buena, Richard Jenkins como el amigo gay y Michael Stuhlbarg como el científico conflictuado. Y, por supuesto, la excepcional actriz británica Sally Hawkins en el papel protagónico, así como Doug Jones en el rol de la criatura.

La película hace una analogía del maltrato del “monstruo” con los distintos tipos de discriminación que sufren los personajes, víctimas de los abusos del sistema. Y es precisamente en ayudar a la criatura e ir contra el sistema en que los personajes trascienden, se rebelan y encuentran un sentido.

Entrar a La forma del agua es entrar a un universo aparte, a un universo de sueño, acuático, en el que un cuarto en una casa se puede inundar de agua y chorrear hacia el cine que está abajo, en un juego de irrigación entre fantasía y realidad. En el que una mujer muda reconoce a su alma gemela en un ser aparentemente inhumano, en un monstruo. Uno de los monstruos que del Toro llamó en su discurso de los Golden Globes “santos patronos de la imperfección”.

Una nueva gran película de del Toro es motivo para celebrar. Una de las formas de reconocer a un artista único es cuando estás frente a su obra y te das cuenta de que nadie más pudiera haber hecho algo igual, que nadie más había canalizado un universo imaginativo a la realidad de una forma tan contundente y tan seductora y tan individual. Por eso Guillermo del Toro es uno de los grandes cineastas trabajando hoy en el mundo. Aprovechen y vayan a verla.

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