Hoy escribo sentado en Monte Albán, motivado por la fecha 9 de enero de 1932, porque recuerdo a un hombre, un pintor, un oaxaqueño, el maestro Mario Díaz, quien ha sido un incansable promotor cultural. No obstante,  sus 86 años, fecha tras fecha, nos recuerda con exposiciones y conferencias, la exploración y el descubrimiento de la tumba número 7, la más rica de las encontradas, en Mesoamérica, con la exposición del dia de ayer 13 de enero en su fundación Miguel Cabrera. Pero quién fue ALFONSO CASO Y ANDRADE (1896-1970), este personaje nació en la Ciudad de México en el seno de una familia de abolengo y tradición científica, en la que también destaco su  hermano mayor, Antonio Caso, de el mencionaré que fue de innegable importancia en la historia del país, cursó como primera carrera la de abogado y filósofo en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde fue llamado uno de los “Siete sabios”,que era un grupo de brillantes estudiantes cuya constante preocupación  por prepararse, debatir y alcanzar niveles de excelencia les valió ser considerados como tales,

Don Alfonso dentro de sus inquietudes académicas extracurriculares se interesó por el entendimiento de los jeroglíficos prehispánicos, y aparentemente en una excursión con sus alumnos a las ruinas de  Xochicalco, Morelos, se convenció de que debía estudiar arqueología, así fue como se inscribió en los cursos que se impartían aislados en el viejo Museo de Antropología de la Ciudad de México.

Alfonso era de carácter temperamental, perfeccionista, justo, revolucionario y sumamente responsable, esto  lo llevó a ser director de la Escuela Nacional Preparatoria, de 1928 a 1930, así como  director del Museo  Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía de 1933–1934, también fue fundador y director del Instituto Nacional de Antropología e Historia de 1939 a 1944, asimismo, fue cofundador de  la Escuela Nacional de Antropología e Historia en 1933.

A partir de 1931 dirigió los trabajos arqueológicos de Monte Albán, mismos que se prolongaron por 18 temporadas y dieron como resultado la secuencia cronológica cultural del Valle de Oaxaca, fundamentada en sus trascendentales descubrimientos; escribió y publicó una  gran cantidad de artículos, libros, presentó ponencias en reuniones científicas nacionales e internacionales y dictó  conferencias, además de sus cursos a nuevos estudiantes, dado que nunca perdió el vínculo con la Escuela Nacional de Antropología, por su labor académica recibió el Doctorado Honoris Causa de varias universidades de México y otros países, como Estados Unidos, Guatemala, Bolivia, Cuba, Inglaterra, Alemania y Francia, obtuvo el Premio Nacional de ciencias de 1960 y la membresía permanente al Colegio Nacional. Se desempeñó además como rector de la Universidad Nacional Autónoma de México entre 1944 y 1945 y como tal expidió la Ley Orgánica que aun rige los destinos de la misma, fue titular de la Secretaria de Bienes Nacionales e Inspección Administrativa de 1946 y 1948, durante el periodo presidencial de Miguel Alemán fundo el Instituto Nacional Indigenista, en el año de 1949, cargo que desempeñó sumamente estimulado por más de 20 años y que le permitió cristalizar su idea de que la antropología debería orientarse no solo al estudio del pasado, sino del presente, aseverando que el antropólogo debería interesarse “en el indio muerto pero también en el indio vivo”. 

El doctor Alfonso Caso Andrade, fue nombrado en 1931, jefe de Exploraciones en la zona Arqueológica de Monte Albán y patrocinado por la secretaria de Educación Pública de Oaxaca, el instituto Panamericano de Geografía e historia, la Universidad Nacional Autónoma y los señores Monrow, del Valle, Melgar y Vásquez Uriarte, dedicado con apasionado interés a su labor, descubrió 180 tumbas, entre ellas la 104 y la 105; el 9 de enero de 1932, halló la tumba 7 que sobrepaso a todo lo imaginable en cuanto a tesoros arqueológicos se refiere, el incalculable tesoro representado por joyas realmente fabulosas, objetos de cristal de roca y otros con inscripciones artísticas solamente comparables a las mejores de Egipto, fue encontrado por el doctor Caso. Para realizar esa serie de hallazgos  contó con la colaboración de su esposa María Lombardo Toledano, Martin Bazán y Juan Valenzuela. En la tumba 7 fueron hallados restos humanos y más de 500 piezas diferentes, entre las cuales destacan 35 huesos labrados que representan acontecimientos notables y escenas cosmogónicas, una máscara con la imagen del Dios Mexica   Xipe Totec, un cráneo humano decorado con mosaico de turquesas, una diadema y una corona adornada con una pluma, realizada en oro, una cabeza de pájaro en jade con los ojos de oro, un mango de abanico tallado en forma de serpiente de jade, una vasija de cristal de roca, un pectoral que representa a un caballero tigre de oro amarillo y un dios de cerámica muy adornado y con tocado de plumas. El más reciente hallazgo en las proximidades de la Tumba 7, logrado por la antropóloga Lourdes Márquez Morfin y por el director del Centro Regional (INAH), lo cual constituye un esqueleto humano cuyo cráneo presenta cinco perforaciones en la región parietal mismas que por sus características tuvieron que ser hechas con taladro, los escarbadores que llevaron a cabo ese trabajo en la Tumba 7 fueron José Castro Valencia, Felipe García Arellano, Luis Reyes Castro, Pedro López, Pablo García e Isidro Canseco, originarios y vecinos de San Martin  Mexicapam, Demetrio A. Matías, Fulgencio Vásquez, Francisco Pacheco y Gregorio Vásquez de Xoxocotlan y Fidencio Aragón N. natural de Arrazola, Oaxaca.

Este descubrimiento de Alfonso Caso le daría un reconocimiento mundial y en el mundo de la arqueología  el nombre de Monte Albán (y su importancia) estará siempre ligado al del científico que desenterró sus monumentos y demostró que mediante el trabajo arqueológico sistemático y serio es posible hacer una interpretación muy apegada a lo que fuera la realidad del pasado prehispánico.

Así hablaba el cronista Rubén Vasconcelos Beltrán (+) de Monte Albán:

No se sabe cuáles son los origines de los que aun pueblan este territorio, unos dicen que vinieron por el mar, otros, del norte y otros más, que surgieron de la tierra y de los árboles, multiplicándose pronto hasta crear sus señoríos, cuentan que había hermosos bosques con aromáticas flores, aves de bello y policromos plumajes, oro en los ríos y se creía que el hombre continuaba su vida en el mas allá, los reyes y sacerdotes vestían elegantemente, eran poderosos y divinos: no había nada que los perturbara y gozaban de ricos presentes. Temían a los fenómenos naturales, al rayo y al relámpago, a la muerte y a los vientos, y median el tiempo con gran exactitud. Fueron artistas, por eso decoraron sus templos y tumbas, artesanos, arquitectos, ingenieros y astrónomos, médicos también, pero guerrearon hasta hacerse dueños y señores, esta es la historia, cuento, leyenda, tiempo, algo, solo algo que es recuerdo y aliento, pero recrea y revive.

Así hablaba del maestro Mario Díaz:

De niño empezó a pintar sin saber que lo hacía, de adolescente dibujó revoleras ante la bestia taurina, de joven inicio el reencuentro de su pintura niña. Ahora es pintor, crea formas y propone temas. Su fundación Cultural Miguel Cabrera, en Oaxaca, es como trigo a voleo o verso volatinero, ambos prenden su raíz de pan o de canto sin importarles el sitio en que cayeron, porque el arte, entendido como él lo sueña, es tan complejo como el átomo, o tan simple como la gota de miel en el abdomen de una abeja ¿artista? No, un por más que eso: hombre de arte, así a secas, se llama Mario Díaz.
Adrián Villagómez L. (+)

 

Oaxaca, Oax., a 14 de Enero  de 2018.
Jorge Alberto Bueno Sánchez.
Cronista de la Ciudad de Oaxaca.
Miembro de la S.M.G.E.
Miembro del S.C.M