Si no fuera porque se tomó como un contratiempo casi anecdótico, el episodio de los ojos irritados del presidente Enrique Peña Nieto y la mitad de su gabinete habría pasado inadvertido.

Sucedió el viernes en Querétaro durante la entrega de los premios de Ciencia y Tecnología.

De súbito los ojos del presidente, del secretario de Hacienda, José Antonio González Anaya; del secretario de Defensa, Salvador Cienfuegos; del jefe de la oficina de la presidencia, Frank Guzmán, del coordinador general de política y Gobierno, Andrés Massieu, y del secretario del Medio Ambiente, Rafael Pacchiano, se enrojecieron y comenzaron a lagrimear intensamente.

La explicación oficial fue que, aunque todavía se investigaban las causas, habrían sido víctimas de una intensa luz de cámaras que les impactó frontalmente. Sin embargo hoy, después de innumerables análisis y evaluaciones de especialistas del Hospital Ángeles, estamos en posibilidad de afirmar que se trató de algo mucho más serio. Incluso en extremo peligroso.

En el hospital se detectó que la irritación era producto de una presunta sustancia o gas que lesionó las córneas de tal manera que muchos debieron ser sometidos a una larga limpieza con soluciones salinas y medicamentos antibióticos y antiinflamatorios.

Los médicos descartaron el efecto de una luz intensa, puesto que no era la retina la que estaba afectada, y también porque otros miembros del gabinete, como el secretario de Marina, Vidal Francisco Soberón; el de Comunicaciones y Transportes, Gerardo Ruiz Esparza, y el de Salud, José Narro, no presentaron malestar porque traían puestos lentes o pupilentes.

La severísima irritación se mostró también entre asistentes que no estaban frente a las cámaras, como el esposo de la corresponsal de Televisa, que reportó esa situación en el noticiero de Carlos Loret.

El gas o el liquido irritante que afectó a medio gabinete fue tan serio que algunos dejaron el hospital vendados y debieron suspender actividades entre uno y cuatro días. El más dañado fue el secretario de Hacienda.

Traemos esto a la mesa porque sería lamentable que la investigación terminara oculta o archivada para no despertar inquietudes si se tratara de un acto intencional. Algo que de comprobarse, algunos incluso podrían calificar como un acto terrorista.

De ninguna manera intentamos alarmar en vano, pero tampoco es prudente que la verdad de una presunta acción desafiante contra quienes presiden las instituciones pase inadvertida, o incluso se oculte intencionalmente para evitar intranquilidad.

Lo que se vivió en Querétaro fue muy malo, pero los médicos coinciden en que pudo ser peor. Si se acalla la investigación final estaremos permitiendo que, si alguien lo hizo intencionalmente, no sea castigado.

Pero sobre todo que, al no ver su misión cumplida, los autores caigan en la tentación de repetir su ataque con peores y quizás más trágicas consecuencias.