Las razones contemporáneas aludidas por Zigmunt Bauman en uno de sus últimos textos publicados antes de su muerte, nos llevan insalvablemente a reflexionar desde una dimensión asocial, ahistórica y asincrónica. Desde la necropsia de los sistemas globales y los subsistemas del nuevo individualismo posesivo, que seduce y sacude a las últimas formas de regímenes políticos, cuyo vértice, aún dejaba ver una pizca de sociedades en el sentido más amplio de lo social (sic). Aquellos últimos ensayos de construir una de las más anheladas aspiraciones del homo politicus, desde la ilusión o la esperanza del hombre rousseauniano -bueno de nacimiento- y no desde el monstruo leviatanico de Hobbes -malo por naturaleza- parecen ya estar en agonía: la democracia.

Ahora las necesidades son otras; ya no existe un léxico con el cual identificarse y entablar comunicación. Diferentes lenguajes forman un código indescifrable de signos que parecen a veces informar, a veces desinformar; y en esa ambigüedad van arrastrando una creciente ola de incomunicación. Lo Bauman llama “la era de la nostalgia” ha llegado a su punto de inflexión, en el que ya no cabe una solo utopía por construir, ni siquiera un presente halagüeño que prometa ser, ya no felices, sino al menos seguros.

Citando la Tesis de Filosofía de la Historia de W. benjamín justo acerca del Angelus Novus pintado por Paul Klee en 1920: “El rostro del Ángel de la Historia está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de hechos, él ve una catástrofe única que no cesa de amontonar escombros que aquella va arrojando a sus pies. Al Ángel le gustaría quedarse, despertar a los muertos y recomponer lo que ha quedado reducido a pedazos. Pero una tempestad sopla desde el paraíso y esta se ha enredado con tal fuerza en sus alas que el ángel ya no puede plegarlas. Este vendaval lo empuja de manera irresistible hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras el montón de ruinas crece ante él alzándose hacia el cielo. Es el huracán que nosotros llamamos progreso” (Bauman, RETROTOPÍA, 2017; 11). Casi un siglo después, la nostalgia parece ser el nudo en la garganta, el sollozo de tres cuartas partes de la humanidad, mientras el otro cuarto conforman el “Gran Leviatán” implacable, insensible, intemporal, completamente asocial y cínicamente “ostras adiáforas” que hablan de muros y fronteras; los mismos que cambiaron los sistemas jurídicos a su antojo y conveniencia; los que usan clones y drones para espiar al mundo; los que declararon obsoletas las democracias, las repúblicas; en fin, aquellos que sometieron incluso al concepto tiempo y espacio para seguir imponiendo su devastadora visión de lo social mediante la vuelta de lo que McPearson llamara “Individualismo Posesivo” fundamento del Neo-absolutismo y del Conservadurismo más religiosamente intolerante que háyase practicado en algo que dista mucho de ser política.

La Tiranía del nuevo tesista de la eterna lucha de clases que sentenciara categóricamente el extinto, pero en proceso de resurrección, C. Marx, es un adefesio compuesto de Amo, Patricio, Terrateniente, Burgués y como ha de llamársele a los nuevos ricos digitales.  El gran problema es que aun no vemos ni en proyecto el hombre antítesis que haga las veces de contrapeso a esto que parece ser irreversible, la muerte de todo ser social y el encumbramiento del nuevo Rey, el Individuo maquina cuyo principio de acción nace del instinto animal, del “hombre lobo del hombre”.
Ello da pie a pensar como Bauman y buscar en el pasado una posible salida a la era líquida, solo que ese pasado es justamente la idea de un regreso a los valores de una tradición representada con un escudo de linajes, apellidos, abolengos rancios, de una Fe ciega y de dogmas incuestionables. Parece pues que vamos directo al pasado porque no hay solidez en el presente y el futuro no existe más. La premisa del sociólogo recién fallecido es contundente: “Hace tiempo que perdimos la fe en la idea de que las personas podríamos alcanzar la felicidad humana en un estado futuro ideal. Pero, aunque hayamos perdido la fe en las utopías de todo signo, lo que no ha muerto es la aspiración humana que hizo que esa imagen resultara tan cautivadora. De hecho, está resurgiendo como una imagen centrada no en el futuro, sino en el pasado; no en un futuro por crear, sino en un pasado abandonado y redivivo. Fiel al espíritu utópico, la RETROTOPÍA es el anhelo de rectificación de los defectos de la actual actuación humana, aunque, en este caso, resucitando los malogrados y olvidados potenciales del pasado”.

Si esto es posible estaremos recobrando cierta memoria a costa de cualquier ingenio. Viajar al pasado es un ejercicio paradójicamente anti-histórico, puesto que regresar a ella es borrarle su esencia pretérita, volverla presente, matar los tiempos en aras de redimir de nuestros pecados a una humanidad que, como dijera el poeta, “siempre avanzando no sabe a do camina”. Seguiremos sobre el tema en breve. Mientras tanto que haya paz. Estamos! Comentarios a nigromancias@gmail.com twitter: @JTPETO