Stalingrado: La Tumba Blanca de Hitler

“Rusia –aseveraba el poeta Tiuchev– no puede ser comprendida con el intelecto”- La batalla de Stalingrado no puede ser adecuadamente entendida con un examen convencional. La realidad sobre el terreno de esa lucha titánica se escaparía a un estudio puramente militar, del mismo modo que los mapas en la Wolfsschanze de Rastenburg (Estado Mayor) posibilitaron a Hitler distanciarse del sufrimiento de sus soldados, aislándose en un mundo de fantasía.

La batalla de Stalingrado (1942) marcó un punto de inflexión en la Segunda Guerra Mundial. Dentro de la ciudad en ruinas los tanques alemanes, protagonistas de vertiginosos triunfos en diferentes frentes, se tomaron inútiles. Metro a metro, cuerpo a cuerpo, el encuentro cobró la vida de medio millón de soldados soviéticos y doscientos mil alemanes. No obstante, allí comenzó la agónica retirada del ejército alemán.  El camino al incendio del Reichstag en Berlín, en 1945, quedaba abierto. Aquí fue donde el Ejército Rojo demostró que no solo podía contener a la Wehrmacht, sino también derrotar a la maquinaria de guerra, aparentemente invencible.

“Los rusos han cometido un error concentrando toda su fuerza en Stalingrado”. La frase, que no es ciertamente muy acertada, la pronunció Adolf Hitler el 6 de septiembre de 1942 en el curso de una de sus charlas, en puridad soliloquios, con sus íntimos (“Las conversaciones privadas de Hitler”, Crítica, 2004). El líder nazi ya empezaba a empecinarse con lograr una victoria decisiva en la ciudad cuya férrea defensa por parte de los soviéticos achacaba a que para ellos “sería de mal augurio” perderla llevando el nombre de Stalin. “Por tal motivo, jamás permitiré que se le sé mi nombre o el de uno de mis compañeros a un objeto amenazado por naturaleza, se trate de una ciudad o de un acorazado. Precisamente en tiempo de guerra es cuando el pueblo se muestra más supersticioso”.

Hitler se las prometía muy felices por cómo se desarrollaban las cosas en Stalingrado. Como se ve, el Führer pensaba que ya tenía Rusia en sus manos.

Finalmente, la batalla de Stalingrado, que duraría seis meses desde el inicio del ataque alemán que parecía irresistible hasta el total aniquilamiento de su punta de lanza, el Sexto Ejército (cercado en el Kessel, el caldero, en que se convirtió la ciudad para los alemanes y disuelto entre el fuego, el hielo y el hambre), fue una de las batallas más feroces y sangrientas de la historia, una completa victoria de los soviéticos y la derrota emblemática del III Reich en la Segunda Guerra Mundial. Aunque hay historiadores, como Richard Overy, que juzgan que en puridad el enfrentamiento fundamental fue después, el verano de 1943, en Kursk, la gran batalla de tanques.

Hubo en todo caso un antes y un después de Stalingrado. Y fue Stalin en última instancia el que capturó nada menos que 22 generales alemanes (y un mariscal de campo, Paulus) y los hizo desfilar en Moscú como trofeos junto a otros 91 mil prisioneros, cañones y banderas arrebatados al enemigo. En total, 300 mil de los mejores soldados de Hitler nunca volvieron a casa. Murieron en el otro bando cerca de medio millón de soviéticos, aunque algunos investigadores elevan la cifra a un millón.

La tremenda historia de la batalla de Stalingrado nos la han contado directa o indirectamente libros (ensayos, memorias y novelas) y películas –las fundamentales “Enemigo a las puertas” (título original) y la alemana de 1993 “Stalingrado”, de Joseph Vilsmaier, sin menospreciar la reciente (2013) y espectacular rusa de mismo título de Fedor Bondarchuk–. El 75 aniversario del final de la batalla, que se cumplió el 2 de  febrero, cuando cesó la última resistencia alemana (Paulus se rindió el 31 de enero, tras haber recibido la noche antes de Hitler el nombramiento de mariscal y el recordatorio de que nunca un mariscal alemán había sido hecho prisionero, como fina invitación al suicidio).

El suplemento cultural del diario español, El País

“Babelia” nos trae ahora un puñado de novedades editoriales y además nos invita a repasar la bibliografía y la cinematografía sobre aquel titánico choque de voluntades y acero. “Stalingrado, la ciudad que derrotó al Tercer Reich” (Galaxia Gutenberg), es la publicación más destacable que llega a las librerías.

En ella, el historiador alemán Jochen Hellbeck (Bonn, 1966) revisa la batalla sobre todo del lado soviético recuperando una serie de sensacionales testimonios de primera mano de combatientes: las denominada transcripciones de Stalingrado. Se trata de una colección de 215 entrevistas realizadas justo al acabar la batalla por un grupo de historiadores moscovitas en el marco de un proyecto documental a gran escala (la Comisión de Historia de la Gran Guerra Patriótica).

Las entrevistas (que se presentan en español por primera vez) fueron relegadas al olvido en la URSS por considerarse demasiado espontáneas, y Hellbeck las recuperó considerando que muestran cómo y porqué lucharon en realidad los soviéticos.

Entre los entrevistados hay simples soldados pero también personajes como el mismísimo Zaitsiev, el célebre francotirador (explica las risas que provocó a sus camaradas cuando disparó con tanta pericia a un cocinero militar alemán que consiguió que cayera muerto dentro de su propia olla) y testimonios en verdad impresionantes. El de la sargento Lina Kokorina, que cuenta como tuvo que volverle a meter los intestinos en el vientre a una fusilera de su regimiento (nunca han luchado tantas mujeres en una batalla como en Stalingrado).

O el del comandante Gavrilovich, de los primeros en entrar en el Cuartel General alemán para aceptar la rendición y que describe la “increíble suciedad” que reinaba en el lugar, con “mugre hasta el pecho junto con excrementos humanos y quién sabe qué otras cosas”. Los alemanes habían usado los pasillos de letrinas por miedo a salir.

En su libro, Hellbeck polemiza con Antony Beevor, autor de la que sigue siendo la gran historia popular de referencia de la batalla, “Stalingrado” (Crítica, 2000) y el mejor libro si hay que escoger solo uno para adentrarse en sus más de 617 páginas en el drama militar y humano del enfrentamiento.

Afirma que Beevor (que destapó la masiva presencia de soviéticos en uniforme alemán integrados en el ejército hitleriano) se equivoca al subrayar la crueldad con la que las autoridades soviéticas empujaron a resistir a los suyos y opina que en realidad no hubo tanta coacción ni castigos sumarios y que la defensa de Stalingrado fue verdaderamente una causa popular. Hellbeck usa artillería pesada y llega a reprocharle a Beevor “hacerse eco de clichés originados en la propaganda de la era nazi”, alabar a los oficiales de la Wehrmacht, y hasta deleitarse en la imagen de ellos, y cita, con bastante mala admiración, “artilleros alemanes en pantalón corto, con sus torsos bronceados y musculados de levantar proyectiles”.

El otro libro a destacar como novedad en este aniversario, que se celebra con la natural pasión en la actual Volvogrado, incluyendo jornadas de reenactment del club patriótico Pekhotinets y homenajes en el Mamayev Kurgan, es “A las puertas de Stalingrado” (Ediciones Desperta Ferro, 2017), el primer volumen (la ofensiva alemana) de la monumental Tetralogía de Stalingrado del historiador militar David M. Glantz considerado el mayor experto mundial en el Ejército Rojo y el frente del Este durante la Segunda Guerra Mundial.

Coronel retirado del ejército de EE UU, Glantz considera necesario volver a la batalla,  en la consideración de que ha quedado mucho por explicar de ella y que es preciso para entenderla trazar una panorámica más amplia que la de la propia ciudad.

El historiador utiliza fuentes poco tenidas en cuenta y nuevas para realizar un minuciosísimo relato de los acontecimientos. El resultado (la obra completa se irá publicando progresivamente) es historia militar pura y dura para hacer las delicias de los buenos y verdaderos aficionados, con más atención a los movimientos de los panzer y a las tácticas o, por ejemplo, al número de T-34 y T-70 en el XIII Cuerpo de Tanques soviético que a la dimensión humana de la guerra y el sufrimiento de los combatientes y civiles. Claro que para eso siempre podemos volver a Beevor y al gran Vasili Grossman, del que Galaxia Gutenberg edita ahora bajo el oportuno título de Stalingrado sus crónicas de la batalla extraídas de su libro Años de guerra. Del propio Grossman, por supuesto, tenemos la gran novela Vida y destino(también Galaxia) en la que se narra la batalla a través de las vicisitudes de la familia Sháposhnikov. Desde la trinchera de enfrente, Las benévolas, de Jonathan Littell (RBA, 2007) contiene en su parte central las vivencias en Stalingrado de su protagonista, el SS Max Aue, entre ellas observar casos de canibalismo y recibir un balazo en la cabeza de un francotirador ruso.

Añadamos dos memorias imprescindibles para adentrarse en Stalingrado, las de Paulus (“Stalingrado y yo”, La Esfera de los Libros, 2017) y las de Zaitsiev (“Memorias de un francotirador en Stalingrado”, Crítica, 2014). ¡Lo que le hubiera gustado al segundo tener en su mira al mariscal! Tanto en “Las brujas de la noche”, sobre las aviadoras soviéticas, como en “Los ángeles vengadores”, sobre las francotiradoras, la historiadora Lyuba Vinogradova aborda extensamente la batalla de Stalingrado (ambos libros en Pasado & Presente).

Por último, al que quiera revisitar la batalla le resultarán muy útiles los dos estupendos números (“Stalingrado” I y II) que ha dedicado la revista “Desperta Ferro” (de la misma editorial, que llega a México siempre retrasada y que solo se puede conseguir en Sanborns o algún puesto de periódicos esporádicamente), con extraordinarios mapas, diagramas, dibujos y fotos, amén de artículos de grandes especialistas.

“Hoy tengo carta de Elsa. Todos nos esperan en casa para Navidad. En Alemania creen que aun mantendremos Stalingrado. Que equivocados están. Si pudieran ver lo que ha Stalingrado ha hecho a nuestro ejército”.

Estas fatalistas palabras fueron anotadas el 10 de noviembre de 1942 por Wilhelm Hoffman, soldado alemán del 267 regimiento de infantería, 94 División, cuyo honesto y crudo diario es una extraordinaria fuente para el estudio de la evolución anímica de los individuos que integraban las filas del sexto ejército. Lejos quedaba ya el optimismo inicial que, apenas cuatro meses atrás le llevara escribir:

“El jefe de la compañía dice que las tropas rusas están completamente aniquiladas y que no pueden resistir por más tiempo. Alcanzar el Volga y tomar Stalingrado será pan comido… ¿Volveré con Elsa sin una medalla? Creo que por lo de Stalingrado el Fúhrer me condecora hasta a mí.

“Toda la propaganda alemana debe crear un mito a partir del heroísmo de Stalingrado, que se convertirá en una de las posesiones maìs preciosas de la historia alemana”. Esta era la consigna de Goebbels dirigida a la prensa para gestionar el hecho de la rendición de Paulus y el fin de la batalla de Stalingrado, e implicaba que en el concepto de sacrificio no había lugar para el prisionero. Se debía transmitir la idea de que todos los defensores habían perecido en la resistencia heroica.

El 20 de enero de 1943, el 65 Ejército soviético atacó y penetró profundamente en la bolsa en la que se atrincheraban los últimos defensores.

Mientras lo hacía, destruyó por completo a la 44ª División de Infantería, una unidad de prestigio del ejército alemán. En ese momento, los generales Von Seydlitz-Kurzbach, al mando del LI Cuerpo de Ejército, y Max Pfeffer, quien dirigía la 297ª División de Infantería, sugirieron al general Friedrich Paulus, comandante en jefe del Sexto Ejército y de las tropas cercadas, que había llegado el momento de pedir un alto el fuego.

Los demás generales se negaron. Dos días más tarde, a las 8.00 horas, un potente bombardeo artillero soviético fue el preludio de una nueva ofensiva. Las fuerzas asaltantes no tardaron en abrir brecha de nuevo y dirigirse hacia el este y, al día siguiente, capturaron los aeródromos de Gumrak y Stalingradski. A partir de ese momento, si la Luftwaffe iba a ser capaz de lanzar provisiones en paracaídas los aviones ya no podrían aterrizar y las posibilidades, incluso para los heridos, de abandonar la bolsa, se redujeron prácticamente a cero.

El propio Erich von Manstein, al mando del Heeresgruppe Don, había solicitado al cuartel general de Hitler que permitiera a Paulus acabar con el sufrimiento de su ejército. A fin de cuentas, el Primer Ejército Panzer ya estaba a salvo en Rostov y el Decimoséptimo había llegado a la península de Tamán, la resistencia no tenía sentido. La respuesta fue tajante: “El Sexto Ejército seguirá combatiendo hasta la última bala”. El leitmotiv se repetiría una y otra vez. Un radiograma del día 22 de enero a las 19.00 horas informó a Paulus:

“Capitulación excluida. Tropa se defenderá hasta el final. Si es posible, resistir en una fortaleza más pequeña con los hombres aún capaces […]. El Sexto Ejército hará así una contribución histórica en la lucha más violenta de la historia alemana”.

Y de nuevo el día 23. “Cada día que la fortaleza de Stalingrado aguante es importante. Sirve para reconstruir el frente y asegurar la eficacia de las medidas que se tomen”. En este caso firmaba el propio Hitler.

“¡Mi Führer! Sus órdenes serán ejecutadas. Viva Alemania, Heil, mi Führer”.

Paulus iniciaba así la serie de respuestas grandilocuentes que anunciaban el final inminente de la resistencia alemana en Stalingrado

La batalla de Stalingrado, que había comenzado seis largos y encarnizados meses atrás, había concluido.

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