Desde hace 25 años, William Jefferson Clinton ha sido un personaje mítico y ha sido en el paso de la memoria colectiva de varias generaciones de mexicanos, la representación del mayor antagonismo, y no sólo por su esposa, de la política que hoy nos aplica Estados Unidos de la mano de su presidente Donald Trump.

En ese sentido, soy muy consciente de que a nuestro canciller le va tan bien que inclusive considera que la relación de México con EE.UU. es mucho más “cercana y fluida” con Trump -basada en insultos, muro, degradaciones y persecuciones-, que la que teníamos con la administración de Barack Obama.

Pero también soy muy consciente de que Obama rompió el récord de deportaciones en su país, en las que estuvieron incluidos muchos compatriotas, y además continuó con la construcción del muro que empezó Jefferson Clinton en 1994.

Nuestra historia con el vecino del norte ha sido muy tormentosa y además es una historia en la que muchas veces hemos estado a punto de arreglar las cosas, pero siempre terminamos por mantener una guerra de reprobación que ahora ha llegado hasta el Tratado de Libre Comercio (TLC).

El TLC fue lo que consolidó, después de la negociación de Carlos Salinas con George Herbert Walker Bush, nuestra entrada en el mundo de los mayores. El TLC nos hizo más libres, más prósperos, pero sobre todo más normales.

La noche del pasado viernes 2 de febrero en Guadalajara, Jalisco, tomando el béisbol como pretexto, William Jefferson Clinton, Carlos Slim y Carlos Bremer protagonizaron el mejor acto de paz que no se había visto entre México y EE.UU. desde que empezó la campaña electoral estadounidense.

Fue un momento emocionante y al final también fue el recuerdo de que todo lo bueno y lo malo pasa, y que ahora debemos llevar cuidado para no cimentar el desconocimiento. Y es que, fue un espectáculo emocionante y emotivo, pero sobre todo constructivo que es lo que tanto necesitamos.

Estados Unidos necesita amigos mexicanos como los que hicieron esto el viernes por la noche en Guadalajara. Y México necesita amigos estadounidenses como el expresidente Clinton.

Pero además esto resulta especialmente relevante si tomamos en cuenta que tan sólo el martes pasado Trump nos recordó que el muro hay que hacerlo grande, que el muro debe separar, a pesar de que en estos tiempos lo que realmente necesitamos son puentes y no muros, visión que tenemos muchos mexicanos y que al parecer contrasta con la visión oficial del canciller de nuestro país.

¿Acaso tenemos que interpretar que él se lleva mucho mejor con la actual administración estadounidense, independientemente de lo que le esté pasando a México?