Se entiende que la intención fundamental de las alianzas electorales es unificar plataformas y simpatizantes en busca del triunfo en las urnas.

Pero en no pocas ocasiones, esos pactos políticos se desacreditan y en el afán de que el fin justifique los medios, se violentan principios y se ceden posiciones.

Es el caso del amasiato político entre Morena y el Partido Encuentro Social (PES). Lo llamamos amasiato, porque eso no podrá devenir nunca en un matrimonio. Son agua y aceite.

Sus orígenes son tan disímbolos, sus liderazgos tan diametralmente opuestos y sus móviles políticos tan antagónicos, que para una gran mayoría de sus propios correligionarios, todavía luce como un absurdo.

Se entiende que en la búsqueda de acumular simpatizantes, Andrés Manuel López Obrador acepte que las fortalezas del PES con los grupos evangélicos, políticamente muy activos, se sumaran a su causa. Pero eso es todo.

Para nadie es un secreto que los orígenes del PES en 2014 se remontan a Bucareli, desde donde se fortaleció con apoyos y recursos.

El estado en donde el PES registra sus mejores apoyos electorales es Hidalgo. Eso ya habla mucho.

Cuando López Obrador anunció esa alianza, innumerables simpatizantes del tabasqueño le mostraron abiertamente su desencanto por considerar al PES un partido del ala ultraconservadora, que defiende causas que son indefendibles para Morena.

Pero sin duda el candidato puntero en las encuestas presidenciales 2018 tiene claro que una elección se puede perder por 350 mil votos, como le sucedió en 2006 con Felipe Calderón. Y hoy –desde su herida sagrada- acepta que todos los votos cuentan, vengan de donde venga.

Pero ahora resulta que el PES, de la mano del PT –sin Morena- lanzan como candidato a alcalde de Morelia a Fausto Vallejo.

Sí, al mismo que fuera gobernador de Michoacán y cuya administración fue vinculada con Los Caballeros Templarios. Un mandatario que debió ausentarse de la silla en dos ocasiones por motivos muy graves de salud.

El escándalo más sonado en el gobierno de Vallejo sucedió cuando uno de sus hijos fue captado en videos, departiendo con Servando Gómez Martínez, alias La Tuta, el líder de Los Templarios.

¿Y después de todos esos antecedentes, el PES y el PT se atreven a postular a un político tan cuestionado?

Es cierto que Morena no va en el paquete, pero ¿qué dice López Obrador de esas alianzas cuestionables de sus correligionarios del frente electoral? Un deslinde simple no es suficiente.

El peligro que se corre con una jugada así, es que el escenario político se contamine con asuntos del crimen organizado y entonces sí, haya pretexto para todo.

Ya en 1994 una de las tesis que circularon en torno al asesinato de Luis Donaldo Colosio fue que él prometía que de llegar a la presidencia, rompería el status quo de los cárteles. Y el priista acabó victimado en Tijuana, la tierra de los Arellano Félix, por un “asesino solitario”.

¿Qué dirán los enemigos de Los Caballeros Templarios cuando simplistamente digan que los dos partidos que apoyan la candidatura de López Obrador ya tienen el apoyo del enemigo?

Y el asunto no es muy diferente con la candidatura aliancista para gobernador de Morelos de Cuauhtémoc Blanco, el alcalde de Cuernavaca postulado por el PES y a quien lo han acusado públicamente de relaciones peligrosas con Guerreros Unidos.

Lo último que necesita hoy el candidato de Morena es que le narcopoliticen su campaña. ¡Cuidado con los Caballos de Troya!