Las desgracias de un emperador y de un embalsamador

La fragata “Novara”  trajo a Maximiliano de habsburgo y se lo llevó de México en condiciones muy distintas.

Después de su fusilamiento en Querétaro, el Doctor Vicente Licea fue comisionado para embalsamar al segundo emperador de México para ser trasladado primero a la Capital del país y luego, a Europa. El galeno afirmó que, sólo él, ayudado por el Cmdte. de Batallón D´Orbcastel, fue quien llevó a cabo la tarea con el cadáver del archiduque.
La Princesa Agnes Salm Salm   denunció formalmente ante el gobierno de Juarez, al Dr. Licea, quien le fue a ofrecer un lote  con las pertenencias del malogrado príncipe austriaco: un par de calcetines; un pantalón negro con los impactos de bala; una banda de seda empapada con sangre; una camisa blanca con los agujeros de los tiros a la altura del pecho; una corbata; parte de la barba y pelo de la cabeza del emperador; el proyectil de plomo con el que fue rematado; la sábana que había envuelto el cuerpo después del fusilamiento; y finalmente, una mascarilla de yeso que había elaborado el propio Dr. Licea.
15 mil pesos pidió el galeno a la noble extranjera por las propiedades de Maximiliano. Su error: haber hecho una lista de los objetos a petición de la dama y, firmarla con su puño y letra.
El caso del médico Licea llegó hasta la  corte suprema en donde fue juzgado en primera y segunda instancia y condenado a pasar casi tres años en la cárcel.
Fundada en 1779  durante una de las epidemias de cólera más terribles de la Nueva España,  la Iglesia Hospital de San Andrés fue el escenario de un segundo embalsamamiento al cadáver del emperador  en la Ciudad de México. Los médicos responsables fueron Felipe Buenrostro, Agustín Andrade y Rafael Ramiro Montaño. Acompañaron la operación médica los doctores austriacos Basch y Szaenger.
El “Fondo 806” denominado “Los harapos del Imperio” se  conserva en el Centro de Estudios de Historia de México Carso y, es  uno de los documentos que vierten mejor luz  sobre los acontecimientos  posteriores a la  muerte de Maximiliano.
Pero, ¿Quién fue Maximiliano? ¿Un iluso? ¿Un soñador? Diversas plumas afirman que ya  capturado por Mariano Escobedo en Querétaro un 15 de mayo, el mismo año de su fusilamiento en 1867, al archiduque le sobrevino una especie de liberación y relajamiento porque ya no tenía que tomar decisiones.
Su destino fue vaticinado por su madre al salir de Europa rumbo a América cuando afirmó que, si triunfaba se iba a quedar a morir en México y que, si fracasaba también moriría en nuestro país.
Probablemente enamorado de tierra azteca, a lo mejor le habría gustado vivir en nuestro país en otras circunstancias.
Abandonado por Napoleón III y su esposa Carlota, es pasado por las armas por el gobierno de Benito Juárez en el cerro de las campanas.
No hay fotografías de su ejecución; tampoco hay acta de defunción legal. Miramón, Mejía y él fueron juzgados como traidores a la patria. En el archivo de Querétaro existe un documento sin folio que fue redactado después, basado en una esquela publicada en un periódico de la capital del país.
La vida de Maximiliano es por lo menos, la de un desdichado. Produjo sinsabores a muchos de los personajes que le rodearon. 
Despojado de sus derechos dinásticos por su propio hermano, es condenado a morir en México en un cerro pelón, en medio de la nada, en este país que solo le trajo desgracias  y que, él mismo consideró en los últimos segundos de su vida frente a un pelotón de fusileros… como su nueva patria.
Tuíter: @santiagooctavio

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