'Nunadá' (quién soy): diseño textil indígena

En música, se denomina fusión al género musical que conlleva la “conjunción de dos o más estilos distintos, para producir una forma única e identificable por separado de ellos”; en la gastronomía, la fusión indica la mezcla de estilos y elementos culinarios de diferentes culturas. El diseño textil mexicano no se queda atrás. Nunadá propone la fusión de diversas culturas mexicanas, la India e Italia, un crisol donde tecnología y estética ancestral se unen a formas y necesidades contemporáneas. “Nunadá nace cuestionándome el quién soy, hacia dónde voy, pero también el quiénes somos, desde una identidad mexicana compleja y diversa”, comenta Diana Lucinda González de Cosío, fundadora. Fue gracias a la sinergia con Ana Aurora Alatorre que las socias fundadoras, Monique Pelletier y Diana Lucinda, concretaron el nacimiento de Nunadá en octubre de 2015. “En lengua zapoteca (o dizda, como le llaman sus hablantes), nunadá significa “quién soy”. Creo que, así como eres lo que comes o eres lo que lees, también eres lo que vistes, Nunadá cuestiona qué quieres decir cuando te vistes”, comenta Diana Lucinda.

Los diseños de Nunadá no son una moda o tendencia, no se manejan el concepto de “temporadas” y/o nuevos diseños cada año. El objetivo es crear una línea de prendas clásicas e identificables, que refleje la permanencia de nuestras raíces. El diseño y la creación inician en cuatro regiones artesanales de Oaxaca, Puebla e Hidalgo, gracias a comunidades de mujeres indígenas muy bien organi-zadas como artesanas y empresarias. No se solicitan piezas especiales para Nunadá, sino que se utiliza mercancía previamente realizada y que no se ha podido vender, lo que reaviva el flujo económico local. También se han integrado piezas de Chiapas y Guatemala, en menor escala.

Zapoteca: San Bartolo Yautepec

Expertos del textil a nivel internacional viajan al corazón de la sierra sur de Oaxaca para apreciar y comprar los huipiles, blusas, manteles y otras piezas realizadas en telar de cintura. El museo del textil en la ciudad de Oaxaca ha homenajeado a las mujeres líderes en tejidos y telares: una de ellas es Nicolasa Pascual Martínez, cuyas producciones y la de sus alumnas han sido incluidas en catálogos internacionales. Se dice que el origen de la tradición textil surge en las primeras aldeas sedentarias alrededor del año 1500 antes de Cristo. Aunque las telas no se conservan, los utensilios y herramientas para hilar sí, como cajetes de barro y machetes de hueso. Esculturas y códices dan testimonio de la cultura del huipil y sus representaciones: el pueblo usaba textil de maguey; los nobles, textil de algodón; sacerdotes, mayor colorido y la figura de la greca. Nunadá trabaja con el taller de la señora Aida Felipe Pineda, discípula de Nicolasa Pascual. Cada artesana teje seda y algodón con la técnica de telar de cintura, manejando tintes naturales (palo de brasil, cáscara de granada, flor de cempasúchil, grana cochinilla, añil y pericón), siguiendo la misma técnica desde el siglo xvii. Los elementos simbólicos en sus piezas son típicos de la región: tréboles, milpas, el sol, puercos, grecas que son dos serpientes, venados, mosquitos y el más importante, el gavilán de dos cabezas, presente en la chapa de la iglesia. La maestra Nicolasa ha comentado que sólo se pueden realizar seis huipiles tradicionales de calidad por año.

Ikoots: San Mateo del Mar

La tradición del telar de cintura de la comunidad ikoots de San Mateo del Mar data de tiempos prehispánicos, cuando la ropa era sólo de algodón, el cual cosechaban y procesaban para hilar. Los primeros diseños en telar fueron llamados natsojpüy. Se teñía el algodón y abundaban diseños de la región: nopales, peces, camarones, jaibas y las distintivas grecas de su vestido tradicional. Los tintes que más se utilizan son el añil, el caracol, la grana cochinilla y el mangle. Los ikoots (“nosotros, los que nacimos aquí”), son también co-nocidos como Huaves (“gente que se pudre en la humedad”), término usado peyorativamente por otros grupos cercanos al Golfo de Tehuantepec. Nunadá trabaja con la artesana Teófila Palafox Herranz, quien es tejedora, partera y cineasta. A los veintiocho años, Teófila ya era presidenta de la organización de tejedoras de su municipio y tomó el primer taller de cine indígena, con-vocado por el entonces Instituto Nacional Indigenista (ini). Co-dirigió con Luis Lupone el documental La vida de una familia Ikood (1987), en el que retrata la vida cotidiana de los hombres pescadores y las mujeres tejedoras y vendedoras de productos del mar. Filmó también Las ollas de San Marcos (1992), sobre su producción de cerámica. Su obra se ha presentado en el Festival Internacional du Films d’Ammiens y el Native American Film Festival. Teófila ha comentado en diversas entrevistas que, siendo ella tejedora, cuenta historias a través de las imágenes de sus tejidos y, a través del cine, también puede contar historias, más fácil y rápido. El grupo de artesanas al cual pertenece Palafox se llama Natsojpüy, con quienes desde hace más de treinta y cinco años preserva la tradición del telar.

Otomí: Tenango de Doria y Pahuatlán

La comunidad otomí se autodenomina Hñä Hñu, que significa “los que hablan con la nariz”, mientras que otomí es una palabra del náhuatl que significa “el que camina con flechas”. Sus tejidos típicos son los tenangos, un tipo de bordado que sobresale por el colorido de los hilos, sus figuras fantásticas y la distribución de las mismas. Nunadá trabaja en Hidalgo con la artesana María Valentín Benito, de la comunidad de Santa Mónica. El tipo de bordado que ella maneja nace en la segunda mitad del siglo xx, por motivo de una sequía que provocó que los habitantes buscaran nuevas formas de sustento. Al proponer a las mujeres que generaran ingresos a través de sus bordados, respondieron que el precio sería altísimo por el tiempo de elaboración, diseño y trabajo requerido, por lo que optaron por crear diseños menos complejos, para así producir piezas en menos tiempo y venderlas a un precio justo y accesible. Los hñähñus dibujan dioses, duendes y demonios en papel amate con tijeras, recortando figuras de personajes que aman, respetan, temen o veneran. Llevan dichos recortes a lugares sagrados y con ellos en mano cantan, rezan y se comunican con sus dioses. Es muy probable que los diseños de los tenangos estén relacionados con ese mundo mágico de tradición oral, ya que tanto los amates como los te-nangos contienen relatos visuales de animales fantásticos, vegetación nativa y figuras humanas. Otras teorías sobre el origen de este tipo de bordado es que provengan de las blusas tradicionales de las mujeres o de imágenes encontradas en cerros cercanos.

Nahua: Atla y Xolotla

Nunadá trabaja en la sierra norte de Puebla con el taller de Amelia Aparicio Jiménez, ubicado en la comunidad nahua de Atla. Su trabajo textil es el bordado de las camixas o cotomitl, las blusas de las mujeres adultas. Llevan corte azteca y constan de cuello, mangas y canesú; las secciones bordadas a mano son enmarcadas con pespunteados a máquina de pedal, formando figuras de guirnaldas, palmas, rombos y círculos enroscados. En Atla se trabaja el hilván, técnica decorativa de bordado que persigue los principios del antiguo brocado en telar de cintura. El conjunto de hilos agrupados crea figuras en positivo o negativo, intercalado con bases punteadas conocidas como pepenados, ya que la técnica de hilvanado lineal (positivo) se llama en náhuatl tlasoalli, mientras que el negativo se denomina pehpentli, juntar puntos. Las figuras son vegetales, animales, geométricas y entes sagrados. Recrean su entorno, la vida cotidiana, la actividad agrícola, el cuidado de los animales, la concepción del universo, la mitología y los saberes tradicionales.

Usos y costumbres, patrimonio cultural

Tradición con innovación. La unión de múltiples texturas, colores e historias. Respeto a los usos y costumbres de cada comunidad. “Honrar el origen de las cosas y darle su valor nos fortalece”, comenta Diana Lucinda. Y sí, Nunadá nos fortalece a todos los mexicanos. Con sólo existir, Nunadá nos brinda lo que en economía del arte se considera un bien cultural: a la vez privado, público, cultural y de mérito. Si al apreciar una prenda de Nunadá podemos leer en sus tejidos las historias vivas y ancestrales de nuestras raíces culturales, estamos ante un bien cultural, es decir, un bien que puede generar, contener y expandir nuestros valores culturales de identidad, cohesión social y diversidad. Todas estas son excelentes razones para dar la bienvenida a este nuevo enfoque mexicano de creación que nos invita a expresar quiénes somos •

La Jornada