Votos o balas

La estadística oficial es alarmante. Antes aun de que se inicien las campañas 2018 ya se registraron, oficialmente, 30 muertes de aspirantes a un puesto de elección popular.

Y no es que los partidos eligieran a candidatos con malas condiciones de salud. Estamos hablando de asesinatos, de ejecuciones a plena luz del día o en la penumbra de la noche, para sacar del juego político a quienes alguien cree que no responderá a sus intereses.

No recordamos en los tiempos modernos un período de violencia política tan marcada que ponga en peligro la democracia mexicana.

El secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete Prida, es franco y directo al reconocer con enorme preocupación lo que sucede en comunidades de Jalisco, Guerrero o Chihuahua, por citar las tres entidades mas impactadas.

A lo que estamos asistiendo es al prólogo de un proceso electoral que se anticipa más que violento, por la abierta intromisión de los intereses regionales del crimen organizado.

¿Quién puede tener la frialdad de empuñar un arma y salir a ejecutar a algún ciudadano o ciudadana que en ejercicio de sus derechos busca una alcaldía, una regiduría, una diputación local o una diputación federal?

Solo alguien que intuya que ese candidato o candidata no va a aceptar estar al servicio de sus muy particulares intereses o que de plano viene ya apadrinado por los intereses de algún adversario.

No pretendemos ser aves de mal agüero, pero la disputa de los territorios del narcotráfico que se dio en los últimos dos sexenios obligará a los capos a asumir posiciones políticas, apoyando a unos y sacando del juego a otros.

Es un juego perverso en el que sin duda opera un papel crucial el financiamiento de las campañas, que exigen toneladas de efectivo para aceitar los favores a los votantes y el aparato electoral que les garantice los votos el día de la elección.

Con Estados y municipios sobre endeudados, con tesorerías quebradas o vigiladas frente a los sobregiros presupuestales, los partidos y los candidatos que antes recurrían al Erario público y mas tarde a constructores o proveedores, ahora tendrán la tentación sobrada de sentarse a la mesa a pactar con el crimen organizado.

Eso sin duda limitará las aspiraciones de quienes no aceptarán nunca mancharse las manos y en contraparte incentivará al juego político a personajes abiertamente apadrinados por el crimen organizado.

Baste asomarse al espejo negro de Nayarit, una entidad que en el último sexenio no solo se convirtió en epicentro político de un cártel, sino que desde ahí se financiaron campañas políticas en todo el territorio nacional.

La oportuna intervención del secretario Navarrete Prida alertando sobre los 30 muertos, a 16 días de que arranquen oficialmente las campañas, es una advertencia clara de que los días por venir podrían ser de pesadilla.

Lo último que necesitamos en México es pasar del “asesino solitario”, como lo fue Mario Aburto con Luis Donaldo Colosio, a un asalto de comando como se dio en Colombia con el candidato presidencial Luis Galán, asesinado por orden de Carlos Castaño Gil, jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia.

El argumento para ese magnicidio: que si llegaba a ser presidente de Colombia, Luis Galán representaría un peligro para esa organización criminal.

Aprendamos en cabeza ajena. Queremos que el próximo presidente de México llegue a Los Pinos por los votos, no por las balas.

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