De utopías y distopías

Los discursos, declaraciones y posicionamientos de los precandidatos y candidatos hasta el día de hoy son construcciones narrativas fantasmagóricas que no se ajustan a nuestra ya muy trastocada realidad social, económica, política, cultural. En fin, que distan mucho de estar dirigidas a un electorado que sabe lo que quiere pero que no tiene expectativas reales de un proyecto de nación, país, Estado que sea mínimamente viable. Estamos escuchando mensajes que van desde un horizonte posiblemente Utópico-un mundo deseable imaginariamente mejor- a otro, desesperada y desencantadamente Distópico-un mundo no deseado imaginariamente peor-.

La vieja cultura de la propaganda política cuyas primeras muestras se dieron en el contexto histórico de la Revolución Francesa durante el siglo XVIII, sirvió de marco perfecto para el iluminismo y la difusión de las ideas de las más diversas formas posibles. El proyecto del denominado siglo de las luces tenía y tiene aún un sustento valioso, profundizar el sentido de la democracia mediante el ensanchamiento del conocimiento de las cosas públicas. Los ideales modernos, libertad, igualdad y fraternidad, obedecían a una necesidad histórica de liberar a la razón del obscurantismo precedente y a los hombres de las ataduras opresoras de los regímenes basados en dogmas religiosos.

“El sueño de la razón” se vio así interrumpido por el despertar de la humanidad y sus grandes potenciales intelectuales se verían complementados con la lucha por conquistar  el reconocimiento de los ideales democráticos, elevar a la categoría de relación jurídica que otorgaba derechos y obligaciones a gobernados y gobernantes; una relación jurídica que debía respetar la libertad de los ciudadanos al tiempo que procurara la convivencia en condiciones de igualdad ante la ley, para vivir como conciudadanos, hermanos por el derecho del suelo (jus soli ) procurando la fraternidad universal, incluido el llamado tercer estado o plebe, la generalidad representada.

Decíamos arriba que para lograr que la “razón” se propagara, fue necesario correr la voz y hacer avanzar el rumor de boca en boca, de discurso en discurso, pero también mediante la palabra escrita, la prensa jugaría un papel importante. Al lado de ésta, el fenómeno más relevante fue algo que aquí conocemos como bardas pintadas o “pintarrajeadas” pero que entonces solía tener una connotación que implicaba libertad y tolerancia, se le conoció como: los muros tienen la palabra. Era el surgimiento de la propaganda política, había ideas que propagar, divulgar, llevar a la rebeldía las causas comunes de un pueblo sediento de justicia; hoy desgraciadamente solo hay publicidad, burda publicidad el mercantilismo ha subordinado lo público a lo privado, el plástico y la bisutería barata sin ideas sino puras ocurrencias por no decir pendejadas, dicen y escriben en épocas electorales.

Hoy existen nuevos instrumentos escandalizadores (caso Facebook) -que no deliberativos-, nuevas herramientas, más rápidas quizá, pero no precisamente más profundas, aunque de vez en vez se consigan efectos más contundentes a la hora de enjuiciar a las figuras públicas, incluida la propia ciudadanía. La naciente democracia digital, las redes sociales, al final de cuentas no son otra cosa que ideas, no tan profundas como las del siglo de las luces, ni tan críticas, pero si con un alto grado de efectividad en el cuestionamiento de las clases políticas, sociales, económicas, y de todos los actores y factores de poder. Sus breviarios en 140 caracteres, bien podríamos equipararlos a los mensajes y los ideales que cabían en las paredes, las bardas, los muros de aquel gran movimiento que recorrió el mundo influenciando revoluciones independentistas.

Hacer referencia a ello conlleva no un afán de molestar, sino de buscar los caminos de civilidad que, al parecer, algunos candidatos no observan en el transcurso de sus largas precampañas y campañas; es más, podemos afirmar categóricamente que no todos están a la altura del comportamiento de una sociedad cuya conducta es pacífica, tolerante, receptora de tanta barbaridad y tanta comicidad, siempre con la misma cantaleta, con su teatro de promesas y payasadas de nunca acabar, de nunca cumplir, de la risa y el olvido, de la tomadura de pelo, en fin de la poca vergüenza y mucha conchudez.

Otras herramientas ya no tan nuevas pero aun sin madurar lo suficiente en estos rumbos son aquellas que podemos englobar en La bola de cristal: opiniones, encuestas, sondeos, conteos y agandalles: sin duda, a pesar  de lo tardío de su aparición en nuestra geopolítica y de lo rudimentario y simplista que resultan  los análisis que generalmente nos presentan, los estudios de opinión  en sus diversas modalidades, juegan un papel muy importante, sobre todo en la perspectiva del candidato o partido que lo haya mandado confeccionar a su medida.

Lo anterior nos indica que debemos ser muy cautos al momento de dar lectura a estos instrumentos de medición que presagian el triunfo o la derrota de sus clientes o bien nos sirven para construir cuanto escenario futuro se nos ocurra. De ahí que debamos considerar algunos elementos: tratándose de situaciones semejantes – cosa aventurada en cuestiones que implican comportamiento social – si se tienen elementos similares, aún cuando correspondan a un tiempo diferente, entonces y sólo entonces podríamos establecer alguna analogía; desde luego que contando con un criterio de diferenciación lo suficientemente fino como para detectar las situaciones que no encajan en la interpretación analógica.

“La democratización se produce en una sociedad cuando aquella rareza se convierte en una realidad, y la democracia se estabiliza cuando aquella realidad se convierte en un lugar común”. Esta afirmación de Samuel P. Huntington parece simple y sencilla de cumplir, sin embargo, es parte del baúl del país de la utopía.

Desde luego que aspiramos a que este deseo se convierta, sólo por hoy, pero diariamente, en realidad, es decir que sea algo tan común como aceptar dignamente que, por ejemplo, se perdió, que otro fue el ganador y que, aceptando el veredicto de la sociedad, ganamos todos.  La realidad es otra y debemos estar preparados para ello. Es necesario recalcar que el disenso, como todas las grandes palabras de la política tiene una enorme significación.

El disenso implica una sana vocación que, dentro de la categoría de la tolerancia, permite el consenso; y no es otra cosa que  la convicción de que antes de pretender imponer por cualquier medio alguna viciada voluntad, debemos reconocer, tal cual es nuestra obligación política primera, el imperativo categórico de la voluntad general, consensada por las vías legales y el legítimo triunfo de quienes, justo en la diferencia lo acordaron; la vía pacífica siempre será ejemplo de civilidad, pluralismo y honorabilidad. En ello va implícito el respeto a la diferencia y el sufragio universal, es decir, a la soberanía popular, de la que ya nadie se acuerda, el pueblo mismo pues, que en ello estriba la democracia. Nos leemos pronto, mientras tanto, que haya paz. Comentarios, menciones y mentadas a nigromancias@gmail.com Twitter: @JTPETO

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