Será que ya vimos demasiado, será que no hemos visto lo suficiente, pero las campañas presidenciales 2018 se sienten huecas, perdidas, superficiales, sin enfoque, sin prender.

Algo sucede, porque aunque las propuestas existan en planes de gobierno, en los hechos esas ideas no salen a flote, no permean ni entre los ciudadanos ni entre los medios. Y el debate termina por darse sobre asuntos complejos, incomprensibles para las masas, circunstanciales e incluso banales.

Que si López Obrador suspendería o no el nuevo aeropuerto; que si Meade no presentó la 3 de 3 pero ya propuso la 7 de 7; que si Anaya tiene escondido más “dinero lavado”; o si Margarita viene con todo el apoyo político y económico de su marido.

Todos los candidatos, invariablemente y a su estilo, prometen limosnas en un país de hambrientos y miserables, en donde el presupuesto se lo engullen unos cuantos en estafas maestras, subastas de ejidos petroleros u obras públicas al triple de su precio, con la mitad de la calidad.

La corrupción y la inseguridad son los temas obligados a los que todos les aplican la varita mágica. Unos dicen que con solo ser presidentes las van a desaparecer, mientras otros dicen que llenando las cárceles de los corruptos del actual y de anteriores sexenios, el problema se acabará.

¿Dónde están los grandes planteamientos que demanda la nación? ¿Dónde las propuestas de fondo para reactivar la economía más allá del magro crecimiento del dos por ciento de los últimos años?

¿Cuál es el verdadero plan, por encima del apapacho sindical, para instalar un modelo educativo que le dé a las nuevas generaciones las herramientas para competir en un mundo globalizado?

¿Bajo qué legislación vamos a atacar con eficientes resultados a la enquistada e impune corrupción? ¿Qué vamos a hacer con los cárteles convertidos hoy en los principales empleadores de frustrados jóvenes mexicanos que no encuentran un sitio en el mercado laboral?

Cualquiera que devore las informaciones de las campañas o que sea un acucioso analista del quehacer de los candidatos se dará cuenta de lo que hablamos. El ambiente está lleno de ruido hueco y escaso de ideas sólidas.

Lo mejor de la semana, que es coyuntural y anecdótico, suelen ser los debates de los coordinadores de campaña con Carlos Loret o con Carmen Aristegui.

Más allá, acaso el ruido de las cuestionadas encuestas. Que nadie discute quien va de puntero, que fulano va en segundo, que si en las encuestas de Facebook el tercero ya es el segundo o que la cuarta apenas va arrancando.

Tampoco sacude ya el foco rojo de los 42 candidatos asesinados en las precampañas y en el arranque formal de las campañas. Como tampoco indigna que a personajes abiertamente ligados al narcotráfico se les postule con bombo y platillo.

Algo tendrán que hacer los estrategas de todos los candidatos para sacar del marasmo en el que están estas campañas presidenciales 2018.

Tienen de aquí al primer debate para intentar cambiar un rostro, que lejos de invitar hoy a elegir un futuro, parece dedicado a fomentar todavía mas el hartazgo del ciudadano hacia la clase política.

Y por lo que se viene asomando conforme avanzan las campañas, la radicalización de las posiciones será el factor que domine la escena, por encima de las pobres propuestas actuales.

Saquen la casta, señores candidatos y señora candidata. Aléjense de los dimes y diretes, para profundizar en un intento por ponerle nombre y apellido dignos al futuro de México.