CORRUPCIÓN versus ÉTICA

NIGROMANCIAS

Oaxaca, Oax.- Quizá porque de lo que no se conoce no se debe o no se sabe hablar; quizá por eso los candidatos hablan mucho de lo que sí conocen perfectamente bien, en teoría y en la práctica. Es una verdad a gritos, probada y comprobada que, nos guste o no, somos un país con los más altos índices de corrupción en el mundo. También es cierto que nunca como ahora, los candidatos se ven en la imperiosa, ineludible necesidad de construir sus discursos desde un código “anticorrupción”. Todos, sin excepción alguna, hablan del tema desde el pasado reciente o desde sus “experiencias” personales o de partido; no hay uno solo que no maneje el “rollo” de “combatir la corrupción”. Y desde luego que eso es buen augurio, pero insuficiente para siquiera comenzar a confiar o interesarnos en sus propuestas, sencillamente porque estas no existen, son la contraparte ausente. Se describe lo que no debe ser, pero sin una propuesta de lo que se debe hacer. Nadie habla de un quehacer ético, de una conducta de servicio apegada a principios que se vuelvan escuela, enseñanza constante, aprendizaje permanente hasta que no se hable más de la antítesis, es decir, se extirpe el tumor maligno de la corrupción y se hable de correctas actitudes humanas desde un entendimiento social común, el hago esto por convicción y no por simple convención; lo hago porque así me lo dicta mi propia conciencia y no por el miedo a prisión o al infierno. Veamos como se trata este asunto desde una perspectiva filosófica y desde otra utópica. 
“Cuando las creencias flaquean, nos quedan las actitudes. La inseguridad de los contenidos desvía la mirada hacia las formas y los procedimientos. Más que los actos en sí mismos, nos cautivan las maneras de hacer o de estar. Perdonamos la transgresión pero no la incompetencia y la falta de sensibilidad. Pues la ética es, sin duda, derecho y voluntad de justicia, pero también es arte aprendido día a día. Vivimos en un mundo plural, sin ideologías sólidas y potentes, en sociedades abiertas y secularizadas, instaladas en el liberalismo económico y político. El consumo es nuestra forma de vida. Desconfiamos de los grandes ideales porque estamos asistiendo a la extinción y fracaso de la utopía más reciente. Nos sentimos como de vuelta de muchas cosas, pero estamos confiados y desorientados, y nos sacude la urgencia y la obligación de emprender algún proyecto común que dé sentido al presente y oriente el futuro. Hemos conquistado el refugio de la privacidad y unos derechos individuales, pero echamos de menos una vida pública más aceptable y más digna de crédito. (Victoria Camps, Virtudes Públicas, 1990)
En efecto, la ética está de regreso, y no precisamente porque las buenas conciencias asomen por las ventanas del recuerdo de nuestras casas que habrán de quedarse convertidas en polvo por un mundo en putrefacción. Quizá un poco más porque -parafraseando a Eduardo Galeano- las venas abiertas de las sociedades contemporáneas siguen sangrando extrema pobreza y siguen padeciendo el dolor de naciones ilusoriamente independientes y fácticamente sometidas a los grandes capitales y a las Kakistocracias, plutocracias y cleptocracias tan aberrantes como en los tiempos de la Roma degenerada o de los bárbaros que una vez conquistado el poder se dedicaban a saquearse a sí mismos hasta convertir las ciudades en tierra de nadie.
México como toda América Latina ha vivido en un intento eterno por hacer de su raza una sólo nación que una al continente en razón de sus identidades, pero como bien lo dijo Germán Arciniégas, aún no supera el temor de sí misma, preocupada como lo ha estado siempre de su pasado, no se ocupa de su presente, lo que en consecuencia trae una rueda que va jalando el lodo y lo va poniendo de nuevo en su camino. En asuntos del orden público, ha intentado jugar a la democracia y no sabe aun si en algún momento eso pueda ser una realidad que perdure, o si, como sentenciaba Norbert Lechner, está condenada a una aspiración eterna y vivir una ilusión pasajera de sus posibilidades y alternativas, pero siempre como una “…nunca acabada construcción del orden deseado”.
La ética es, antes que cualquier otra cosa, una posibilidad de convivencia y un camino allanado hacia la paz. Toda sociedad que aspire a la libertad y la igualdad no debiera dudar en construir escuelas de vida con un alto sentido de la responsabilidad compartida; con una tarea de reconstruir los cimientos sociales, los valores que cohesionan, lo que hace que una sociedad merezca llamarse tal y no se convierta en una triste “sociedad de individuos” como irónica y paradójicamente le llama Norbert Elias, en alusión al extremo individualismo de nuestra época.
Forjar una sociedad decente, digna y progresista no significa anclarse en el pasado pero tampoco irse de bruces con los espejitos de la era digital. Seguro que no es la acumulación de cosas que nos pertenecen individualmente. Tampoco la edificación de cosas públicas sólo materializadas, si bien es cierto que se necesitan caminos, hospitales, escuelas, parques, centros recreativos; sino un poco de razón sensible, un poco de cordura que ponga en esas estructuras metálicas, una estructura sólidamente humana, buenos ingenieros, médicos con vocación de servicio, maestros con responsabilidad en el cumplimiento del deber, administradores del tiempo libre que permita quienes trabajan  convivir y recrearse con sus descendientes, en fin hace falta una verdadera planeación democrática de la mano y de la mirada de un todos y no de un yo.
La vergüenza pública debe ser una forma de realizar correctamente cada acción ciudadana y cada programa de gobierno; el honor de servir debe ser una constante en las actitudes de los servidores (valga) públicos y de los demandantes de lo mismo (una burocracia eficiente y eficaz). La alegría y la atención cordial es imperativo en la conducta pública, pero eso sólo se logra con respeto a las jornadas laborales y a los días de asueto, con el pago justo de un derecho que se consiguió hace ya muchos ayeres y hoy, en aras del enriquecimiento ilícito de unos cuantos, siguen practicando la esclavitud y las tiendas de raya en cada oficina pública, entre otros tantos vicios que se derivan de la falta de tacto y del despotismo subliminal de falacias como esas de que “por México no hay descanso”, estupideces que sólo conllevan un buen tanto falta de profesionalismo y planeación de la administración pública, desde hace ya varios sexenios atrás.
Así pues, todo aquello que redunde en mejores condiciones dignas de vida, es de primer orden su atención. Igual aquellas que marcan una jerarquización salarial injusta que refleja estados arcaicos y regímenes con total desconocimiento de las desigualdades remarcadas por el desinterés en la revisión homologada de la administración pública, lo que permite generar una falta de incentivos para la competencia en igualdad de circunstancias y una apatía a la iniciativa y el esfuerzo redoblado.
Asuntos más, asuntos menos, en este tenor debieran ser tratados los casos que lleven a dar luz al surgimiento de una conciencia social libertaria común y una sociedad que asuma la ética como el patrón normativo, a falta de justicia en los sistemas normativos existentes como el propio Derecho, la costumbre y la religión, por ejemplo. Es el camino hacia una democracia germinada de manera artesanal, con el sentido común en la solución de los problemas de la cosa pública o de lo que nos importa a todos por igual. La democracia así vista – dice V. Camps – debería ser la búsqueda y la satisfacción de necesidades e intereses comunes, para lo cual, conviene, además de definirlos y nombrarlos, de establecer prioridades, construir un clima de colaboración y cooperación…”
Una Sociedad Ethocrática es, desde esta perspectiva, una posibilidad, una acción diferente, un pensamiento fresco; aquella comunidad de seres humanos vinculados entre sí por un objetivo público común: la paz social (vivir juntos en orden y armonía) ¿Cómo se logra la paz social? Aplicando en la vida diaria los principios básicos de toda convivencia humana: respeto, tolerancia, prudencia, cooperación, comunicación, etc. Y demás virtudes que unen y se transmiten directamente de generación en generación, no por un temor fundado en una ley humana confeccionada por la razón pecuniaria del poder económico y político o en una ley divina hecha por el privilegio del monopolio de la fe, sino dictados por una conciencia social que atiende a ser libres e iguales por la simple y sencilla razón de ser intelectual y espiritualmente íntegros. Nos leemos próximamente, mientras tanto que haya paz. Comentarios, menciones y mentadas a nigromancias@gmail.com Twitter: @JTPETO

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