Sin política exterior

México se llenó de gloria a principio y durante el siglo XX por varios pronunciamientos de su política exterior que iban desde la Doctrina Estrada de no intervención, hasta las aportaciones de Isidro Fabela.

Es más, durante muchos años la diplomacia en Latinoamérica se llamó Tlatelolco e Itamaraty. Funcionaban dos países por encima de todo, de las dictaduras perfectas o imperfectas, con gorras militares o sin ellas. Existía una política exterior aunque muchas veces sus gobiernos fueron rechazados, repudiados o tuvieran grandes problemas; tal como le pasó muchas veces a Brasil y como le ocurrió al gobierno de México tras la matanza de Tlatelolco en 1968.

En estas elecciones y en esta era echo de menos la política exterior mexicana.

Una cosa es querer enamorar o ser el mejor amigo de Jared Kushner y otra es tener política exterior. Son dos cosas distintas.

Supongo que para el canciller Videgaray la labor es casi tan difícil como caerle bien o coincidir en gustos musicales con el líder de Corea del Norte. Pero la verdad es que nuestro país -más allá de Trump, Trump y Trump- no ha tenido pronunciamientos que nos coloquen en la dimensión de la importancia que tenemos.

Soy consciente de cuando nos robamos el derecho americano de condenar – aunque ya se ha hecho muchas veces – lo que sucede en Venezuela. Soy consciente de que pese a todas las locuras nuestra obligación es tratar de que el pueblo sufra poco en la política exterior y de que 3,169 kilómetros de frontera con Estados Unidos nos obligan a dedicarles gran parte de nuestro esfuerzo.

Pero ellos -que no tienen amores, sino intereses- saben que el país del Pacífico y del Caribe, el México de los tres mares, puede tener una destupida de intereses que -no a corto, pero sí a mediano plazo- haga que nuestra dependencia hacia ellos sea menos importante.

Nosotros debemos de tener un pronunciamiento claro en cosas tan elementales como la ausencia de protocolos de seguridad colectivos frente al fenómeno del terrorismo.

Así como en la actuación de quién y de qué políticas defendemos en este momento.

Tal vez por eso todos los candidatos y partidos no han considerado necesario tener una propuesta de política exterior.

Quizá por eso los equipos -que en este momento estarán preparándolos intensamente- deben de saber que en Tijuana en el segundo debate, Trump, el muro y los Estados Unidos deben de ocupar un lugar muy importante.

Posiblemente por eso, es ahora cuando tenemos que incorporar otra vez la existencia de una política exterior a nuestra confrontación electoral, pero sobre todo a nuestra vida diaria.

Si es verdad que un modelo se acabó, es obligación de los que gobiernan inventarse o encontrar otro, y si no lo es, entonces nosotros tenemos que pagar el precio de lo que significa la correcta defensa de nuestros intereses.

Lo que no puede ser es que toda la política exterior mexicana sea cuántas veces le sonríen en la Casa Blanca a nuestro canciller.

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