Entropía político – electoral

Oaxaca, Oax.- “En última instancia [las leyes de la termodinámica] deciden el ascenso y la caída de sistemas políticos, la libertad o la esclavitud de pueblos, los movimientos del comercio y de la industria, el origen de la riqueza y la pobreza, y el bienestar material de la humanidad en general” (Frederick Soddy, premio Nobel de Química)

Si le decimos a un político que la causa de su derrota puede atribuírsele a las leyes de la termodinámica tal como se apunta arriba, con toda seguridad que nos mandará por un tubo y quizá, como suelen hacer gala de su florido lenguaje, hasta nos mande a Tapana (tepec) y prefieran adjudicárselo a causas inmediatas que se agotan en un solo hecho y en una sólo jornada. Bueno son cosas de visiones cortas o largas, claras u obscuras, quizá las prefieran “campechaneadas”.

Bien sabemos que desde siempre el trabajo como actividad física y/o mental transformadora de la naturaleza y de la historia, ha sido fundamental en el proceso evolutivo de la humanidad. El trabajo, sin embargo, como acción concreta, ha tenido intensos debates y cruentas luchas por su justa remuneración y su justa dimensión apreciativa, al grado tal de ser materia de tratados económicos de los más grandes representantes de las diversas corrientes del pensamiento.
Como ha señalado hace ya algunos años Claus Offe: “Todas las sociedades están sujetas, ciertamente, a la necesidad insoslayable de entrar en una relación de intercambio con la naturaleza a través del trabajo y organizar ese intercambio de manera tal que produzca aportaciones suficientes para la supervivencia física del hombre socializado y se mantenga estable la forma de organización de ese intercambio. Se podría llegar así a la idea de marginar el concepto de la <<sociedad del trabajo>> por considerarlo una trivialidad sociológica en la medida en que sólo se refiriera a una necesidad natural eterna de la vida social (Marx). Ahora bien, antes se debería arrojar claridad sobre el especial papel que el trabajo y la división del trabajo, la clase trabajadora y la ética del trabajo, la organización del trabajo y un concepto de racionalidad de ella derivable desempeñan para el periodo clásico de la sociología”. (La Sociedad del Trabajo, 1984)
En efecto, el trabajo no es una categoría brutalmente animal, que represente sudor y lágrimas para transformar el devenir y en consecuencia convertir a la humanidad en máquinas o herramientas ya sea para acumular riqueza o para ganarse el sustento diario, para el caso de los asalariados. Aquí entra una categoría más, que rebasa la concepción de trabajo sin contexto, puesto que la familia, como institución social, es elemento fundamental de la vida laboral y cuyo fin en sí mismo debe ser tutelado por el Estado como eje rector de la paz social, incluso de la estabilidad política. Si a esto le aunamos la agrupación de patrones por un lado y de trabajadores por el otro tendremos un concepto que suena hueco sin un contexto que lo fundamenta.
En general las jornadas laborales de ocho horas, los descansos obligatorios, las vacaciones, las horas extras, las pensiones, las jubilaciones, en fin, todo lo que hace siglos se consiguió y consignó para que los seres humanos tengamos una vida digna y plena en todas las etapas de nuestra existencia y evitar la proliferación de la mendicidad y por ende, el crecimiento desmedido de la delincuencia, simple y sencillamente son, hoy día, letra muerta escrita en papel para el excusado. Y si los que gobiernan ponen el ejemplo pues que será de las privadas, ni como meterlos en cintura. Así las cosas, somos carne de cañón de la explotación más estúpida en pleno siglo XXI.
La energía que debiera utilizarse para transformar la vida social en general y mejorar la vida de las personas, se convierte en una constante entropía que da como resultado una agudización de los problemas de fondo como la pobreza, la inestabilidad social y la incapacidad de gobernar por mencionar sólo algunas.
Como anota Jeremy Rifkin en su libro, La Civilización Empática, “Nuestro viaje empieza en la encrucijada donde las leyes de la energía que gobiernan nuestra inclinación a trascender constantemente nuestra sensación de aislamiento buscando la compañía de otros en organizaciones sociales consumidoras de energía cada vez más complejas. La dialéctica subyacente a la historia humana es un bucle continuo de retroalimentación entre la expansión de la empatía y el aumento de la entropía”.
De la misma manera sentencia Howard Odum, uno de los pioneros en el campo de los sistemas naturales de energía: “… en la integración <<hombre, mente y energía>> debemos tener presente que es la fuente de energía, no la inspiración humana, o que en última instancia fija los límites del progreso humano.  Todo progreso se basa en la energía. Y el progreso se evapora cuando y donde la energía se limita. El conocimiento y el ingenio son medios para aplicar la energía, cuando se dispone de ella, pero el desarrollo y la conservación del conocimiento también dependen de la energía…lo importante para toda sociedad es la disponibilidad de energía. Toda creatividad humana habida y por haber no hará progresar el bienestar de la humanidad si no hay suficientes reservas de energía que explorar y utilizar”.
Y seguramente, amigo lector, ya te estarás preguntando, a qué viene esto, pues sencillamente a la que estamos observando cómo se gastan las carretadas de dinero público en campañas políticas y en “debates” que son puro espectáculo de baja calidad y pésimo gusto. Vemos cómo el trabajo de millones de mexicana(o)s se va a la basura y a los bolsillos de algunos cuantos que nada comunican y cuyas energías no producen empatía, por el contrario, lo que generan es entropía, es decir, desorden, fuerza inútil que necesita de mucha mayor cantidad de trabajo para reordenar lo provocado por el mal uso de nuestras facultades físicas y mentales.
En política, la aplicación de la fuerza de trabajo negativo, acumulado, invariablemente lleva a una inestabilidad social mayor. También aplica para los códigos lingüísticos que se vuelven más difíciles de descifrar y producen interferencias que hacen imposible la comunicación, exactamente como los monólogos difusos de los debates del INE. La perdida de tiempo y el desperdicio de energía hace que su trabajo al enfocar todo el potencial a hacer apologías de “meas culpas” y de lo que Hannah Arendt llamó “la banalidad del mal” (punto y aparte la discusión en torno a esto) y de lo que estos candidatos presumen dando cátedra inversa de sus profundos vacíos conceptuales o perceptuales.
Empecinados en mostrar, que no demostrar “lo malo” que es el otro se pierden en el abismo de lamentaciones y frustraciones hasta provocar el total desencanto de un electorado que rescata entre las cenizas del fuego cruzado y directo, los cartuchos quemados, el olor a pólvora para darse cuenta de que las batallas no han sido precisamente de ideas y de conocimiento, sino que han jugado al cine gringo, algo así como “duro de matar” o “rápido y furioso”, solo publicidad espectacular.
Tristemente en eso se van los dineros de los impuestos que pagamos con trabajo bien habido de este noble pueblo que día a día se levanta a producir con sus energías positivas, a generar empatía, a civilizar sus vidas sin olvidar su cultura que es su razón de ser; pues si bien el conocimiento y el trabajo, como la materia y la energía, ni se crean ni se destruyen sólo se transforman, al menos no lo convirtamos en abono, mierda pues. Nos leemos en la próxima colaboración y mientras tanto que haya paz. Comentarios, opiniones, menciones y mentadas a nigromancias@gmail.com Twitter: @JTPETO

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