Se sabe que los seres humanos desde la Primera Guerra Mundial y ante la inminencia de la catástrofe solemos apegarnos más a lo que es la Belle Époque de cada era.

En siete días todo será fútbol, árbitros, balones y el destino implacable, que espero sea bueno, de la Selección Mexicana de Fútbol.

López Obrador, Meade o Anaya no serán nada, en comparación con el mister de la selección nacional.

Los jugadores reemplazarán el interés público en las leyes y todo será tumulto y expectación.

Si la elección es eliminada en la primera ronda la culpa la tendrá el Gobierno.

Así es la vida. Nada está inventado, todo pasa con mucha frecuencia. Pero lo cierto es que se trata de una elección curiosa. ¿Por qué? Porque es la primera elección en el siglo XXI en la que veo que quien la va a ganar no hizo nada para lograrlo, salvo ser él. Pasearse por los pueblos y los templetes del país, explicando una y otra vez que en cuanto atravesemos el Jordán de darle todo el poder, los males del país desaparecerán de la noche a la mañana.

La campaña se la hicieron sus dos enemigos o adversarios políticos quienes representaban el sistema.

Que el sistema se dedicó a suicidarse en masa, proponiéndole a los empleados que no deberían ir a votar, precisamente, por el que los amos de las empresas condenaban.

Yo no sé si alguien ha tenido el valor de explicarle a los poderosos caballeros de la industria y a los amos de México que cada vez que ponían una carta a sus empleados, para que meditaran su voto, sólo le estaban dando uno más a López Obrador.

Esta es una elección curiosa, no sólo porque estamos al final del camino. Y eso no lo marca -desafortunadamente para nosotros- ni nuestra madurez moral, ni nuestro hartazgo de la violencia y que ahora sí queremos cambiar.

Nuestro final, el de la escapada, lo marca el hecho de que nunca habíamos tenido a un ser delirante en la Casa Blanca que está dispuesto a otorgarse el perdón a sí mismo.

Trump no sólo compite con Jefferson, ni con los padres fundadores, o con la constitución de su país. Entró ya en camino de competir con el propio salvador.

Cuando se trata de perdones, ni siquiera Jesucristo se atrevió a perdonarse a sí mismo.

Y nosotros, esperando el mundial y a punto de entregarle el control del país a alguien que no necesita explicarnos que piensa hacer con él. Y debatiéndonos en la horquilla de ¿a dónde vamos? ¿hacia la batalla final que sobrevivirán los mejores, dado que la violencia ocupa un lugar tan destacado en nuestra vida? o ¿hacia la reconciliación nacional y la construcción de un nuevo país?

Nunca he vivido una campaña con menos ideas, más simplificaciones y más torpezas estructurales en torno al desarrollo de la misma.

Los dos enemigos del puntero le hicieron la campaña. Según dicen las encuestas que los amos del país y los dueños de las mayores empresas acudieron a su socorro para obtener la mayoría de los votos, como si no tuviera ya los suficientes.

Después se quejarán y llorarán, pero ¿quién inventó al posible Chávez?