Tres debates, cara a cara, sin intermediarios, dando cada uno lo que son, al menos durante 120 minutos, y explicando por qué razón se creen que pueden llegar a ser nuestro presidente.

Para muchos, el debate de Mérida fue el más completo y el mejor. Donde hubo más propuestas y donde al final del día –al ser el último- se vio más de qué estaba hecho cada candidato.

El profesor Meade, como siempre, impecable en la profundidad de sus contestaciones y en su dominio del conocimiento de los temas. Qué pena que eso no sea suficiente para ilusionar a los pueblos ni para conseguir que voten por ti.

Ricardo Anaya, claramente sumido, rodeado y encerrado, no en el laberinto del Minotauro, sino en las pesadillas de la corrupción que por una razón u otra tiene que andar respondiendo.

Y en cuanto a López Obrador, será el producto de lo que sea, pero ecuánime, humilde y tranquilo.

Los moderadores dejaron hablar más. Lo cual naturalmente, si lo que tenían que decir los aspirantes era mejor o no, pudo haberse convertido en el debate más aburrido de todos.

Pero al final lo que importa son los balances totales, los cuales son: el debate de las propuestas, la depuración y la catarsis de cómo llega cada candidato a tres semanas de la elección, y lo que es más importante, cuánto queda de la capacidad de lucha y sobre todo de tranquilidad en la administración del poder que buscan ocupar.

Estamos llegando a una situación en la que parece ya definido en dónde estamos a la hora de elegir.

Al inicio de esta campaña larguísima -en una era en la que las campañas son cortas y brutales por las redes sociales- el debate era una primera eliminación casi natural. Era el sitio donde todo el mundo esperaba encontrar la verdadera dimensión, la cara y las dificultades de los candidatos.

La verdad es que, en mi opinión, ha sido una experiencia muy útil, desde el punto de vista de la democracia. Y es verdad que permite aquilatar y descubrir a cada uno de los candidatos. Pero eso no significa -aunque sea por la confirmación de lo que ya se sabía y esperaba de ellos- que sea un ejercicio vano, ni que no sea tan importante como para saber quién es y cómo huele, después de tres debates, el que aspira ser nuestro próximo presidente.

El partido no se acaba hasta que se acaba. Pero todo tiene un irresistible y terrible olor de que el arroz ya se coció, como dijo López Obrador. Lo que hay que procurar es que no se queme y que no huela a socarrado, en el sentido de haber estado más tiempo en el fuego de lo necesario.

Los candidatos que vienen del pueblo de México muchas veces son lo más anti cívico, sin embargo, en esta ocasión he de reconocer que el resultado final de la campaña, con todo y todo, es un buen resultado.