La proliferación de partidos viene directamente asociada al establecimiento de lo que fue, en mi opinión, la primera transición política del régimen mexicano.

La Ley Reyes Heroles no solamente despenalizaba la actuación de los partidos de izquierda, sino que sembraba lo que eran las bases de un sistema democrático multipartidario que pudiese tener reflejo a la hora de las votaciones, de los apoyos y de las estructuras de las distintas sensibilidades políticas de la nación.

Como nos pasa siempre, la intención era buena pero la aplicación ha sido mala. Teníamos una serie de mini partidos hijos, no sólo de las coyunturas históricas o de las necesidades sociales de los distintos grupos, sino que también teníamos la representación de los intereses más puros y duros en formas de partidos, pagándolos todos a través del INE y de los distintos organismos electorales previos.

El cambio del primero de julio, que no es un cambio de administración, ni de sexenio, sino de régimen, trae la reestructuración inevitable del mapa político. Naturalmente uno de los elementos más importantes que tiene es la reconformación por quién sustituye, quién representa y quién tiene cabida hoy, no solamente en el congreso sino en la credibilidad del electorado para cubrir el porcentaje mínimo que establece la ley.

No hay nada que decir sobre los pequeños partidos. Es un proceso sano de depuración y que debe de corresponder con criterios reales de representación.

Sobre los grandes partidos y la reconformación del panorama político mexicano en su conjunto hay mucho que decir.

¿A dónde fue el PRI? Es evidente que fue una extraña mezcla de sus errores, de su incapacidad para aprender y escuchar los propios mensajes que se fueron produciendo dentro del Revolucionario Institucional, anunciando la catástrofe a la que hoy se enfrenta el partido que, le guste o no a los demás, es clave para entender la construcción del México moderno.

Gran parte de la conformación política, social y múltiple del movimiento que ganó las elecciones y que representa el cambio de régimen, estábasado, centrado e inspirado en algunos de los deseos más importantes que dio y exhibió el PRI a lo largo de sus años de gobierno.

La desaparición tanto del PRI como del PAN desde el punto de vista de la importancia numérica, de la repercusión y del castigo que sufrieron el primero de julio, es un elemento que no es menor.

Hay que entender que se debe empezar desde cero. Y que ahora el nuevo régimen se consolidará, o no, en función de la inteligencia que tenga para plasmar, en los tiempos que se pueda establecer, el cumplimento de lo que se espera de él.

Mientras tanto los otros partidos están enfrentados a un proceso de catarsis y de depuración interna. Esto no pasó solo, alguien hizo que pasara y alguien debe de pagar por ello.

A partir de ahí, de la reconformación y definición de los partidos ya no tendremos sólo un contrapeso, que hoy por hoy, tanto en el Congreso como en la sociedad resultan casi imposible de tener. Tampoco hay que olvidar que los votos no son de nadie. Porque así como uno los entrega a cambio de lo prometido todo puede cambiar de sensación y situación. Por eso hay que empezar a reubicar quién y dónde puede construir lo que es el nuevo aljibe del agua democrática mexicana.