México y el mundo necesitan buenos médicos que diagnostiquen a tiempo las enfermedades y no buenos anatomopatólogos que hagan muy bien las autopsias.

Se trata de saber cómo vivir, no de qué se mueren.

Ahora camino al cementerio de elefantes, a la búsqueda de sí mismo, del tiempo y las revoluciones perdidas del Tata Cárdenas, de todo lo perdido, el PRI va a tener –no por primera vez porque ya hubo otras como Dulce María Sauri Riancho– una mujer presidenta.

No hay que quitarle a Claudia Ruiz Massieu los gestos de valor y casta que tuvo cuando todos los soles se llamaban Videgaray y la razón sólo salía de la cabeza del doctor.

Para su currículum y para su estabilidad moral y emocional quedará para siempre aquella tarde en Los Pinos en la que acompañada de Ildefonso Guajardo y Miguel Ángel Osorio Chong presentó su dimisión por la visita de Trump que había planeado el todopoderoso Luis Videgaray.

Resulta difícil saber qué fue lo que mató al PRI después de tanto poder y abuso, de tanto tiempo y oportunidades perdidas.

Basta con saber que el PRI no ha muerto, los fallecidos son los priistas que administraron y decepcionaron al pueblo de México durante muchos años y que en gran parte del resultado del primero de julio se haya contenido en el subconsciente nacional que la única candidatura priista, era la de López Obrador y la de Morena.

Es más, es el mismo partido con el que Plutarco Elías Calles se encontró después de la depuración de la Guerra de los Cristeros y lo llamó Partido Nacional Revolucionario.

¿Qué puede hacer la presidente del PRI? Ser mujer ya no basta, sobre todo en la era de #MeToo. Es más, siempre ha sido difícil ser mujer, porque es el oficio más complicado del mundo, en el que ninguna madre enseña a su hija a serlo.

En estos momentos la política es un valor que solamente se puede imponer a través de la fuerza de los hechos.

Golda Meir fue mujer y primera ministra de Israel. Le costó y le tocó a ella, después de la matanza de Múnich, tomar la decisión histórica escrita en sangre –casi como esculpidos por lo mandamientos de la ley de Dios aunque no hubiera un Moisés para recibirlos– que todo aquel que matara a un judío, no importaba el tiempo, el espacio, ni el lugar, moriría por ello.

Pero en esta situación algo destacable en la política –además de la maquinaria imparable del nuevo régimen– es que una mujer tan singular y ligada a la historia del priismo está al frente del partido. Ese priismo con sangre derramada, como la de Colosio, que sigue siendo una herencia colectiva que funciona tanto para Morena como para el PRI.

¿Cuánto se impondrá ella? ¿Cuánto le dejarán los demás? Y ¿cuánto, de verdad es posible recuperar al PRI fuera de Morena