Guelaguetza, ¿oportunidad o contradicción?

Oaxaca, Oax.- Hace varios años, el genial Germán Dehesa  viajó  desde la Ciudad de México a Oaxaca, lo cual le inspiró a escribir aquella magnífica descripción de nuestra capital a la que tituló “Un largo viaje”, que nos hace sentido a  oriundos y a todo aquel que la haya visitado: “Oaxaca es un antidepresivo que produce adicción. No conozco el mundo entero, pero en lo que conozco, no he estado jamás en una ciudad en la que quepan tantos colores, tantas formas, tantos olores y sabores, tantos y tan libres modos de ser como en Oaxaca. Sospecho que su ubicación no es geográfica ni histórica ni mítica, sino espiritual. Oaxaca es una zona abierta, generosa y hospitalaria.”

Es más que evidente la importancia de la derrama económica que esta temporada representa para el sector turístico oaxaqueño y por tanto para el flujo de circulante en la ciudad;  dicho sea de paso, este año la Secretaría de Turismo prevé que se generará una derrama económica superior a los 500 millones de pesos, así como la llegada de unos 114 mil visitantes, superando así a la temporada 2017. Pero más allá de los beneficios económicos, con todo y el tráfico y los gentíos que estos récords conllevan, la Guelaguetza hace fehaciente lo mejor de la identidad que como oaxaqueños nos une.

Sin embargo, en los últimos años esta festividad ha sido duramente cuestionada, señalándose un doble discurso que, por un lado, ensalza la grandeza y el orgullo por nuestros pueblos originarios, al tiempo de la persistencia de una agenda llena de focos rojos, que busca la reivindicación sus derechos y la salvaguarda de los recursos naturales de sus pueblos y comunidades. El reclamo, pasa por transitar de las políticas asistencialistas que solamente sirven de paliativos a la pobreza y marginación, hacia la instrumentación de estrategias integrales orientadas a promover su efectiva inclusión y autonomía.
La deuda es histórica, lo sabemos. Lo cierto es que con poco esfuerzo, absolutamente a todo podemos  encontrarle sus inconvenientes y contradicciones, la pregunta sería ¿es útil? ¿nos sirve? Está claro que la riqueza intercultural de nuestro Estado, conlleva una diversidad de situaciones y de puntos de vista que se manifiestan a lo largo del año y en diversas circunstancias, lo que nos convierte en una de las entidades más politizadas de México, me pregunto si acaso hace falta politizar también, las festividades de un mes que nos unen en regocijo, que llenan de música, color y experiencias nuestras calles; y que nos hermanan en nuestra identidad cultural.
Tampoco se trata de ser indolentes, sino asertivos, quiero decir, de poner cada cosa en su lugar. La Guelaguetza, le cuenta al mundo  quiénes somos las y los oaxaqueños, somos pueblos con un gran sentido comunitario, vastos en expresiones artísticas y culturales, ricos en recursos naturales y sobre todo, somos gente que sabe darse generosamente.
Así que podemos pensar la Guelaguetza como una oportunidad o como una contradicción, depende de cada uno. Por mi parte, prefiero quedarme con la convicción de que la cultura une, lo que los intereses y la política dividen, no por nada desde hace algunos años, experiencias exitosas a nivel global en procesos de pacificación y de reconciliación social, han recurrido a la cultura como vehículo de inclusión.
En definitiva, Oaxaca merece vivir sus fiestas en todo su esplendor, sin hacernos bolas en el recuento de nuestros lamentos. Quedémonos con lo bueno, revitalicemos los ánimos y vivamos nuestras fiestas sin reproches, pues si efectivamente queremos generar un cambio las vías deben ser constructivas, por ejemplo, canalizando las inconformidades en propuestas promovidas desde la sociedad civil, pero julio definitivamente es un mes donde la mejor consigna es ¡Qué viva Oaxaca! y ¡Qué viva la Guelaguetza!

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