Partidos: cambio, no gatopardismo

Para los tres partidos históricos de México –PRI, PAN y PRD–, refundarse, transformarse a fondo, no es una elección, sino una necesidad ineludible. El cambio tiene que ser a fondo, de revisión integral de su pla-taforma ideológica, su proyecto de país, comunicación hacia afuera, hacia la ciudadanía, y comunicación hacia adentro, democracia interna.

Los números, ostensiblemente a la baja en la elección presidencial, no dejan espacio alguno a la vacilación: 17 por ciento al PAN, la votación más baja en los pasados 30 años; 16 por ciento al PRI, la votación más baja en la historia, y menos de 3 por ciento al PRD, superando cualquier vaticinio oscuro, son un llamado a no posponer la toma de decisiones.

En su conjunto, apenas representan poco más de la tercera parte de la votación total, cuando su peso electoral sumado fue, históricamente, de más de 90 por ciento de las preferencias totales de los mexicanos. Casi seis de sus cada nueve electores se fueron esta vez hacia un movimiento emergente, de apenas cuatro años de vida legal, institucional, Morena.

Por eso es preciso, para esas importantes organizaciones y por el propio sistema de partidos, no quedarse en ejercicios de simulación o de postergación de los cambios sustantivos, no meramente epidérmicos.

No sólo cambio de nombres en las dirigencias, un ejercicio sano pero insuficiente, hay que revisar ideas, métodos y procedimientos. El PRI y el PAN han anunciado o iniciado los primeros movimientos, pero el camino de la refundación significa mucho más que eso. El PRD seguramente se apresta a dar sus propios pasos, algunos voceros hablan incluso de cambio de siglas.

Para el PAN el reto no es minúsculo, conservar o más bien restablecer la unidad interna, sobrevivir a los grupos que se disputan la dirigencia desde los más diversos orígenes regionales e ideológicos, arrogándose la misma legitimidad para hacerse del control del partido. Para el PRD, no subsumirse en el movimiento que lo sorprendió desde el mismo flanco ideológico, es imperativo e inaplazable.

Pero para el PRI el reto es mayor, pues es el que tiene la mayor presencia territorial, con comités en toda la geografía nacional, que exigen cambios desde la base, no dictados desde la cúpula. Es una formidable fuerza política y electoral que no fue cabalmente detonada en una campaña presidencial vertical y excluyente, secuestrada por un grupo.

El diagnóstico está claro: además de la falta de capacidad para comunicar y capitalizar los activos gubernamentales, se marginó a la militancia en la operación política de principio a fin, en el día a día de la campaña. El autismo político fue un experimento costoso para el partido en su conjunto, pues la estrategia fallida terminó contaminando a todos los procesos concurrentes.

Pero no podemos quedarnos sólo en el diagnóstico crudo, hay que pasar a las acciones concretas para enmendar el camino y retomar la ruta del éxito: el rencuentro con la militancia de base y con la sociedad mexicana.

La derrota en los 300 distritos y en las 32 entidades del país, nos habla de la necesidad de trascender los estrechos alcances del gatopardismo, el cambio cosmético para seguir igual, el reciclaje de las cúpulas y la conservación de las fórmulas caducas. Habrá que revisar lo que no funcionó y a partir de ahí, sin contemplaciones ni medias tintas, transformarse para responder a los reclamos de las nuevas generaciones, los millenials, que no se sintieron mínimamente representados.

Encabezar nuevamente el cambio con una agenda ambiciosa que no desestime las asignaturas pendientes, pero con enfoque de modernización: desde la autosuficiencia alimentaria con un campo reivindicado hasta la apuesta decidida por el futuro, con sus cuatro pilares: la educación, la ciencia, la tecnología y la innovación.

Un país heterogéneo como México necesita partidos fuertes, representativos de su pluralidad. La democracia requiere gobiernos con capacidad de resolución, pero también contrapesos institucionales. Ni un Poder Ejecutivo precario con un Congreso paralizado –fenómeno que por décadas padeció el país–, ni un gobierno sin restricción alguna, no por vocación de quien recibió un indubitable mandato legítimo, sino por falta de organización, crecimiento y contención de las demás fuerzas políticas.

Es responsabilidad de cada partido político definir su propia estrategia de cambio interno y de interlocución con el pueblo de México. Para los tres partidos, centro, derecha e izquierda, no hay mañana. De actores principales pueden pasar a fuerzas testimoniales. Para el PRI, en especial, que en otros momentos ha sabido escuchar el llamado del cambio, es la hora de aprender la lección de las urnas y emprender ya su cuarta transformación.

Cambio real, no gatopardismo superficial.

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