La presa política

Aquel día cuando amaneció la maestra Elba Esther Gordillo en San Diego –mientras daba órdenes a sus capitanes de que prepararan el avión para ir a Toluca donde la esperaba el Comité Ejecutivo de su sindicato– sabía que algo iba a pasar.

La gran pregunta es: ¿Por qué vino? Tal vez porque le dio un riñón a su marido.

La historia se puede retrasar algunas veces o intentar que no sea como nos parece que debe ser, pero al final la historia siempre gana. Hay un determinismo que hace que las cosas pasen.

A Gordillo no la detuvo la Policía Federal, ni se le instruyó un proceso político por órdenes de un Presidente. Desde el efecto de “La Quina” se marcó la diferencia entre quién sabe gobernar o no, pero la gente ha olvidado que además de la autoridad de Salinas había que tener su inteligencia y su manejo de situaciones para que los “quinazos” no terminaran en un “patinazo”.

Y Peña Nieto junto con su Golden Boy, Aurelio Nuño, y con su verdadera conciencia, Luis Videgaray, decidieron que había que “arrodillar” a la maestra porque en algún momento llegaron a creer que eran iguales.

Al final, está escrito en las estrellas de México que no es que sea el Tlatoani, es que “si el presidente pide que se agache, usted se agacha”, como decía Aurelio Nuño.

No se arrodilló, o no le dieron tiempo.

Una vez más la ley al servicio de la política creó un caso y un escándalo para conseguir un producto que, en medio del tsunami del triunfo del pueblo de México del 1 de julio con su presidente ya electo López Obrador, provocó que todo esto apareciera como figuras distantes. ¿Quién es Peña Nieto?, ¿de quién es este gobierno? y ¿qué pasó con la reforma?

Primero, porque han dejado de gobernar. Segundo, el pueblo de México no es que no los eligiera, los castigó con crueldad. Y tercero, porque el nivel de confianza que tenían es el mismo en el que está inspirado el proceso político que ha sido determinado por los jueces.

Ahora es fácil meterse con este gobierno y con esta presidencia.

Pero hay algo que es cierto. De este sexenio –el de las reformas apuntadas pero no consolidadas y muchas de ellas en revisión, la batalla perdida que se completa con el frente a la violencia– el caso que se recordará más será el juicio contra Gordillo.

La historia no tiene vuelta atrás y según dice AMLO “olvido no, perdón sí”.

Cinco años son muchos para la vida de una persona que ve como amanece y anochece desde la misma celda, da lo mismo que fuera en el hospital y luego en la sala de su casa. La verdadera prisión es la condena social de estar presa después de todas las acusaciones.

No hay que olvidar que en medio de todo esto, tal vez por designio divino o porque cada uno pagamos las cuentas de manera distinta, tuvo que enterrar a su hija, quien murió en medio del proceso.

Los presos son seres humanos y los reclusos políticos no son menos. Pero sí quiero recordar la lección que Mandela enseñó a todos los presos, “para ser libres no sólo debemos deshacerlos de las cadenas, sino vivir de una manera que respete y potencie la libertad de los demás”.

Digo esto porque no sé si Gordillo se retirará o seguirá. Seguramente, por su carácter, continuará.

En cualquier caso, en este proceso y regeneración moral en la que está metido el país, esto debe servir para hacer personas mejores y más fuertes.

En cuanto a los demás, no importa que uno no quiera perdonar. “Mía es la venganza…” dijo Dios.

Aunque uno quiera perdonar a todos los enemigos, los países tienen vida propia y aunque uno se comprometa, nunca sabremos quién pagará por este proceso penal político.

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