Es sabido que la fe mueve montañas y que la voluntad forja pueblos.

No estoy de acuerdo con todos los que critican la afirmación del presidente electo de que no será posible, a corto plazo, sacar de las calles de México al Ejército y a la Marina.

López Obrador ha tenido que hacer una adecuación a la realidad, sobre todo, después de hablar con el secretario de la Defensa y de la Marina y así saber la situación real de la seguridad del país.

Es verdad que recoge, no un país de panteones y cementerios, recoge a un país en quiebra y la más peligrosa es la moral.

Desde el punto de vista de lo que es la defensa de las calles y del Estado, yo no quiero ser ingenuo en el sentido de que pese a todos los soldados en la calle y a las operaciones de la Marina, fíjese usted en la estadística de cada cuántos minutos muere de manera violenta un mexicano.

Estoy de acuerdo en que uno de los mayores problemas a los que nos enfrentamos es a la consecuencia casi centenaria de la desigualdad social, en la que no habrá paz, hasta que en primer lugar no haya justicia nacional. Pero al mismo tiempo y mientras se producen todos esos acomodos y la realidad no juega a destrozar los sueños de grandeza, ¿qué haremos para no morir en vez de cada diecisiete minutos, cada siete minutos por las calles de nuestro país?

Hay muchas responsabilidades que exigirles a los que estuvieron antes de los que van a llegar. Y no me refiero al último sexenio. Si se fija bien, desde el gobierno que terminó en 1994, el de Salinas, la política de seguridad ha ido por una razón u otra de mal en peor, hasta llegar a la situación en la que estamos.

Lo más importante es que hemos invertido verdaderas fortunas en crear policías de confianza. Una y otra vez hemos comprado los polígrafos y los técnicos, hemos hecho pruebas, quitado las armas a los policías de los distintos niveles de gobierno y se las hemos vuelto a dar y al final del día seguimos donde estábamos hace doce o trece años.

Peor mucho peor, porque naturalmente lo que nunca se detuvo fue la industria del crimen, el salvaje incremento de las drogas y venta de armas desde Estados Unidos hasta nuestros cárteles que se les coloca en una situación de superioridad –muchas veces a las armamentistas– frente a las armas con las que tienen que combatir el Ejército o la Marina.

Esto es la suma de muchos errores. No va a ser fácil y será terrible. No basta con ocurrencias, ni con buena voluntad y deseos de terminarla. Vamos a necesitar invertir en restaurar la confianza, la moralidad y desde luego la eficiencia en las fuerzas de seguridad.

Pero todo esto no debe ser confundido con una situación en la que ahora, precisamente porque nos encontramos un país quebrado, juguemos a quebrantar algunas de las pocas instituciones que quedan.

El Ejército y la Marina han cometido errores, pero sin duda alguna el mayor error lo cometieron sus comandantes en jefe al sacarlos a las calles y ponerles hacer labores para las que no estaban preparados.