Estoy feliz.

Ya tenemos TLC.

Si el mundo fuera justo y no estuviera en manos de alguien tan mercurial como Trump, esta noche destaparía una buena botella de Tequila y brindaría por el éxito.

Pero nunca olvidaré que Trump es Trump y que al final del día, él se mueve, funciona y siente en un mundo que sólo es suyo.

Usted se imagina a cualquier hombre que pueda sobrevivir pensando que cuando se tiene éxito lo que hay que hacer es agarrar a las mujeres por el sexo y ¿tirar de ellas? No. Sólo Trump.

Y lo peor es que eso lo hizo antes de la elección. ¿Cuántas mujeres que fueron potencialmente víctimas de ser agarradas por su género, le descubrieron?

Nunca lo sabremos.

Ver la cara de Luis Videgaray en el Despacho Oval pasando revista frente al maestro Trump, era una cosa emocionante. No es sólo lo que significa para México, ya llegará la hora de sacar la cuenta en la Casa Blanca.

Él tuvo razón, después de todo. Videgaray fue una parte fundamental de que Trump ganara las elecciones. Cuando lo invitó a que viniera, era un perdedor. Después de insultarnos al llamarnos asesinos, violadores y drogadictos y que lo recibiéramos como jefe de estado, volvió a recuperar sus posibilidades.

Ildefonso Guajardo – sin duda alguna el mejor profesional que hemos tenido– negoció un asunto tan difícil porque, además, se ha tenido que hacer en dos campos

Una cosa era el TLC que le convenía a México. Y otra era el tratado que le conviene al ciudadano Videgaray

Hemos tenido, al final, la suerte de que los plazos se han terminado y que gracias a Cohen, Manafort y a todo lo que de verdad le importa a Trump, ha decidido dejarlo pasar.

Pero eso no significa que el TLC ya esté del otro lado.

Porque con Trump nunca nada está del otro lado.

Me emociona y enorgullece, como mexicano, ver en el Despacho Oval, sentado al representante del “gusto del populismo”. Aquel que desde Enrique Peña Nieto, hasta cualquiera, se dedicaron a hacer la anti-campaña consiguiéndole treinta millones de votos.

Seade, quien es el enviado de López Obrador hizo su parte de manera impecable, junto a Guajardo y Videgaray –que no sé muy bien en qué lado situarlo, si en el estadounidense o el nuestro– representan lo que es una de las grandes victorias de la convivencia y la civilidad de nuestro país.

Ojalá que dure, y que el tratado con Canadá se consolide. Si no, por lo menos hemos solidificado la imagen de un país que no es temible y terrible, que no está a punto de convertirse en Venezuela, sino que sólo quiere ser un México más igualitario. Y que además tiene funcionarios que pueden saltar por encima de las ideologías, las conveniencias electorales y –como le pasó a Guajardo– firmar lo mejor para el país. Aunque no fuera lo más conveniente para el secretario de Relaciones Exteriores.

Este TLC no es el hijo de Jared Kushner y Donald Trump. Es el fruto de las debilidades de Trump, acosado por la larga lista de cosas que más pronto que tarde terminarán por darle una salida, esperamos que definitiva, del Despacho Oval.

Mientras tanto, nosotros hoy debemos celebrar y no debemos dejar en manos de las reacciones mercuriales de Donald Trump -que es donde estamos- nuestro ejercicio de civilidad política y social. De haber sido capaces, en la transición, de hacer un equipo que ensamble el México que se va, o sea el de Peña Nieto, con el México que viene, el de López Obrador.