Siempre me asombró que con más de treinta y dos mil desaparecidos la situación fuera tan pacífica, en relación con las demandas, marchas y exigencias de los familiares de las personas con paradero desconocido que tenemos en México.

Siempre me pareció que podían tener razón, en parte, aquellos que decían que muchos de los que figuraban como desaparecidos simplemente habían huido o no fueron físicamente eliminados, sino que por una y otra razón un día se habían ido de sus entornos de manera voluntaria y no querían volver.

Ahora –a lo largo del país– uno se da cuenta de que con los foros de la paz el tema de los desaparecidos, como tantos otros, era o estaba metido en una botella donde el gas estaba taponado y que estos foros significaban dejarlos salir.

Tenemos muchos problemas de seguridad. El primero es mantenernos vivos y el segundo es si no habremos entrado en tal crisis en la que ya tenemos no solamente el problema de los cárteles, sino cuántos de ellos aparte de ser malos, pueden ser estrategas o tener la capacidad de dirigir organizaciones que no pasen por eliminar o matar –de manera tan gratuita– a la sociedad civil.

El Estado ha perdido esta batalla y combate. Además, se ha manchado las manos obligando a quien no tenía por qué ensuciárselas en la defensa precipitada de una situación que nunca se acabó de entender bien.

¿Cuándo fue la última vez que los cárteles tuvieron un cierto orden? Porque al final del día hay una experiencia que suelen decir todos los que tienen una larga historia de lucha contra el crimen, que es: al crimen no se le combate, se le administra.

Y en ese sentido, yo tengo la sensación de que desde el año 2006, cuando llegó Felipe Calderón, lo que se hizo fue plantear, en las peores condiciones, una batalla frontal que nunca podría ganar el Estado mexicano.

Primero, porque llamarle “guerra” es humillar sin ningún sentido a las Fuerzas Armadas de México; segundo, porque en cualquier país, pero más en uno como el nuestro –con las características orográficas, sociales y sobre tod, por nuestros 3 mil 169 kilómetros de frontera con los Estados Unidos– vivir con el mundo de los cárteles, la droga, los ejércitos paralelos de ese hipermercado de venta de las armas, es algo que nos lleva a tener que estar en manos de todas esas condiciones que parecen que nunca podremos ganar del todo, pero que en algunos momentos sí se ha podido administrar y que ahora mismo están fuera de todo control.

El fuego no se apaga con fuego, pero tampoco se apaga echándole unas gotas de agua bendita encima.

Es claro que este modelo de seguridad y confrontación general no ha servido, como en el caso de los desaparecidos de la sociedad mexicana que han metido mucho gas.

Es hora de un cambio de modelo, el tema está en qué es primero, si el cambio del prototipo de las armas en emplearlo –a la hora de la ecuación– o bien, la adecuación del uso de armas y que genere como consecuencia, un nuevo modelo.

Sólo a partir de ahí será posible establecer lo que es el redescubrimiento de los policías, la eliminación del Ejército y la Marina de las calles y lo que es que el gas vaya saliendo sin que nos explote en las manos.