Después de un cierto tiempo hay un momento en el que las fotografías se van decolorando y adquieren ese tono que –no sé si es técnicamente correcto– se le denomina sepia.

Justo hace doce años había granaderos en las calles. El Congreso estaba tomado y el Ejecutivo Federal, de ese entonces, traspasaba vergonzosamente la primera puerta del recinto para dar su último informe como presidente de la República.

Afuera todo ardía y no era sólo la sensación del plantón, sino del robo. “Haiga sido como haiga sido”, en su momento, no fue solamente una vulgaridad expresiva, sino un agravio a la historia.

Por eso es justo y necesario reconocer que el color ha vuelto a la vida nacional y que esa fotografía de hace doce años, hoy está completa y absolutamente desterrada.

Me gustan los colores patrios. Siempre me han parecido de una gran plasticidad, sobre todo cuando nos ponemos solemnes.

Ver al presidente de la República, Enrique Peña Nieto, marcharse por el camino de la posteridad –flanqueado por el presidente del Senado, Martí Batres y por Porfirio Muñoz Ledo, presidente de la Cámara de Diputados– no sólo significa que todo puede pasar, ni que es el final de una era, sino que, se pongan como se pongan, es la historia que se fue construyendo a partir de ese dos de julio de 2006.

Ese día se cargó en el revólver de la transición mexicana la bala de plata que podía terminar con un sistema.

Aquel 0.56 por ciento, aquella duda sistémica y aquel “al diablo con las instituciones”, han dado esta realidad.

Y no la han entregado sólo por el éxito de uno sobre el fracaso del otro, sino porque todo el país ha dejado de tener el sentido de la dirección en la que iba.

Me gustan las fotos que marcan los cambios históricos. La foto del último informe de Enrique Peña Nieto es una que cuando pasen los años formará parte de toda la mitología nacional.

No solamente porque significará la llegada al poder de un partido como Morena. Sino porque tiene, en cierto sentido y por el momento, toda la plasticidad del triunfo de la democracia y de una reconciliación. No sé si se ha dado o no, pero por lo menos, se expresa gráficamente una tranquilidad sobre cómo será nuestro futuro inmediato.

Justo hace doce años el país ardía y yo quiero creer que estamos mucho mejor.