Las amenazas

Después de una situación tan increíble, injustificable y sorprendente como la que se vivió esta semana en la mítica explanada de la Rectoría de la UNAM, todo México se asombra de ver las calles llenas de estudiantes.

Unos universitarios protestaban mientras que otros agredían y apuñalaban. Creando un incidente que no sólo asombró a la mayor parte de la población, sino que, desafortunadamente me pareció que sorprendió a las propias autoridades de la institución.

La UNAM es uno de los grandes símbolos de México. La UNAM no es solamente la Máxima Casa de Estudios, sino que es la que ha formado un gran número de generaciones que a través de la permeabilidad social fueron gobernando y configurando la historia de los últimos cincuenta años en México.

A la gran pregunta de quién quiere desestabilizar a la UNAM y por qué, en mi opinión, es que resulta imposible desvincular a la institución de la especial circunstancia por la que atraviesa el país.

La seguridad continúa siendo la gran cuestión, el gran desafió. Las reacciones de los intereses que existen en este país no pueden ser todas civilizadas y amistosas como las que se han producido hasta el momento.

El presidente electo puede ser el integrador y perdonar a quien quiera. Pero el miedo es libre y hay mucha gente que se siente amenazada ante el inmediato futuro.

¿Quién puede estar detrás de esta operación de sabotaje del clima social que estábamos viviendo desde el 1 de julio?

Hay muchos candidatos a ocupar ese lugar en la UNAM. Pero en mi opinión, lo más importante es tomar nota de que la reacción ya comenzó. Siempre pensamos que no sería un paseo militar y que habría obstrucciones.

Lo que pasa es que las reacciones no sólo hay que colocarlas donde el candidato – y ahora presidente electo– las situó durante años, en la llamada “Mafia del Poder”. Sino que hay un amplio espectro de intereses en el país que pueden tener precisamente eso. Interés en mostrar y acelerar más los procesos de violencia y la faceta de un país –que no solamente tiene un Estado fallido– que puede resultar ser ingobernable, pese a la gran lección e inyección de democracia que tuvimos el 1 de julio.

El gobierno entrante no debería menospreciar esta situación, tendría que entender quién es el destinatario de este mensaje.

En cuanto al gobierno saliente, es quien tiene la obligación de que no haya más de ochenta y cinco muertos diarios por las calles, las plazas y los pueblos de nuestra república. Tiene la obligación de aclarar, investigar y sobre todo cortar este movimiento que claramente no sólo está organizado, sino que está dirigido a crear una situación de descontrol. Al darse en la UNAM, en la capital del país –mucho más allá del propio impacto del hecho en sí- tiene consecuencias políticas y sociales.

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