NIGROMANCIAS

DE LA NECESARIA PRUDENCIA

Jorge T. PETO

Los que no comunican al pueblo con precisión sus ideas sobre el Estado que van a hacer es que no las tienen y, hallándose por dentro vacíos, transmiten a las muchedumbres esas vacuidades interiores en sus discursos. Esto es lo que no puede ser, esto es
lo que tenemos que protestar.
J. Ortega y Gasset .

De las virtudes que los ciudadanos de las democracias “normales” exigen de los políticos, la menos publicada pero la más notable es la Prudencia. Desde los más remotos tiempos de que se tenga conocimiento de la política, los hombres prudentes siempre han tenido una gran autoridad moral sobre sus conciudadanos, lo que les ha validado el reconocimiento de ser guías y líderes de sus comunidades, naciones o Estados, según el caso.

Aristóteles, un clásico de la política, y de más cuestiones humanas, hablaba de las virtudes de los ciudadanos y de los gobernantes, colocando a la prudencia entre las más altas y dignas de ser imitadas. Aunque muchas veces mal interpretado, el mismísimo Nicolás Maquiavelo también elevaba a grado de virtud política el que “El Príncipe” se condujera con elevada prudencia para no cometer los mismos errores de quienes se dejan llevar por la ira, el odio y las bajas pasiones que provocan las torpes acciones y despiertan confusión y enojo entre la gente.

Podríamos seguir enumerando casos en que la prudencia ha sido una de las virtudes públicas más recurridas para hacer de la política algo más que una actividad ordinaria, sino toda una cuestión digna de ser analizada, reflexionada, criticada tanto por los humanos del sentido común como por los más grandes filósofos, de ahí su estatura de llegar a ser “arte”. Así, como un arte lo entiende, por ejemplo, Baltazar Gracián, y antes que él también los principales compiladores del Derecho Romano, a saber, Solón y Licurgo, Gayo, Ulpiano y Justiniano, lo mismo que en la práctica política Griega Alejandro Magno, discípulo de Aristóteles.

Dicho lo anterior, podemos aseverar, sin temor a equivocarnos, que en nuestro medio todavía existen resabios de lo que no debe ser la política. Desde luego que quienes practican esquemas caducos se asemejan a las bestias más peligrosas y salvajes, pues donde no hay ley, no puede haber más que fuerza bruta, esa que despierta los más bajos instintos animales; por consecuencia lógica no podemos esperar que en esas turbas exista algo que no sea la constante guerra de todos contra todos, en donde el vencedor suele ser el polo “vicioso”, el mañoso, el astuto, el bruto, características todas de las especies instintivas, no de las intuitivas.

Entre los animales estamos los seres humanos, sólo que con una “diferencia que hace la diferencia”, lo que en buena lógica se conoce como diferencia específica, es decir, la cualidad distintiva de los seres entre sí. En nuestro caso, esa diferencia, esa cualidad que nos convierte en seres humanos, es la racionalidad, la capacidad de pensar, de tener una idea y deliberar interna y libremente sobre ella, tenemos juicio y raciocinio; el buen ejercicio que se deriva de ello es lo que hace a un hombre o mujer prudente o imprudente, en lo social, en lo político, en la vida toda.

De acuerdo con lo anterior, tenemos que los términos de la política, comenzando con el propio que la define, requiere de revisión, bien sea para adecuarlos a la realidad de las circunstancias actuales, o bien para precisar los contenidos mínimos de ella. De tal forma que, al momento de establecer un diálogo necesario para la comprensión, el entendimiento y la explicación pertinente de las causas y consecuencias de los sucesos originados por los hechos naturales y la acción voluntaria de los seres humanos, podamos llegar a un punto de equilibrio, es decir, estemos en posibilidades de llegar a acuerdos y discutir los desacuerdos en las condiciones previamente establecidas por todos.

Así las cosas, bien haremos en no hacernos los occisos ni los amnésicos y recordemos que la historia de la humanidad se elabora a partir del vencimiento de las barreras que la naturaleza va imponiendo a la humanidad. Hoy quizá la tarea no sea vencer a la naturaleza, sino convencerse, la propia humanidad, de que es necesario construir una nueva historia, la del presente, para vivir en armonía, en un perfectible estado de civilización, en una culturización permanente, en una constante educación y, por ende, en una politización que nos permita poner en práctica lo asimilado del roce diario, del contacto que transmite lo mejor para el beneficio de todos sin exclusión alguna.

Acaso no hemos escuchado por los andadores políticos, en las plazas públicas, en las universidades, la corriente snobista que pretende ya imitar los patrones ajenos de conducta política, sin gran utilidad para el ciudadano. Por eso es necesario que antes de cualquier moda publicitaria, pongamos los pies en la tierra y nos ubiquemos perfectamente en nuestro contexto político nacional, es una palabra, bienvenida la prudencia.

La prudencia debe imperar en los nuevos tiempos; tiempos de transformaciones en todos los ámbitos, hoy nos ocupa la política. Son transformaciones que tienen su origen en procesos que no siempre son el fruto de decisiones conscientes y atentas a las consecuencias. Transformaciones que exigen la vigilancia de todos, para evitar los peligros que encierran. Pero también transformaciones (o cambios, aunque muchos se empeñen en que ya es un término sin sentido) que nos ofrecen posibilidades insospechadas de prosperidad material y espiritual que debemos aprovechar. Reivindicar esa conciencia de lo que pasa en la sociedad, la capacidad política, una política para la superación, al servicio del verdadero progreso, consciente, no el propagandístico-publicitario, el veraz no el falaz. Una política que reivindique la política y su dimensión de servicio público, una política que promueva el debate de ideas y afirme prudentemente convicciones.

Ahora mismo vivimos en un momento en que la política produce un gran escepticismo; tanto es así que se acepta como modelo gobernante al político que es capaz de gestionar la desilusión y el desinterés por lo colectivo. Ante ello, hace falta un cambio cultural verdadero, no de encuestas y sondeos. Necesitamos que cambie (aquí si cabe) el viento, que
ese cambio (aquí también) de clima podremos ver, si no los de hoy, los de mañana, la política tan soñada, la democrática, no bajo esas frías reglas del juego político como pretenden los que se autodenominan “realistas” de la política, sino como un servicio real a los intereses generales, al bienestar colectivo; así podremos entender que no basta con atender a las necesidades inmediatas de los excluidos o defender para los inmigrantes sus derechos como personas, sino que es necesario un trabajo político-administrativo más que simple terminología barata como esa mafufada “gobernanza” que enseñan en las universidades mejor “calificadas” por la cofradía del conocimiento-mercancía. Se trata de resolver las raíces del vergonzoso espectáculo de desigualdad que acompaña nuestra oficialoide prosperidad de la mano de la experiencia eficaz y la posibilidad creadora (madurez y juventud) conducidas de la mano de la más elevada de las virtudes políticas: prudencia.

La experiencia hoy es que ningún gobierno puede garantizar la continuidad del crecimiento, ningún gobernante sensato puede creer que él es el milagro, que él garantiza que las cosas van a ir bien. No se pueden ofrecer soluciones mágicas desde ningún nivel de gobierno ni para garantizar la estabilidad ni para llegar a un nuevo orden económico.

Pero es posible ofrecer a los ciudadanos una política que les dé garantías de futuro en este mundo de incertidumbres. Una política que mejore las condiciones convivenciales más que competitivas, para enfrentarse a estas incertidumbres y que dé a las personas concretas las mayores oportunidades para desenvolverse en esta sociedad. Confiemos, con los ojos abiertos, en que se trabaje en el sentido correcto con verdadera y no simulada honestidad en quienes se encarguen de ahora en adelante y hasta por seis años, de las políticas públicas; que nos hagan sentir su responsabilidad en los bolsillos de la gente, en la seguridad de las calles, en la convivencia diaria, en los diferentes ámbitos de la vida; suena a utopía que ni juntando a los reyes magos con santa sea factible quizá realizar este desiderátum. Pero sin utopías no hay progreso, no se avanza, caminemos hacia ellas en este erial político.

Utilizar la vieja máxima del príncipe, que por cierto en Maquiavelo no es textual, “el fin justifica los medios”, (aunque si se puede leer para quien usa un amplio código y etimologías latinas), puede ser válido si ahora ese bien es un prudente del poder a favor de una transformación de fondo no de forma, pues si bien vivimos en un mundo de apariencias, deben saber los flamantes encargados de la administración pública, pública repito, no se les olvide, que las expectativas son altísimas, el costo, por ende será altísimo y cualquier menosprecio a esas expectativas generará de inmediato la desilusión social y la disolución de la esperanza en la transformación. La ciudadanía no quiere un gobierno de imagen, de falaz publicidad, sino de imaginación, de idea y trabajo productivo, no mediático y virtual sino humano y real, si no es así ya saben el compromiso que protestan: el pueblo os lo demande.

Nadie puede evitar que haya tormentas y tempestades, pero se pueden hacer barcos más seguros, se puede enseñar a nadar y se pueden disponer medios de salvamento. Y además se pueden ofrecer a los pasajeros más oportunidades de decidir el rumbo, de estar informados sobre el tiempo que se avecina y de fiscalizar a la tripulación y al capitán. Si el señor que la ciudadanía ve como un mesías hace honor a su apellido seguirá marchando con el viento a su favor, seguramente que a pesar de ladridos seguirá avanzando (otra frase no textual pero sí “literal”-se lee pues- dijera la chaviza) si no es así el noble pueblo mexicano seguirá a la deriva. Volveremos con otras cuitas próximamente, mientras tanto que haya paz. Comentarios, menciones y mentadas a nigromancias@gmail.com twitter: @JTPETO