Política y socialité

“No se debe decir nunca el destino, hijo mío:diga siempre La Providencia” Stendhal, Rojo y negro, p. 199

1.- Binomio indisoluble

Desde hace mucho, pero sobre todo en los últimos tiempos, la política ha llevado de la mano a la llamada socialité. Hace una semana, en Puebla, se llevó a cabo una boda de postín que despertó la crítica más descarnada hacia el presidente electo Andrés Manuel López Obrador y su discurso neopopulista. El primer escándalo de lo que con eufemismo se ha llamado la “Cuarta Transformación”. Una boda “fifí” que contrasta con la austeridad republicana y demás palabrería. Lo que levantó ámpula es la incongruencia, la simulación, la doble moral. Pero este caso no es el único. El binomio política/socialité se ha generalizado. Hay quienes en el pasado se cuidaron de no caer en esa tentación. Otros no. Hacen gala y ostentación de ello. Poder y frivolidad son un binomio indisoluble. El político encumbrado es mayordomo y Santo Patrón; padrino y labrador de cera; el que va en la procesión y repica las campanas.

“Es el efecto de las vanas pompas del mundo –decía Stendhal- al parecer están acostumbrados a ver caras jubilosas, verdaderos teatros de mentira”. (Rojo y negro, RBA Editores, Barcelona, 1994, p. 145). Repartir favores, legitimar a los ungidos como esposos, ahijados, compadres, es parte de la farándula del poder, que describen con lenguaje poco coloquial las revistas de frivolidades, también llamadas “del corazón”. Insistimos: lo anterior no es la excepción. El mal permea por doquier y se ha vuelto escena común. Hay quienes no sólo han sido mayordomos sino padrinos de bodas, de reinas del carnaval lésbico gay, de bautizos, ferias, velas, etc. Los gobiernos que recién se estrenan o apenas caminan hacia ahí –ya lo vimos- tienen que sortear la presión de operadores políticos o cercanos, que insisten en el compadrazgo. Y quienes buscan la liga espiritual no lo hacen despojados de prejuicios, sino con una idea obtusa –perdón por la analogía y parafraseando a Honoré de Balzac-: “De ser esbirro, pertenecer a la diplomacia”. (Un asunto tenebroso, Bruguera, traducción de Rafael Cansino Assens, Barcelona, 1991, p. 33).

2.- Entre el jolgorio y la banalidad

Quien haya leído La Comédie humaine de H. Balzac (Gallimard, 1976), debe haber descubierto cómo se mueven los entretelones entre el poder político y la frivolité. La Francia de mediados del XIX parece reproducirse. Es una buena lectura para conocer la historia. Hay quienes obnubilados por el poder, con certeza no les intersa. Menos a los corifeos y apologistas; francotiradores y lame-huevos. El genial Baltasar Gracián lo dijo con demoledora ironía: “Para que quieran se les debe ganar la boca con el corazón: no hay magia como el buen servicio, y para ganar amistades el mejor medio es hacer favores… si hay algunos que no están de moda, ni se les imita”. (El arte de la prudencia, México, Planeta, 2009, p. 98). Gobernar pues ya no será la prioridad, hay que ganar favores o forjar compromisos con actores políticos, sean éstos electorales, sentimentales o espirituales. Y así, el poder gubernamental puede caminar entre el jolgorio y la farándula; las nimiedades y la superficialidad; entre la rumba y la bachata.

3.- Vicios privados, virtudes públicas

Ser padrino o testigo de un dispendio, derroche o desfogue de una boda, bautizo, aniversario, etc., puede no tener la menor importancia, con una salvedad. En la vida pública no hay quehacer privado. Don Daniel Cosío Villegas lo dijo: “tenemos que hacer pública la vida pública”. Ésta, figura en un escaparate, que hoy las redes sociales pueden develar en un instante. “¿Qué es la arena pública? –Se pregunta Zygmunt Bauman-: Un espacio de acceso abierto a quien quiera y desee entrar, mirar, escuchar. Todo lo que se ve y oye en la arena pública, en principio, puede ser visto y oído por cualquiera”. (Daños colaterales, FCE, México, 2015, p. 117). Es decir, todo lo que se haga fuera, siendo figura pública, puede ser asumido como discrecionalidad o burda opacidad.

 

BREVES DE LA GRILLA LOCAL:

El sector salud ha sido desde hace algún tiempo, una cloaca de incompetencia, vicios, descapitalización e ineptitud. En menos de dos años que lleva la actual administración, ha tenido cuatro titulares. Pero lo peor es que lejos de salir del marasmo, se sigue echando la cinta atrás. “El culpable es el anterior”, un síntoma de incompetencia. Hasta hace unos días el fantasma de la crisis era Gabino Cué/Germán Tenorio. Ahora también es Ulises Ruiz/Martín Vásquez. La pregunta es: ¿qué se ha hecho para remediar la crisis, que no sea más que lamentarse del pasado?

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