La fiebre de cuestionamientos acerca del triunfo electoral del MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional) pero sobre todo de su encumbrado y mesiánico líder AMLO (Andrés Manuel López Obrador) no ha cesado de ser el pan nuestro de cada día; muchas respuestas a otras tantas preguntas intentando explicar las causas de esa incuestionable jornada electoral y del inédito ascenso de la autodenominada “izquierda mexicana” (ya inexistente; en realidad es más una especie de “ensamble variopinto”) desde las más absurdas y estúpidas hasta las más concienzudas y razonadas.

Una vez asimilado, mejor dicho, resignado, el Qué (¿qué pasó?) las interrogantes se dejaron venir como torrencial aguacero que al caer se formaba en casi una inmensa nevera de miles de estériles o inútiles ¿Por qué? Pero esas dudas muy del modo “el tío lolo” (hacerse el pendejo sólo) eran aun más huecas cuando de la contraparte se trataba. Justificar las derrotas, salir del marasmo y la perplejidad era algo sumamente complejo para quienes a pesar de sentir el temblor no se hincan, dijeran los creyentes; menos aun cuando pensaban en un milagro ciudadano de revertir la intención del voto a partir del miedo y el temor a los demonios, ahora muy tímida e inseguramente desatados, por cierto; como si el miedo y la inseguridad les ganaba a ellos mismos, su propio karma. Solo unos cuántos viejos lobos, diablos y verdaderamente experimentados en esto de la política supieron guardar distancia; muy probablemente sean los indicados de recomponer sus averiadas naves, si es que estas tienen reparación o regeneración para usar el término extraoficial.
Así pues -como en el mejor de los cuentos de ciencia ficción o de terror- los otrora grandes partidos políticos y potencias electorales, invencibles ante cualquier circunstancia no pudieron ahora dominar sus peores atributos, la arrogancia, la soberbia, la egolatría, la “partidolatría”, la “tíololez” y todo aquello que hace “incomunicante” e incomunicado a un actor político, como la sordera, la ceguera, la insensibilidad, etc., todo eso y más los llevó directo al abismo y al vacío empático. Su creciente apuesta por la Adiáfora -Bauman- los volvió más cínicos, más intratables, más burbujas. Su A-demos los llevo a la A-cracia o lo que es lo mismo, su negación del pueblo, los llevo a negarse toda posibilidad de gobierno. Como en los cuentos pues -decíamos- se preguntaron y se siguen preguntando, incrédulos: ¿Qué pasó? Luego quisieron y siguen queriendo, pero no han podido, explicarse ¿Por qué paso? Y las respuestas son sencillas: Ganó el Peje y ganó por la misma razón por la que perdieron los dos que ya gobernaron y el otro que se empecinó en ir de cómplice del pasado, el mismo pasado que le parió, a saber: Perseverancia es la palabra. El peje en conseguir el poder y los otros en insistir en perderlo a fuer de un valemadrismo arrogante– V.gr., excluir a la clase media de todos los derechos conquistados- más popular -léase anti- que el propio peje.
Ahora bien, la pregunta más importante que sigue y es la que debemos hacernos es la siguiente: ¿y para qué ganó? O mejor sea dicho, ¿para qué lo hizo ganar el pueblo y para qué hizo perder a los otros? Esa es la cuestión. Aquí si que debemos ser categóricos y respondernos con toda imperatividad, sin contemplaciones, pero si con fundamentos, argumentos o sentido común. No con las venas del odio, del rencor, del remordimiento, de la visceralidad, no. Con sensatez y lógica.
Y como parafraseando lo que escriben los enredados -de las redes sociales- sobre todo los de la levedad del Facebook: “dejaré esto por aquí y… no me iré lentamente”. Les dejo esa pregunta entonces para que nos ayuden a pensarle las infinitas respuestas que se ajustan a lo correcto. Por ejemplo, R. ganó para demostrar que no es un peligro para México. O también para R. para recomponer a las instituciones que tantas veces mandó al diablo. También puede ser que el pueblo lo haya hecho ganar para R. que demuestre que la democracia comienza respetando los disensos y el justo equilibrio en el ejercicio del poder, es decir, acatar la división de poderes y no ejercer la verticalidad del poder supra constitucional. En fin, respuestas hay muchas, en todas las materias de que nos podamos imaginar, políticas, jurídicas, sociales, culturales, económicas, educativas, deportivas, etc., cada mexicano que votó conscientemente por el así sea otorgándole del beneficio de la duda, sabe por qué lo hizo. ¿Para ser diferentemente mejores o seguir en lo mismo?
Desde luego que también los perdedores debieran hacer el ejercicio desde adentro primero, cuestionarse para qué los hizo perder la soberanía popular, esa misma que tanto ningunearon -basándose en las nuevas reglas de la real política, propias de las escuelas de gobierno de las universidades gringas ja ja-. Perdieron para que reformulen sus actitudes, sus formas y sus fondos más que sus documentos, reglamentos, principios, postulados y demás actas constitutivas; esas mismas que seguramente la gran mayoría nunca ha hojeado al menos. Es cuestión de poner en práctica sus discursos engolados de mentiras a la hora de gobernar. Es cuestión de… de un chingo verdades que se deben gritar hacia adentro, autocríticamente y no estar jugando a la gallinita ciega o al trenecito loco (cogiéndose unos a otros, jodido el que va adelante, paradójicamente).
Bien, por hoy es cuanto, perdón, es todo. Y como dijo una dama durante toda la campaña y ahora es tendencia en la jerga política que hasta los propios ex contendientes la usan, “al final del día” es bueno hacer un autoanálisis antes de dormir el sueño de la razón como ilustrara Francisco de Goya. Nos leemos en próxima colaboración, mientras tanto, que haya paz. Comentarios, menciones y mentadas a nigromancias@gmail.com Twitter: @JTPETO