Se llama tolerancia

El mundo está, sin duda, cada vez más loco y eso, a veces a mí, me da mucho miedo.

¿Qué diablos nos está pasando que después de todo lo que hemos pasado como humanidad no solo no aprendimos la lección, sino que estamos haciendo todo lo posible por regresar a la edad de las cavernas?

En pleno siglo XXI la gente está votando por personas que emiten discursos de odio y extremismo y por lo tanto dan permiso a que la gente actúe conforme a ellos. Se asesina a golpes a personas por su orientación sexual, o se les “prohíbe” tener una diferente a “la normal”. Se balacean en un templo a personas profesando una fe distinta a la del agresor. Se exterminan poblaciones completas en aras de ideologías y religiones mientras el mundo ve para otro lado. Se mueren de hambre, de enfermedades, de pobreza, millones de personas en lo que otros derrochan cantidades de dinero en estupideces.

Caravanas de personas dejan todo atrás porque no tienen nada más que perder… que la propia vida. Personas y jefes de gobierno que lejos de sentir empatía y horrorizarse por las circunstancias que originan los hechos, se sienten amenazadas. Líderes que lejos de incluir y conciliar un país roto, descalifican, señalan y ponen apodos infantiles y ridículos a todo aquel que no piense y haga su santa voluntad y, por si no fuera suficiente, se burlan o desacreditan a las minorías públicamente. Líderes enfermos de ego sordos y ciegos a las consecuencias que sus decisiones, arbitrarias y manipuladas, tendrán en en el futuro de sus países y de las personas que inocentemente votaron por ellos.

Nada ¡nunca! va a mejorar con la violencia.
La violencia y la agresión como eje de las relaciones humanas. Como el coach de un equipo de fut que este fin de semana nos deleitó con las instrucciones a sus jugadores —de 11 años— que incluían cosas como “quiébralo”, “entra más fuerte”, “acábalo”, “los vamos a destrozar” y un sinfín de insultos al otro coach —que era el Sponsor— porque “yo sí los entreno para ganar, pendejo”…

O la gente que va por la vida cumpliendo las leyes y las reglas que le convienen y cuando les convienen como si fueran opcionales. Y que pretenden vivir en comunidad sin tener el menor respeto por el orden, los acuerdos y los sistemas cuando estos no les favorecen.

¿Qué mundo estamos dejándole a nuestros hijos? ¿Qué tipo de ejemplo les estamos dando? ¿Qué clase de personas estamos formando?

No sé ustedes, pero yo necesito que los míos entiendan que ¡así no va!

Demasiadas consecuencias espeluznantes ha tenido que pagar la humanidad para que sigamos repitiendo las pendejadas hechas anteriormente.

¡Necesitamos hacer las cosas diferentes oigan!

¿Cómo?

Enseñándoles que se puede opinar distinto.

Querer distinto.

Rezar distinto.

Actuar distinto.

Que nadie es mejor que nadie.

Que los derechos son universales.

Entender que si tienes la “suerte” de no pertenecer a una minoría —y digo suerte, porque suerte es no tener que ser señalado, perseguido o agredido ¡por ser tú! como sea que seas— tu responsabilidad es proteger, respetar y hacer todo lo que esté en ti por que aquellas minorías dejen de ser minorías y no porque crezcan o no, sino porque no sea necesario distinguirlas. El hecho de que las clasifiquemos distinto es per se una tragedia, porque no, no debería de ser un tema.

Debería simplemente poder ser.

Si queremos que el mundo sea un mejor lugar para vivir necesitamos trabajar desde nuestras familias.
Cuando el mundo se pone loco como hoy y me angustia pensar en dónde vamos a parar, pienso en eso. En seguir haciendo mi trabajo, desde mi trinchera. En formar personas respetuosas, abiertas, empáticas que reciban todas las posibilidades como una posibilidad. Así nada más, sin darle una segunda pensada, simplemente aceptar al otro tal y como es.

Que no hereden los prejuicios de sus papás y sus abuelos. Que no señalen al otro por ser diferente, sino que abran los brazos a la diversidad y aprendan de ella. Que no critiquen y juzguen al otro solo porque no es como uno, o piense como uno, o actúe como uno.

Personas que juzguen menos y acepten más.

Que hablen menos y escuchen más.

Que entiendan que todo el mundo tiene derecho a tener su opinión y que el hecho de que sea diferente a la suya no la hace menos importante, ni debe de ser una razón para la discordia, ni para calificar al otro de pendejo.

Que puedan estar de acuerdo en no estar de acuerdo.

Que sepan que la diversidad nos enriquece. Y que nadie elige ser quién es, simplemente es y eso solito, merece nuestro respeto.

Que el otro pueda ser es fundamental para vivir en paz.

Que sepan seguir las reglas elementales de convivencia y de una comunidad para poderla enriquecer y ayudar a que siga funcionando y que, sobre todas las cosas, entiendan que nada ¡nunca! va a mejorar con la violencia.

La violencia genera violencia y mientras no lo entendamos así y sigamos alimentando nuestro entorno de críticas, de agresiones, de cerrarnos las puertas en la cara y dejarnos de hablar en nuestras propias casas, esto solo se va a poner peor.

Si queremos que el mundo sea un mejor lugar para vivir necesitamos trabajar desde nuestras familias. Enseñarle a nuestros hijos a resolver sus temas desde la inteligencia y no desde la prepotencia, la arrogancia y la violencia.

Lo que necesitamos para el futuro son hombres y mujeres obsesionados con conectarse, con respetar, adaptarse, incluir y permitir que cada quien sea quien es.
A saber estar enojados sin lastimar. A manifestar nuestras inconformidades sin desacreditar al otro. A dar espacios para el diálogo, las diferencias, la paz.

Perdón, pero permitir que tu hijo este en un equipo en donde el coach los alecciona continuamente a agredir al otro es todo menos una conducta deportiva o enriquecedora de ninguna manera ¡Sáquenlos de ahí!

Lo que necesitamos para el futuro son hombres y mujeres obsesionados con conectarse, con respetar, adaptarse, incluir y permitir que cada quien sea quien es… no obsesionados con ganar a costa de lo que sea y pasando por encima de quién haga falta. Y que no solo permiten, sino repiten los discursos de odio.

Necesitamos personas preparadas para conciliar, no para “destrozar”.

Que sepan generar entornos armoniosos, basados en el respeto, aprendiendo de los errores del pasado para no repetir y especialistas en tender puentes para hacer la paz y volver a empezar siempre que sea necesario.

Eso, como todo lo demás, se enseña con el ejemplo, se llama tolerancia y nos urge incluirlo en la dieta diaria de nuestras familias.

Sean el ejemplo. Sean el hoy el futuro del mundo que queremos.

Seamos.

 

* ‘HuffPost’ México.