Un bronce con sabor a fracaso

Oaxaca, Oax.- Los 42 kilómetros 195 metros que separan a un atleta de alto rendimiento  de la gloria en la maratón olímpica han sido cuna de historias fantásticas. La prueba más demandante en unos juegos olímpicos, ha engendrado infinidad de sucesos; algunos de éxito y, otros de tragedia sin par.

En los primeros días de enero de 1968, Kokichi Tsuburaya, con una navaja de afeitar se cercenó la carótida en su habitación en la concentración del equipo japonés de cara a  los juegos de ese mismo año en México. Sostenía en una de sus manos la medalla de bronce que había ganado casi cuatro años atrás en la maratón  olímpica de  Tokio. Junto a su cuerpo inerte,  se encontró una nota que decía: “Estoy demasiado cansado para  correr más”. El fondista, nació en el Imperio del Sol Naciente, un año antes de que su país bombardeara a los Estados Unidos en Pearl Harbor.

Desgraciadamente para Tsuburaya,  en aquella extenuante carrera del 21 de octubre    de 1964 en donde ganó aquel bronce,  corrió contra el etíope Abebe Bikila, quizá el mejor corredor de fondo de la historia; un verdadero Dios del atletismo de  todas las épocas que, cuatro años antes había conquistado la gloria en suelo romano al ganar la maratón olímpica corriendo descalzo  y, se enfrentó también contra un atleta inglés que a todas luces estaba mejor preparado él.

Aquel día, un desfallecido Kokichi Tsuburaya  ingresó al estadio olímpico en segundo lugar  cuatro minutos detrás del inenarrable Bikila; faltando unos metros para la meta, frente a su público, fue rebasado por el británico Basil Heatley. Lo que para cualquier atleta de alto rendimiento pudiera ser la gloria, la mente de Kokichi la  procesó y entendió  como una  derrota y una lapidaria  humillación. Se propuso por todo ello,  para lavar su honor y reivindicarse con los suyos, ganar la medalla dorada en la próxima cita en   México.

Japón, con  aquellos juegos olímpicos del 64, buscaba primero una organización perfecta; y después, enseñarle al mundo que ¡Después de la Segunda Guerra Mundial, estaba de pie! Las medallas en otras disciplinas  caían pero, la ansiada presea no llegaba; tenían 28 años sin conseguir la gloria en el atletismo olímpico. Tsuburaya les había dado aquel día de octubre aquella enorme satisfacción.

Después de aquel tercer lugar, siendo militar, Kokichi fue sometido a un programa de entrenamiento inhumano; se le obligó a distanciarse de su familia y amigos, incluso de su novia con quien pensaba casarse  antes de viajar a México. Al final de 1967, su organismo colapsó, su cuerpo se rompió; pasó  dos o tres meses internado en un hospital; a su regreso a los entrenamientos se dio cuenta que sus piernas ya no eran las mismas de antes. Supo en aquel trágico momento que, ganar en México era una empresa imposible.

Kokichi  terminó con su vida una madrugada apesadumbrado al comprobar que a la par del quiebre de su cuerpo, también estaban rotas sus ilusiones. Casi un ciclo olímpico sometido a esfuerzos impensables,  con un estricto régimen de entrenamiento que  le habían aniquilado. Consciente de su estado físico y quizá buscando evitar  alguna otra humillación fuera de su tierra, decidió terminar con su vida.

Esa cultura del honor que sigue impregnando hasta nuestros  días la existencia  de los nipones le permitió tomar aquella funesta determinación.  No tuvo después del 64 un rival más poderoso que él mismo. Cuando las lesiones apagaron las luces que iluminaban su meta, desafortunadamente para el olimpismo en el mundo, también dejaron a oscuras  su infortunada existencia.

Tuíter: @santiagooctavio

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