Los peligros del nacionalismo populista

A fines de septiembre de este año, los ministerios del Vaticano patrocinaron una conferencia titulada “Xenofobia, racismo y nacionalismo populista en el contexto de la migración mundial”. Un problema que sin dudas afecta también a los Estados Unidos. La conferencia lo definió de esta manera: “El nacionalismo populista es una estrategia política basada en promover el miedo de individuos y grupos para justificar la necesidad de establecer un poder político autoritario que proteja los intereses del grupo social o étnico dominante establecido en un territorio en particular. Es en el nombre de esta ‘protección’ que los líderes populistas justifican la negativa a ofrecer refugio, recibir e integrar a individuos o grupos provenientes de otros países o de diferentes contextos culturales o religiosos”.

Estamos siendo testigos de esta recurrencia a la exclusión como política de estado. En las últimas semanas, hemos visto esta situación llegar a un punto crítico con las llamadas “caravanas” que vienen de América Central a los Estados Unidos y que han sido apodadas como “la invasión”. El hecho es que son grupos heterogéneos de personas que vienen por diferentes razones.

Con la Ley de Refugiados de 1980, el Congreso hizo que los estatutos federales de inmigración se ajustaran a la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados, que fue adoptada cuando los Estados Unidos firmaron el Protocolo de 1967 sobre este tema. Los Estados Unidos están obligados por las leyes federales e internacionales a no expulsar o devolver a un refugiado cuya vida o libertad pudieran estar en peligro por su raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social particular u opinión política.

En el pasado, Estados Unidos ha sido un faro de libertad y esperanza para muchas generaciones de refugiados, personas en busca de asilo e inmigrantes. Si perdemos ese concepto de lo que nuestra gran nación es, nos convertiremos en un país muy diferente. Nos convertiremos en una plaza cerrada en la que no admitiremos a nadie que necesite ayuda, bajo ninguna circunstancia.

La admisión de refugiados por parte de los Estados Unidos ha servido de barómetro para el resto del mundo civilizado a la hora de recibir refugiados de diferentes países donde “su vida y su integridad” corren un grave riesgo. Cuando cerramos nuestras puertas, otros países siguen nuestro ejemplo.

Mientras remamos mar adentro en las profundidades de este nuevo período electoral, debemos tener en cuenta nuestras responsabilidades como católicos y cristianos. Debemos entender mejor los problemas y no ser arrastrados por las aguas del nacionalismo populista. A simple vista, parece estar protegiendo a los ciudadanos de nuestra nación, pero en realidad nos aísla a unos de otros y del resto mundo.

 

La Opinión

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