2018

Es el año de la quiebra moral del sistema político de la transición democrática. La causa es mucho más compleja que una nueva alternancia de partido en el poder o que el arribo de un presidente nominalmente de izquierda a Palacio Nacional. López Obrador y el vertiginoso ascenso de su movimiento organizado en partido son, en realidad, síntomas de la crisis del modelo que se esculpió en la piedra del pluralismo. De ese modelo que institucionalizó la desconfianza en las hegemonías de cualquier signo.

Los ciudadanos votaron por un presidente fuerte. Eso sugiere el grueso de las encuestas postelectorales. Con los sesgos de cualquier revelación retrospectiva, los ciudadanos parecen haber votado por un presidente con la fuerza parlamentaria para decidir en solitario. Si bien era previsible el triunfo lopezobradorista, fue sorprendente e inesperada su representación en el Congreso. El saldo insinúa que a los electores mexicanos dejaron de gustarle los gobiernos divididos: esas situaciones de distribución del poder que exigen concertaciones y transacciones. Desde 1997, más allá de los efectos de las reglas electorales, se había impuesto una suerte de voto estratégico: boletas que respaldan con cautelas. La elección de 2018, por el contrario, le entregó a López Obrador condiciones que ningún otro presidente ha tenido en la época moderna: la legitimidad democrática directa que no tuvieron los presidentes del autoritarismo y las mayorías congresionales de las que carecieron los de las alternancias.

Detrás de la opción por el cambio radical ronda, en realidad, el juicio a tres décadas de una frágil pero estable democracia pluralista. A los partidos de la transición, sobre todo los tres grandes que la fraguaron, les tomó por sorpresa su desprestigio. Subestimaron el desgaste de su representatividad. En lugar de repensarse, le apostaron al miedo y a la rabiosa conservación de sus privilegios en forma de alianzas de sobrevivencia. Y es que el episodio del pluralismo competitivo los mimó hasta el extremo de inhabilitar su capacidad de adaptación. El sistema de partidos moderadamente fragmentado y altamente disciplinado que diseñó la transición para la gobernabilidad, se quedó sin reflejos para responder con empatía a las angustias del presente. Extraviaron el relato de modernidad que les había reportado legitimidad social y acceso al poder. Renunciaron a defender las líneas rojas de ese proyecto compartido de país que se empeñaron en edificar a través del diálogo y de las reformas. Se acomodaron en los códigos de mutua tolerancia a la corrupción. Facilitaron la captura de lo público desde lo privado. Indistinguibles en el vacío de programas, adictos al dinero y a las prerrogativas, ensimismados en las antípodas de las expectativas de las personas, ninguno tuvo la audacia para reanimar, con los correctivos apropiados, la condición pluralista de nuestra democracia.

López Obrador cosechó la crisis de eficacia del modelo y la crisis de confianza en los partidos. No engañó a nadie: el candidato pidió el voto para desmantelar el régimen de la transición y ganó abrumadoramente. Frente a la democracia instrumental, el asambleísmo; frente al gobierno sujeto a restricciones, el decisionismo; frente a la práctica del consenso, la virilidad de la voluntad. A la economía abierta de mercado, López Obrador opuso el regreso a la dirección estatal y a la vocación de autosuficiencia; a la técnica de la igualación por oportunidades, la compensación asistencialista a los perdedores del dominio neoliberal; a los dispositivos contramayoritarios que definen el núcleo esencial del Estado de derecho y de los derechos, la reconcentración del poder y la hegemonía del pueblo bueno. Esos son los términos del contrato social que el lopezobradorismo puso en la mesa. El guion de eso que hacen llamar la “cuarta transformación”. El proyecto por el cual votaron entusiastamente millones de mexicanos.

Es difícil anticipar si el presidente López Obrador tendrá éxito en la sustitución del régimen político. Dependerá, en gran medida, de que mantenga la cohesión de la amorfa coalición inserta en Morena y de que conserve el enorme respaldo popular con el que cuenta. También, de la capacidad de la oposición para ofrecer una alternativa que tenga sentido para las mayorías dolidas por la desigualdad, la corrupción y la violencia. Los partidos históricos, hoy muy cerca de la marginalidad, deben recuperar anímica e intelectualmente el espíritu de la transición. Dejar la añoranza a la restauración y dialogar de manera diferente con la realidad y el futuro. De ahí puede surgir justamente la alternativa: en la reivindicación sin rubores de los valores que le dieron forma y fin, con dosis suficientes de autocrítica para reconocer sus descarríos, desde la disposición audaz, valiente y creativa para diseñar, otra vez, algo nuevo.

 

El Financiero

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