La oaxaqueña Luna Marán produce Los años azules

La Jornada En el salón principal del Palacio de Bellas Artes, la productora oaxaqueña se encontró con dos cineastas colimenses, Isis Alejandra Ahumada y Nelson Omar Aldape; de inmediato los abrazó, efusiva. Eran inicios de junio, en la noche de gala del cine nacional, durante la entrega 60 de los premios Ariel. Recuerda la gozosa frase que les dijo: ¡No saben qué felicidad me da que la primera vez que yo obtengo una nominación ustedes también la ganen!, porque eso quiere decir que algo hicimos bien. Lo anterior, luego de siete años de esfuerzo para producir el largometraje tapatío Los años azules (México, 2017), dirigido por Sofía Gómez-Córdoba, que aparecía entre las cintas nominadas en la categoría de ópera prima de los premios que otorga la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas y que ya había ganado los Mezcales por mejor actriz para Paloma Domínguez y por mejor director en el 32 Festival Internacional de Cine en Guadalajara, además de mejor filme en Durango y en Guanajuato. Ellos competían en la categoría de cortometraje documental con Tecuani, hombre jaguar (México, 2017) y habían sido alumnos del Campamento Audiovisual Itinerante, del que Luna Marán es cofundadora como parte de la asociación civil Calenda Audiovisual. La feliz coincidencia, aun hoy, le parece grandiosa, pues cada vez hay más jóvenes que desean hacer cine. El cuello de botella cada vez crece más y los fondos públicos nunca van a ser suficientes, por lo que existe una radical diferencia de vida entre quedarte cuatro años atorado y frustrado, esperando a que salgas seleccionado en tu fondo y hacer tus películas con tus amigos o colaboradores o invertirle y hacer posibles esas historias que queremos contar, explica. Uno es lo que es Originaria de Guelatao, donde nació en 1986, la fotógrafa, productora, directora y gestora cultural resume su postura ante la creación cinematográfica: “Al final uno es lo que es. Nací y crecí en la sierra de Oaxaca y me tocó irme a Guadalajara a estudiar cine, y en ese transcurso vi otras formas de producción y otros dispositivos para consolidar proyectos. Desde mi contexto, lo lógico para mí es hacer procesos comunitarios; así está mi cerebro y creo que hemos hecho una muy buena dupla con Sofía Gómez-Córdova –en la empresa productora Brujazul–, que también lo entiende desde ahí. “Esto facilita la colaboración de mucho más gente. En ámbitos como Guadalajara, Oaxaca o Colima nos podemos permitir esa colaboración, quizá naive para mucha gente, pero así lo hemos hecho”, precisa Marán. Como participante de las asambleas trimestrales en su pueblo, Marán ha atestiguado los informes financieros y la dura fiscalización de los pobladores, que se enteran de cuántos pesos entraron o salieron. Deben argumentarse los gastos por mil pesos de más o de menos. Aunque los presupuestos cinematográficos le daban cierto miedo, ahora, con más experiencia, le resulta particularmente ofensivo que haya proyectos a los que les aumenten un cero o se roben seis millones de pesos. Los productores de Brujazul entendemos los presupuestos como un código de ética y también filosófico, no como una hoja de Excel a la que puedes ponerle un cero de más. Aunque se produzcan muchas películas –184 en 2018–, no dejamos de estar en un país con graves problemas, y con los 25 millones de pesos que cuesta una película en promedio, podrían convertirse en muchas cosas básicas de salud para la gente o se podrían instalar 12 salas de cine en todo el país, pues la responsabilidad del Instituto Mexicano de Cinematografía no sólo es producir, sino garantizar la exhibición y la educación, posibilitar la formación en todos los estados de la República, finaliza Marán, quien participa en la Red de Cines Comunitarios Aquí cine y en la sala Cine Too en Guelatao.