“La forma en que percibimos el mundo, es nuestra realidad, ya sea que tengamos conciencia sobre nuestras percepciones, o que simplemente nos quedemos con lo que nos han dicho y hecho creer siempre. En el primer caso, estaremos en control de nuestra vida, en el segundo seremos marionetas.” Manolo

De la percepción parte el sistema de creencias y de éste depende la calidad de vida. Quien perciba el mundo como algo amenazante estará asustado y actuará en consecuencia: envidiará, odiará, agredirá e incitará a la agresión, mentirá, maltratará, se excederá, traicionará y pasará sobre los demás egoístamente, así predique justicia y amor, que para eso existen lo que se llama autoengaño y simulación.

Así pues, cómo decía el físico austriaco Fritjof Capra, experto en teoría de sistemas, refiriéndose a la percepción: “cuando cambias la forma de ver las cosas, la forma de las cosas cambia”. Esto puede no ser un misterio para nadie en la era de la ciencia espiritualizada o de la espiritualidad “cientifizada”, pero le aseguro reflexivo lector que el verdadero significado de la percepción, y cómo opera, sí lo es, porque en general los seres humanos damos por hecho que sabemos muchas cosas en las que estamos equivocados, las convertimos en nuestras verdades y, por ego y miedo, las defendemos férreamente, con lo que nos alejamos de la posibilidad de reconocer el error y, obvio, corregirlo.
¿Quién no aspira en su fuero interno a vivir sin dolor? Incluso quienes lo aceptan como cosa natural y necesaria, instintivamente lo rechazan, hasta que se vuelven conscientes de él y lo procesan.

Todos tratamos de evadir el dolor, en mayor o menor medida, volviéndonos indolentes, palabra proveniente del latín indolentis: el que no siente dolor. Hasta aquí todo bien. No podemos permitir que todo nos duela. Un poco de indolencia es necesaria.

Pero, sin educación emocional, cuya necesidad apenas está reconociendo el mundo, hemos llevado el miedo al dolor al extremo de insensibilizarnos en situaciones en las que se requeriría que fuésemos compasivos, respetuosos, empáticos, responsables e incluso amorosos.

Si nos insensibilizamos en un aspecto, lo estaremos haciendo en otros. Eso es inevitable, lógico y científicamente comprobable. Y cuando la sensibilidad desaparece, la razón empieza a embotarse. No obstante, porfiamos en la indolencia, la verdadera causante de todos los males de la humanidad y del mundo.
La indolencia es inconsciencia, ese pensar, sentir y actuar sin darnos cuenta que no nos damos cuenta de la realidad espiritual que hay detrás de nuestra relación con la vida a través de los sentidos.

Sólo por inconsciencia podemos seguir rechazando el dolor con tanta fuerza que, paradójicamente, nos volvemos destructivos, porque comenzamos a sufrir para evitarlo, y hacemos pagar por ello a otros. No soportamos nuestras emociones fuertes relacionadas con el malestar y buscamos desesperadamente las que nos producen placer, como si pudiésemos hacer una sustitución permanente.

No hemos, pues, entendido de qué se trata la existencia. Rechazando el dolor dejamos de hacer contacto con nuestra alma y, por tanto, de crecer espiritualmente. Nos confinamos en un mundo de apariencias que etiquetamos como realidades, hasta que esa persistente sensación de vacío nos recuerda que algo anda muy mal.
Pensamos que lo único verdadero y real es lo que podemos percibir con los sentidos, pero a la vez, somos indolentes, es decir, inhibimos nuestra sensibilidad cuando ni siquiera hemos desarrollado, afinado y potenciado nuestra capacidad sensorial más allá de lo primitivo. No percibimos la conexión que tenemos con todo y todos. Nos sentimos aislados y a la deriva, amenazados y muertos de miedo.

Por eso es que cuando la desgracia se “normaliza”, sea carencia, violencia, inseguridad, etc., las indolencias personales construyen una indolencia social que impone silencio e indiferencia. Egoísmo colectivo.

Se trate de nuestros seres queridos, de desconocidos o animales, maltratar es indolencia, abandonar es indolencia, desentenderse es indolencia, tirar basura en la calle es indolencia, no dar a quien lo necesita es indolencia, no asistir a quien pide auxilio cuando podemos hacerlo es indolencia, aficionarse con morbo o indignación a las imágenes trágicas que involucran sufrimiento en las redes sociales, y compartirlas, es indolencia, juzgar a la ligera es indolencia, repartir culpas es indolencia.

De lo contrario, la vida se queda en la superficie, nunca va al fondo, porque el dolor es cosa del alma, libera y es siempre pasajero; en tanto el sufrimiento –incesante, creciente y mediocrizante– es del ego.

Sin dolor no hay crecimiento ni contacto genuino con otros ni viaje al alma ni espiritualidad ni Dios ni verdadera vida. Se puede y se debe aspirar a vivir sin dolor, pero se logra trascendiéndolo, no evitándolo.

Jugadas de la Vida.